EL DESAFÍO

EL DESAFÍO:

Nadie podría negar que la experiencia vital de la especie humanidad, es verdaderamente doliente. Hasta donde llega nuestra memoria de especie, nuestro escenario han sido las guerras, el hambre, la enfermedad, los desastres naturales, todo ello acompañado con la propia experiencia individual de cada ser… que como dice el dicho popular “nadie aquí se va de rositas”. Quien más y quien menos ha tenido sus malos momentos que, como decía el canta autor, se van quedando en esos rincones del alma.

Pudiéramos reflexionar mucho sobre todo ello, y  como dados somos a echar balones fuera,  pensar que son los malos hados, el azar, las maldiciones bíblicas, las confluencias astrales etc etc, los causantes de todo ello, pero dejemos de ser observadores, ajenos a la escena, y ubiquémonos por un instante como actores de ella, como los protagonistas que realmente somos de este rodaje de la vida.

Desde esta posición nos podemos preguntar: Si tan mal lo pasamos y tan mal lo hacemos pasar a otros, ¿no será que no aprendemos nada del sufrimiento, del dolor, de las carencias? ¿Qué le ocurre a este Homo Sapiens que ha alcanzado tanta tecnología y no es capaz de hacer un “virage” -que dicho en francés queda muy bien- en su trayectoria evolutiva para no repetir siempre la misma historia? Una historia de la que -desde luego- no podemos estar precisamente orgullosos.

Tal vez haya muchos factores, que unidos, han ido tejiendo una red macabra en la que hemos quedado atrapados, como quedan atrapados los peces en nuestras redes. Pero en esta tarde nos gustaría destacar uno de esos factores que consideramos, no es propio de la feminidad y es el “desafío”.

El diccionario de la Real Academia Española nos dice que desafiar es:

Retar, incitar a la competición.

Afrontar o enfrentarse a un peligro o dificultad.

 Y esa ha sido nuestra actitud como especie: permanente desafío.

Desafío a lo natural, desafío a lo imposible, o lo que se considera imposible, desafío en las relaciones personales. Desafío como una actitud guerrera, que con la capacidad tecnológica, científica, económica ha ido delimitando territorios de mando que traerán la victoria sobre el objeto o sujeto desafiado. El beneficio propio, el poder y la gloria. La vida convertida en un desafío.

Y para ello se nos adiestra desde que venimos al mundo y cuando crecemos, el ropaje cultural con sus impulsos, estímulos, gustos, con su sado-masoquista ley de compensaciones, todo eso que se llama “educación”, irá apuntalando la armadura  propia del desafío y como caballeros medievales se  dará a cada cual la espada vencedora, su particular “Tizona”. Y nos dirán que somos importantes. A partir de ese momento todo el entorno estará pendiente, de que, según rango y edad, cumplas con los objetivos deseados estipulados.

Y así, con el paso del tiempo, el desafío será algo reclamante, anhelante, vibrante y el que no lo tenga, el que no se marque una meta, pierde su sentido. Alcanzar metas, proponerse objetivos, alcanzar logros, conseguir productividades. Y desde luego, ser el primero en llegar a la meta. Nos hicieron una sádica conversión: el paso de nuestros ideales a nuestros desafíos, el paso de nuestra complacencia por el hecho de vivir, al placer por el placer, porque el placer es el aditamento fundamental del desafío. El tiempo, dramáticamente, muestra a cada uno que esa actitud tarde o temprano, le deja inmerso en la desesperación y en la pérdida con el consiguiente dolor de cuerpo y alma.

Si por Homo Sapiens nos tenemos, no podemos por menos que salir del horror de estas semanas vividas con una firme decisión: la de un cambio de actitud en algo que nos aporte salud, física, mental y espiritual; y desde la Inspiración Femenina sugerimos deponer las armas del desafío.

Proponemos cambiar nuestra relación con nosotros mismos, con los demás, con el entorno, y ese cambio bien puede ser la bondad, relacionarnos con bondad.

No nos es ajena a nuestra esencia la bondad, como no es ajena a todo lo que hay en el planeta. “Y vió Dios que era bueno”, así se expresa el relato bíblico de la creación, cuando Dios culmina cada uno de los días de la Creación (a excepción del segundo día) Así que nosotros, que fuimos creados el sexto día, somos buenos ,a los ojos de Dios; no sabemos si es que Dios es  tremendamente optimista, o se contó a Sí Mismo un chiste de humor negro.

Si todo es bueno, ¿para qué tener ánimo de cambiar, mejorar o superar?

¿Acaso se puede mejorar la majestuosidad de una ola?

¿Se puede mejorar la velocidad de un guepardo?

¿Se puede mejorar un atardecer?

¿Se puede mejorar el vuelo de un gavilán?

¿O el nido de una golondrina?

 ¿No será más adecuada la actitud de desarrollar una afinidad hacia todo y todos, sabiendo que todo es bueno, aunque no esté hecho a nuestro gusto? ¿No será más inteligente descubrir las bondades de todo y relacionarnos empáticamente con ello para amplificar nuestra propia bondad? ¿Por qué no pensar que todo es bueno y no cuesta nada?

Se dice en el libro del Tao Te King:

La suprema bondad es como el agua.

El agua todo lo favorece y a nada combate.

Se mantiene en los lugares

que más desprecia el hombre

y,así, está muy cerca del Tao.

 

El que así se defina la Bondad en uno de los libros más carismáticos de la filosofía china, no quiere decir que la Bondad nos tenga que sonar a chino. Porque cuando nos relacionarnos con amabilidad, cortesía, afabilidad, flexibilidad, escucha, sonrisa, empatía, cuidado, servicio, entrega, afecto, estamos ejercitándonos en la bondad. Y eso ya no nos suena a chino.

Todas ellas son expresiones de nuestra humana condición que poco expresamos y que, sin embargo,  bien nos gusta recibir.

En estos días se escucha que el mundo no volverá a ser como antes. Tal vez así sea; pero, sí podemos estar seguros de que el mundo será diferente si cada cual aplica  el principio de la física cuántica que afirma que el observador modifica lo observado.

Dispongámonos en ese ángulo desde el que Dios vio que todo era bueno y no queramos cambiarlo, mejorarlo, superarlo y menos domesticarlo.

Y, sobre todo, riámonos, riámonos a carcajadas de nuestros desafíos. No es para menos porque ¿quién nos iba a decir que algo invisible como un virus dejaría a todo el planeta encerrado en casa?