04Junio

LA BUENA MUJER

LA BUENA MUJER

Siguiendo los pasos de la sociedad, y de las preocupaciones de ésta, ha estado soterrada -o no tan soterrada- la cuestión sobre la buena mujer. Para una mujer era indispensable serlo para tener algún tipo de aceptación en su entorno. A lo largo de las diferentes épocas la gente se planteaba la misma pregunta: “¿qué es ser una buena mujer? ¿qué supone? ¿cómo serlo?” Según iban pasando los tiempos se iba contestando a esta pregunta de diversas maneras, y cada cultura también desarrollaba su respuesta y sus modelos.

En la antigua Grecia una buena mujer era aquella que se sometía totalmente al varón y que no participaba en la vida pública. Una buena esposa. Aquella que se ocupada del hogar y del cuidado de los hijos. La mujer era pues, bajo la definición de aquel entonces, un hombre incompleto, un defecto de la naturaleza.
En la era romana una buena mujer era aquella que había sido educada para ser una buena esposa, y tenía que ser recatada.

 


En la Edad Media a la mujer le correspondían ciertas tareas, las labores del hogar, el cuidado de los hijos, de los enfermos, la asistencia a los partos. Si realizaba éstas de manera satisfactoria era considerada buena mujer.
Y así…sucesivamente.
“Filósofos, teólogos, juristas, médicos, moralistas, pedagogos… dicen incansablemente qué son las mujeres, y, sobre todo, qué deben hacer, puesto que ellas se definen ante todo por su lugar y sus deberes. “Dar placer a los hombres, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, criarlos de jóvenes, cuidarlos de mayores, aconsejarlos, consolarlos, hacerles agradable y dulce la vida: he aquí los deberes de las mujeres en todos los tiempos, y lo que se les ha de enseñar desde la infancia.”
El contenido de estos deberes se modifica en el curso de los siglos, en nombre de la utilidad social.
Pero, ¿y hoy? ¿Existe la buena mujer? ¿Qué significa?
En las sociedades occidentales desarrolladas hay quien opina que eso es un concepto de los viejos tiempos. Que ya estamos lo suficientemente evolucionados todos como para caer en esos tópicos. Que hoy se trata de que hombre y mujer persigan sus intereses, a costa de lo que sea. Repetimos…hay quien opina.
Sin embargo, esta idea de la buena mujer sigue pesando tanto en nuestro a día que es nuestra cárcel diaria. El miedo que esto implica nos ata y condiciona cualquier movimiento. “¿Y si hago esto qué pasa?”, “¿Me seguirán queriendo?”, y un largo etcétera que creemos todas conocemos.
Tenemos tanto miedo… miedo al juicio, miedo a que nos dejen de tener estima, miedo a…. Un libro inacabable, y nos tenemos miedo. Nos juzgamos en base a lo social- y culturalmente aceptado, y nuestro peor crítico es uno mismo.

Importante es también fijarse un poco en las actitudes que adoptamos cuando vemos a una mujer que se atreve a ser ella misma, sin tener en cuenta los códigos sociales. Habitualmente lo que hacemos es juzgar a este tipo de personas y alejarlas, o por lo menos de primeras tendemos a levantar un gran muro entre nosotras y esa clase de personas. Es impresionante cuán metidas tenemos estas reacciones.

 


Hemos de cambiar nuestro centro, nuestra referencia, porque tal y como estamos los condicionamientos sociales y culturales condicionan nuestras conductas, formas de pensar, sentir, actuar y relacionarnos, y el opinar de los demás es el rombo sobre el que gira nuestro mundo. Mientras nuestra referencia siga estando en la opinión de los vecinos, familares, colegas, etc, no podremos desarrollarnos en la totalidad de nuestras posibilidades porque estaremos limitados a cuadrar y encajar dentro del metro cuadrado que nos permiten. Estaremos constantemente intentando estar a la altura de lo que se espera de nosotras: ser “buenas mujeres”.
Hemos dicho mil veces que diluir el miedo es central, pero hoy vamos a sugerir el comenzar por no juzgar. No juzgarnos ni a nosotras ni a los demás. Ser como un juez justo, bajo la perspectiva de la filosofía oriental, que no juzga, que se deja llevar por las evidencias. Dejémonos llevar por las evidencias de lo sentimos que tenemos que hacer en nuestro camino de evolución. De esa manera podremos reconectarnos con la Creación posicionándonos ante un referencial universal en lugar de que nuestro mundo gire entorno al qué dirán de los vecinos.

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