Ante la llegada del Ocaso (Octubre)

Cuando hace unas décadas veíamos la película de Stanley Kubrick “2001: Una odisea del Espacio”, quizá no éramos tan conscientes de que el inicio del siglo XXI no estaba tan lejos, pero tampoco sabíamos que, efectivamente, el año 2001 -el  inicio de este recién estrenado milenio- iba a suponer el comienzo del ocaso de una concepción de la existencia, y el posible inicio de una nueva.

En la película fue la aparición del ‘monolito’ lo que llevaba al cambio de consciencia, en nuestro mundo no fue un monolito, pero algo bien parecido: un par de edificios de similares dimensiones: The World Trade Center.

¿Quién podría imaginarlo? ¡¡¡El Imperio atacado!!! Las libertades -que ya eran ficticias- quedaron tan minimizadas que son casi ridículas, y la seguridad ha sustituido a cualquier estado de liberación. Se engrandeció la guerra de unos contra otros por causa de sus dioses, algo que la humanidad ha venido practicando desde siempre; guerra de dioses humanos, estériles para la humanidad, aunque productivos para unos pocos.

Junto a la caída de las Torres Gemelas y la imposición de un nuevo orden mundial, muchos otros ocasos han ocurrido. La desconfianza se convirtió en la norma; la violencia, en tarjeta de visita, siendo la ganancia del poderoso la resultante. Y en el día de la fecha, más del 40% de la población europea padece algún trastorno mental... Cualquier signo de independencia es vigilado, acosado y puesto en el punto de mira. La enfermedad es la pauta de la salud; y la muerte, el sentido de la vida…

Aumentó la expectativa de vida en los países desarrollados, pero no se ha sabido qué hacer con esos años de más, y a partir de un momento las personas de edad quedan aparcadas como chatarra vieja.

Llegó la globalización, y con ella, las economías locales se integraron a una economía de mercado mundial, donde los modos de producción y los movimientos de capital se configuraron a escala planetaria. Surgió la tan deseada libre circulación de capitales (para quien los tenían, claro), y nos adentramos en la edad de oro de las multinacionales y en la sociedad del hiper-consumo.

Las fronteras iban a desaparecer, sin embargo, el planeta se llenó de kilómetros de muro, que crearon un nuevo status para las ciudadanos: los “sin papeles”. Mientras tanto, el aumento de las diferencias entre países ricos y países pobres, hizo posible la aparición de un ¡nuevo mundo!: el “Cuarto Mundo”, el de la miseria, el que no tiene posibilidad de acceso al eficaz sistema de mercado a no ser que aproveche la demanda de servicios degradantes.

Llegó también el ocaso de las economías, y con ellas… la crisis -sin duda, la estrella del siglo XXI-. La crisis se convirtió en la moderna peste, pues repercutió y repercute -como palabra- en la salud social y anímica de la especie. Asistimos entonces a  una nueva y universal enfermedad: LA CRISIS, para la cual aún no se ha descubierto vacuna alguna.

Pero se ha encontrado la panacea de la causa de casi toda enfermedad: La genética. Los genes regulan el ánimo, la mística, la habilidad para el deporte, la música… y determinan toda clase de suertes.

Sin embargo, pareciera que la era del genoma esta dando paso a la era del epigenoma, que será el gran protagonista -gigantesco diríamos- sobre el que obtendremos explicaciones del desarrollo de la vida en todas sus manifestaciones, como qué papel ocupan en los cambios genomáticos la consciencia de mentira, la traición o la ira. ¿Llegaremos a saber la secuencia de acontecimientos a partir de una mala noticia sobre una determinada comunidad y sus repercusiones en el comportamiento y en el enfermar?

Esto nos abre una puerta inmensa, porque quizás, desde la consciencia del epigenoma, se tenga  la posibilidad de que los seres humanos se sientan engarzados, sintonizados e interdependientes en todos los procesos. La llamada independencia desaparecería de la consciencia y se estaría a las puertas de una consciencia cosmológica.

Porque con el estado de consciencia habitual, se ha desarrollado la idea de que la vida tiene un comienzo y, consecuentemente, un final. Probablemente este criterio no sea cierto, ya que, por simple deducción, estaremos permanentemente encontrando el origen del origen y sus correspondientes finales. En consecuencia, el siglo XXI sitúa a la humanidad en la necesidad de buscar otros argumentos de consciencia que le separen de ese “causalismo” inevitable.

Así, el siglo XXI se nos muestra como el siglo de los Ocasos: el de las economías, las políticas, las morales, los imperios, las religiones, la guerra… Todo parece haber llegado a una culminación. Y toda culminación requiere de un cambio.

El  necesario  cambio de estilo de vida no es simplemente el no fumar, no beber, no engordar, hacer ejercicio... Estas características solo son consecuencia de una manera de pensar. Creemos que el verdadero cambio consiste en considerar la presencia de la especie en la Creación, como un micro universo sin principio ni fin, en permanente evolución, transformación, transfiguración y éxtasis... El reto es llevar esta consciencia a la vida cotidiana.

Hoy en día las imágenes que se pueden contemplar de una parte del universo -seguramente mínima- nos adentran en la idea de infinito. El sistema solar, por ejemplo, aparece como un puntito perdido en la inmensidad. ¿Se hacen ustedes idea de dónde están?

 El aporte de las fotografías del universo nos da la idea de infinito, de eterno y de ilimitado. Y el ser humano es un vivo reflejo de esa infinitud representada en sus células madre.

Asumir esto no es sencillo. Hace siglos que se descubrió que la tierra no era el centro del sistema solar, pero el ser humano se siguen considerando el centro. No ha modificado su escala de valores y, por tanto, no ha modificado su consciencia.

Pero hasta la moderna ciencia, con el desarrollo de la cuántica y la investigación en células madres inmortales… comienzan a demandar el desarrollo de una NUEVA SENSIBILIDAD, para generar una nueva consciencia de inmortalidad. Para ello, los sentidos -los telescopios de la realidad- deberán adquirir una nueva configuración en la que la domesticación a la que han sido sometidos desaparezca.

¿Habrá que abandonar la idea de que el ser humano no es un amasijo de genes que le llevan a la deriva, sino que -más bien- es una serie de funciones génicas geniales e ilimitadas… que le dan una conformación llamada vida, entendiendo por  ésta un instante de su eternidad?

¿Será el ser humano, en este siglo XXI, capaz de descubrir que está rodeado de Fuerzas Creadoras Infinitas de las que forma parte y que, por tanto, su propia naturaleza es Infinita? ¿Despertará por fin de la pesadilla de su finitud?

Este es el reto que le plantea el siglo XXI: Darse cuenta de que está en el ocaso de una concepción profundamente materialista  de la existencia y que puede estar a las puertas de generar una nueva consciencia basada en la intuición, en los afectos, en la consciencia de infinito, en la que la lógica y la razón dejen de ser dogmas, y su instinto solidario y amoroso le abran los sentidos a una nueva dimensión.

Una nueva consciencia que requiere de una nueva sensibilidad.

Desde la Inspiración femenina, creemos que la sensibilidad que precisa la humanidad, tras este tiempo de ocasos, es una sensibilidad que surja del Femenino de Especie. De ese femenino que está en todos -hombres y mujeres- y que fue secuestrado en pos de la construcción de un mundo objetivo y razonable.

Es esa sensibilidad femenina la que nos puede llevar a otras concepciones, precisamente, porque la pérdida del concepto de feminidad ha contribuido al implacable proceso de deshumanización que caracteriza a nuestro atormentado mundo. Las coordenadas dentro de las cuales se gestó y desarrolló la mente moderna -mecanicismo, voluntarismo y objetivismo cientificista- tienen mucho que ver con este olvido.

Asistimos al ocaso de una concepción materialista de la existencia que basó su forma de ver la realidad en la objetividad y la universalidad del conocimiento, que -según Hegel- están representadas por el varón. Mientras que la mujer representaba la subjetividad y la individualidad, dominada por el sentimiento. Sin duda, estas cualidades femeninas no interesaban para crear una sociedad como la moderna. Para un mundo ansioso de exactitud y de certeza científicas, era necesario abortar los valores específicamente femeninos; lo puramente sentimental, subjetivo, principalmente… el cuidado del otro y la preocupación efectiva por todo lo que es humano.

Es todo ello lo que hemos de rescatar para evitar la autodestructiva actitud de esta era, y afrontar esa Nueva Odisea del Espacio… como una Nueva Humanidad.

 

Y es que… cuando el ocaso llega, hay que dejarse abrazar por la noche,  dejarse bañar por la luz de las estrellas, y aguardar los albores del amanecer. Es el ocaso el que siempre requiere de un tiempo de replanteamiento, de introspección, de cambio. Pero sobre todo, de una nueva sensibilidad.

Les invitamos a este viaje que desarrollaremos a lo largo de los diferentes artículos de este año, para despertar a una nueva sensibilidad desde lo femenino, que les permita reconocerse ilimitados, infinitos, eternos… inmortales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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