Celos-3 (Mayo-08)

-De la posesión hemos hablado en los artículos anteriores. Hay algunos aspectos importantes, que queremos resaltar:

El amor me hace sentir bien, no lo quiero perder y eso me lleva a poseer ese objeto de amor.

El amor como algo valioso se cuida con celo. Pero ese celo debería ser cuidadoso, con esmero para que ese amor permanezca, se mantenga, perdure de forma creativa y renovada. Sin embargo ese celo se pierde y  se convierte en celos.

Vamos a ver unos ejemplos en cuestiones cotidianas con respecto a los celos:

-Cuando alguien dice: “es que yo soy muy celoso de mi tiempo libre, soy muy celoso de mis cosas”… Está bien ser celoso de las cosas que amamos, en el sentido de cuidarlas, para que permanezcan… pero cuando entra en juego la posesión de esas cosas, el ser se convierte en un egoísta y las quiere en exclusividad para él. Ha perdido la custodia y la ha transformado en posesión.

-O también es frecuente, la madre, o la mujer, como custodia de sus hijos, es normal que los cuide con celo, pero cuando pierde ese sentido de custodia y lo transforma en posesión, el celo también se convierte en celos.

-El amor posesivo y exigente, como núcleo central que hoy en día es para la vida y la supervivencia del amor algo normal, conduce, inexorablemente a tres aspectos que ya definitivamente acaban con el amor: a la envidia, a los celos y al miedo.

La envidia siempre es de amor, no existe otro tipo de envidia. A veces se dice: “¡Ah!, tienes envidia de aquel hombre o de aquella mujer porque tiene una casa más bonita o tiene un vehículo más grande”...  En definitiva ¿Por qué esa envidia? Porque tú amas a esa casa, porque tú amas  ese vehículo. La envidia es, como decía la canción a propósito de la vanidad: “es yuyo malo que envenena toda huella”,  yuyo: es una hierba mala, que envenena toda huella, a propósito de la vanidad, pero nos puede valer exactamente igual a propósito de la envidia.

Claro, ese amor que el sujeto tiene, el que sea, contempla a otros  porque los ve en sus manifestaciones y empieza a envidiarlos.  ¡Ah!, probablemente esté cultivando inadecuadamente su propio amor. El amor se referencia por sí mismo, no necesita la referencia de otros amores; cada cual en sí mismo es la deidad personificada, individualizada. Aquellos seres aman de esta forma; estos, se aman de esta otra forma…; yo amo de otra forma. No envidio; contemplo y disfruto. Es un gozo ver a alguien enamorado... no envidio; al revés, ver a alguien amando  un proyecto, una idea, un ser o  lo que sea, es un motivo que me hace inspirar y me hace amar más. Pero claro, como está ese fantasma posesivo y ese fantasma exigente, empiezo a envidiar y empiezo a exigir y a querer tener algo que otros tienen y yo no, como ese amor que veo. Y ahí destrozo todo.

En vez de contemplar esa escena de amor y hacerla mía…:

“¡Ah!, qué bello, qué hermoso, ese hombre está como iluminado haciendo esa pintura, o tocando ese instrumento… o, mira esa pareja como sonríen”.

 Cualquier motivo de vivir tiene su expresión enamorada. En ese instante, cuando el sujeto, por la raíz de la posesión y de la exigencia empieza: “me gustaría, yo querría tener...”, ya está envidiando, ya se ha olvidado que tiene corazón, ya no es un templo, ya es como si el templo se hubiera dinamitado.

 

Entonces, ante cualquier hecho de amor que podemos ver, la actitud es contemplar, ver, oír... recogerlo. Porque, eso también está en nosotros, y recordar inmediatamente que esa envidia viene de esa raíz de posesión y exigencia. Y en esa medida el sujeto abre de nuevo su corazón. Y se vuelve a inundar de amor, porque eso es lo que es. Eso es lo que es- AMOR-, no hace falta que lo busque fuera, lo tiene dentro. Y después se da cuenta que fuera y dentro también es una trampa, es una sola unidad, el sentir de un corazón no se queda aquí sino que sale en la palabras, sale en el gesto, sale en la pasión, sale en el movimiento, nunca se puede quedar dentro, justo cuando se posee, se queda dentro; y es cuando hace que ese caldo rojo, esa caldo consagrado, se vuelva estancado, oscuro y venenoso.

-Y de esa misma raíz de posesión exigente de la que salía la envidia, aparecen los celos. El preámbulo del miedo, esos temores infundados, esa posesión de sentir que, puesto que te amo, no puedo admitir que ninguna otra fuerza te pueda amar. Es el poseer tu corazón, es el querer apropiarme de todos los dones de amor que te pueden llegar.

¿Qué clase de amor es ése que exige celosamente llenar todos los huecos?, ¿Qué clase de amor es ese que aspira a la totalidad? ¿Por qué no sabe ser humilde, sumiso...? Y saber, y saberse que, en la medida en que se es humilde y sumiso, tendrá su sitio seguro y eterno. Pero en la medida en que todo se quiere abarcar, en la medida en que todo se quiere controlar, y celoso se vuelve y no permite que nada entre, porque él cree, ella cree que  todo lo puede llenar. En ese momento da paso al miedo, al miedo  que algún amor furtivo pueda llegar.

Que de repente de algo o de alguien o de alguna otra cosa, ese ser se pueda enamorar. Entonces sí que ya está en la desesperación constante, entonces ya puede empezar a cavar la fosa, porque la muerte está cerca.

 

¿Qué  puedo hacer con mi cuerpo cuando en mi mente, mi corazón, en el silencio bullicioso de mis ideas, aparezca ese sentido posesivo, esa exigencia, esos celos, esa envidia, ese miedo?¿Qué puedo hacer?Porque se puede quedar en palabras, pero ¿algo puede hacer mi cuerpo?

 Pues sí, claro que puede hacer algo. Cuando me sienta con deseos posesivos ante un sentido amoroso, cerraré mis manos para palpar la nada. Y cada vez que esté ante ese objeto, ante ese ser de amor del cual yo siento que quiero poseer: cierra las manos, porque ahora nada tienes...  Y cuando le veas o la veas, cierra las manos, ¡aguántate!, que se vea y que te pregunten “¿Por qué cierras las manos?”…  “Porque siento que tengo ganas de poseerte”...  Sí, claro,  hay que comprometer la estructura, el cuerpo.

Si me comprometo con mi cuerpo cada vez que mi amor sea posesivo, voy a tener la disciplina de cerrar los puños para sentir la nada; pero si, evidentemente, pienso: “Eso no lo pienso hacer yo, no voy a comprometer mi estructura y mi forma en el amar”, entonces voy a pensar que esto es una tonteria… “¿Cómo voy a ir así? Todo el mundo lo puede ver”…  ¿Quién lo va a ver?… yo soy el que lo tengo que ver, si soy posesivo.

 

Y de igual forma cuando el amor se vuelve exigente, ¿qué es lo que tengo que  hacer?

Guardar silencio y mantener distancia. Sí, mi exigencia es como un aparato; porque exijo amorosamente que suene y que amplíe la voz, y me vuelvo exigente como él… Entonces tendré que comprometer mi cuerpo.

 ¿Cómo lo comprometo? Me alejo de él, para que él no se sienta exigido por mí. Y guardaré silencio, para que mi palabra no comprometa a mi amor. Y lo haré disciplinadamente.

Sí, hay que disciplinar al cuerpo porque el cuerpo esta dispuesto y en la medida en que mi cuerpo se disciplina, en esa medida el amor florece y se hace fluido.

Y no tendré entonces miedo a la posesión, amaré y podré ir con las manos abiertas, porque no siento que poseo, y no exigiré y por tanto tendré la boca abierta y podré hablar, y podré aproximarme, porque mi amor no es exigente.

 

También de la misma manera, cuando ese amor se vuelva celoso, ¿qué harás? ¿Qué harás cuando te vuelvas celoso?

Ayuno. Sí, ayuno, ayuno, deja de desayunar, o de comer o de cenar, que te preguntan:“¿No quieres comer hoy?”…  “No”…  “¿Por qué?”… “Mira mi vida, no quiero comer hoy porque estoy celoso”… “¿Cómo?”…  “Sí, mira, he leído un articulo,. y he descubierto que soy un celoso de mierda y hasta que esto no se me pase, no voy a comer, porque sería un insulto a la comida. Cuando se me pase, en base a ese ayuno, entonces comeré gustoso tu comida”.

Vamos a comprometer el cuerpo.

Y cuando el amor se vuelva, además de celoso, envidioso, entonces quitaré horas a mi sueño. Sí, horas al sueño. Porque cada cual sabe cuantas horas necesita para estar bien… “¡Ah!, yo necesito dormir, porque si no, al día siguiente estoy mal… pero estoy siendo envidioso con mi amor… hoy, dormiré menos, dormiré menos,”… Y me lo diré yo, no hace falta que nadie me lo diga y me lo recuerde. “¿Cómo vas a arreglar ese problema de envidia? Ya sé cómo arreglarlo, voy a empezar a dormir menos.”

Y cuando me inunde el miedo, finalmente, si es que también está metido ahí, no me quedará más remedio que hacer oración, pero no una oración más o menos, no, me disciplinaré para hacer oración continuamente. ¿Y qué oración diré?: Muy simple: “¡Señor ten piedad! ¡Señor, ten piedad!” y me lo repetiré machaconamente en mi cabeza, para que tenga piedad.

 Yo sé que Él tiene piedad ¡claro que lo sé!, no estoy pidiendo nada. Él tiene piedad porque si no, no estaría aquí, ninguno estaríamos aquí. Simplemente recordármelo a mi mismo, para que se marche ese miedo. Y podré hacer todas mis cosas, y mis trabajos y mis acciones, pero me recordaré una y otra vez eso.

Y finalmente, ese sentido posesivo y exigente, que dio lugar a esas tres ramas: envidia, celos y miedo, se irá diluyendo. Y tendré recursos en mí, para hacer de ese amor que tanto se ha deteriorado, una nueva semilla, un amor verdaderamente consagrado.

 

La Fuerza sanadora del Amor,

que es templo en el corazón,

que es arte en el alma,

que es liberación en el espíritu,

necesita el rigor de nuestra forma.

Necesita el compromiso riguroso de nuestra forma, hoy, ahora,

Tal como está esta humanidad

Que se desgaja a pedazos porque su amor se le corrompe,

Necesita ese amor ese rigor y ese compromiso de mi forma

Para así irme recordando paulatinamente que soy un templo,

Un altar y un sacerdote,

Que lleva permanentemente la dote, la dotación, la necesidad,

Porque soy un ser de necesidad, de vivir y de estar vivo

Gracias a la pureza cristalina del Amor.

 

Y en el rigor del amor,

Damos gracias al cielo por estos alimentos

y rogamos que se nos conviertan en salud, en amor y en fe.

 

 

HAY QUE COMPROMETER EL CUERPO.

 

 

¡Hasta el próximo mes!

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