Cerebro de mujer (Septiembre-07)


«Pienso, luego existo», dijo el filósofo francés René Descartes. Siguiendo esta máxima podríamos concluir que ambos, hombres y mujeres, existimos de manera diferente pues nuestros cerebros tienen diferencias dignas de consideración.


Hasta los años sesenta, las investigaciones que se realizaban en torno al cerebro, se practicaban en los cadáveres de los soldados. Como la mujer no iba a la guerra, se aceptó que los estudios realizados eran válidos para el cerebro de ésta.
 Los estudios de las últimas décadas han venido a mostrar que esto no es así. Y nos muestran  que no hay un «cerebro unisex».

Es bastante evidente que las mujeres -desde que nos dejan pensar- y los hombres «pensamos» de diferente manera. Ello, sin duda, constituye un núcleo de conflicto permanente que va desde los roces de la vida cotidiana, que muchas veces son los peores, hasta las grandes polémicas. 
De los conflictos, quien siempre sale peor parada es, sin duda, la mujer. Su situación de inferioridad y de minusvalía cultural, le hace tener menos recursos a la hora de una discusión, o a la hora de plantear una diferencia de puntos de vista.

Además, la mujer, por las características de su cerebro, tiene una sensibilidad diferente ante el conflicto que el varón. Éste es uno de los descubrimientos que más nos puede ayudar como mujeres, para dejar de lado la vieja teoría de que somos «ñoñas».


Lo que sucede es que la mujer trata de evitar el conflicto o discusión sabiendo que esto puede entorpecer los lazos sociales, algo que a ella le es enormemente gratificante y constituye para ella una fuente de placer. 
Las oleadas de estrógenos que se producen mensualmente alimentan circuitos cerebrales para responder al estrés con actividades de creación de redes sociales protectoras. 
La oxitocina, por su parte, estimula los vínculos sociales y afectivos necesarios. 
Ésa es una de las causas por las que las mujeres hablamos más, lo cual constituye muchas veces un motivo más de desavenencias.

La cantidad de veces que cualquiera de nosotras ha tenido que escuchar: «¡lo que habláis las mujeres!».
 Y es que, durante la primera parte del ciclo menstrual las dosis de estrógenos son muy elevadas. Gracias a ello la mujer en este momento es más sociable. La acción de los estrógenos en el cerebro hace que la mujer esté más calmada, se sienta más lúcida, recuerde mejor las cosas y piense con rapidez. El hipocampo es especialmente sensible a los estrógenos y dado que él interviene en el proceso verbal de los recuerdos, durante estas dos semanas, las mujeres hablan más.

Establecer contactos por medio de la conversación activa los centros del placer del cerebro femenino. Ese placer es un gran flujo de dopamina y oxitocina que constituye el mayor deleite neurológico que se puede obtener, aparte del orgasmo.


Los estudios muestran, por ejemplo, que ante una discusión en el transcurso de un juego, las niñas dejan de jugar para evitar que produzcan palabras violentas, en tanto que los chicos continúan jugando con intensidad y compitiendo por ganar y tener acceso al juguete deseado. Los varones disfrutan a menudo con el conflicto y con la competición, incluso alardean de ello.

La conclusión a la que llegan los estudios realizados, es que la mujer crea lazos sociales, desarrolla más su lenguaje y le atemoriza poner en peligro estos lazos, por lo cual evitará el conflicto. Milenios de circuitos cerebrales y evolutivos en este sentido, fueron, sin duda, fundamentales para la supervivencia. El ser mujer, parece que desde el punto de vista biológico, nos ubica como garantía de una armonía social.


Por otra parte, las mujeres rechazan las expresiones de afecto y deseo cuando se encuentran en una situación de estrés. Al parecer la hormona del estrés, el cortisol, bloquea la acción de la oxitocina en el cerebro, interrumpiendo bruscamente el deseo de una mujer en pos de un contacto físico. Ocurre todo lo contrario en el varón. Militares y deportistas, sometidos a niveles fuertes de estrés buscarán relaciones sexuales. Es de todos conocido.

La mujer necesita de una «situación» antes de iniciar una relación sexual. Debe de estar relajada y sobre todo necesita de un preámbulo, de unos preliminares los cuales, a decir de los terapeutas sociales, son para la mujer todo lo que sucede durante las 24 horas anteriores a una relación; en tanto que, esos mismos preliminares constituyen para el hombre lo que sucede tres minutos antes.

Otro aspecto importante de las diferencias es la mayor capacidad de los sentidos femeninos. La mujer tiene una enorme capacidad para captar con rapidez sensaciones diversas que van desde el cansancio, al hambre, el dolor etc. Esto le costó la hoguera a muchas mujeres en siglos pasados.
 Su oído percibe con mayor capacidad los sonidos agudos, de ahí que escuche en seguida el llanto del bebe por la noche. No es el caso del hombre que, además, parece que se acostara con tapones en los oídos.

También, la mujer distingue las diferentes tonalidades en el volumen de la voz, por lo que percibe los cambios emocionales.


La piel femenina es más fina que la masculina, lo que le otorga una mayor sensibilidad. Las niñas muestran desde el nacimiento mayor sensibilidad al tacto y de adulta, la mujer utilizará,  más que el hombre, el sentido del tacto al hablar.

Siendo la oxitocina la hormona que estimula la necesidad de ser tocados y, por tanto, estimuladora de los sensores del tacto, se explica por qué las mujeres poseen unos sensores diez veces más sensibles que los hombres.

De la misma manera, por el cuidado que tenía que dispensar a la prole y para asegurarse que los alimentos que preparaba estaban en buenas condiciones, desarrolló ampliamente el olfato  y el gusto.

La mujer percibe inconscientemente ciertos olores y esto se acentúa en los días de la ovulación. El cerebro femenino descifra el estado inmunológico de un hombre. Si es complementario o superior al de ella, lo describirá como un ser atractivo.


No es que los sentidos de las mujeres estén más desarrollados, lo que ocurre es que los de los hombres se han ido anulando. La mujer, que posee un mundo sensorial más rico, espera que el hombre «descifre» señales verbales, corporales, como ella lo hace, anticipándose así a necesidades que ella pueda tener, al igual que lo haría cualquier otra mujer. Pero esto no ocurre. Una mujer puede estar callada y pensar que el hombre sabe lo que ella necesita. Cuando se percata de que no ocurre así, le acusa de insensible.

La visión de la mujer es periférica. Como defensora del hogar en los largos tiempos que pasaba sola con los hijos, se vio obligada a estar pendiente de cualquier cambio o sonido de alrededor para anticiparse a cualquier depredador. Necesitaba asegurar la supervivencia de su familia.


La del hombre, por el contrario, es una visión túnel, la cual desarrolló para distinguir perfectamente lo que estaba delante de él en la época de caza. Una visión que le facilitara el reconocer, en la distancia, un blanco. Por ello, anuló la visión periférica.


La resultante es que la mujer tiene mucha más facilidad para «otear» lo que está ocurriendo a su alrededor -al llegar a una fiesta, por ejemplo- que un hombre. Por lo cual, muchas veces recibe la crítica por parte de éste, que la tilda de exagerada o suspicaz.

Un dato curioso al respecto es que, hoy día, se producen más atropellos de niños que de niñas.

Otro dato interesante es que el cerebro del hombre está configurado para concentrarse en una tarea específica; ésta es la razón por la que muchos hombres no pueden hacer dos cosas a la vez. Su cerebro tiene menos conexiones de fibras nerviosas entre los dos hemisferios cerebrales y su encéfalo está dividido en más secciones.
 Al practicar un scanner a un hombre que está leyendo podemos comprobar que está sordo en ese momento.


El cerebro de la mujer está capacitado para realizar varias tareas a la vez, aunque éstas no tengan relación. Más de una mujer ha estado atendiendo el inalámbrico, dando vueltas al puré y moviendo con el pie la cuna del niño para mecerle.


Desgraciadamente vivimos en una sociedad empeñada en la igualdad de sexos, a pesar de que las evidencias científicas nos han ido mostrando que nuestros cerebros han evolucionado por caminos divergentes, que han tenido como consecuencia que nuestras capacidades e inclinaciones sean diferentes. La realidad biológica muestra que no existe un cerebro unisex.

Mientras nuestro cerebro no ha cambiado mucho en millones de años, como mujeres, hemos hecho un gran esfuerzo adaptativo, desde el punto de vista lingüístico y cultural, para incorporarnos al mundo del varón. La investigadora Helen Fisher observa que en la época de Platón y Aristóteles, los hombres ganaron suficientes recursos para disfrutar del ocio y dedicar el tiempo a iniciativas científicas e intelectuales. El siglo XXI es la primera etapa de la historia, por nosotros conocida, en que una parte de las mujeres del planeta -¡sólo una parte!- se encuentra en una situación similar.

Sentimos que esto es un motivo de profunda reflexión sobre la realidad de ambas especies. Hagamos un esfuerzo inteligente para descubrirnos y no ser burdas imitadoras del varón. La biología nos avala en las diferencias.

Como mujeres tenemos el compromiso de ahondar en esa realidad biológica. Aparte de comprendernos mejor a nosotras mismas, puede sernos el holograma válido que nos ayude a identificarnos como féminas. Ello bien podría colaborar a la transformación de la sociedad humana.

Y recordando la máxima de Hermes Trimegistro quien afirmaba que: «lo de arriba es como lo de abajo y viceversa», pensemos que si en «lo de abajo», hombres y mujeres somos tan diferentes, obviamente lo seamos también «arriba».

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