Cincel (Julio-03)

INSPIRÁNDONOS EN EL CINCEL...

Y desde siempre.... quizás desde la expulsión del paraíso, se fueron creando modelos para la mujer. Modelos creados a los que ella, la mujer, siempre se ha sometido, como buscando una posible salvación de su "imperdonable culpa": la expulsión del Edén.

En nuestra cultura judeocristiana, sin duda, hay un momento histórico que ha marcado profundamente los parámetros, los referenciales y las raíces culturales de cada individuo y de toda la sociedad en general; y así mismo, un momento crucial en el establecimiento de los patrones y de los modelos culturales de la mujer. Nos estamos refiriendo a la Edad Media.

Fue el Medioevo el momento donde se instauran de forma sangrante las raíces religiosas de nuestra "sociedad moderna".

Desde comienzos de la Edad Media , los clérigos gastaron ingentes cantidades de energía pensando en cómo situar, dentro de la sociedad de aquel tiempo, a la mujer; un ser que, además de no tener alma, tenía pendiente una doble redención: la de pecadora, y la de mujer. Y a través de la literatura pastoral, religiosa, y los sermones eclesiásticos -y por supuesto, la prohibición de cualquier otro tipo de literatura y la posibilidad de la escritura para la mujer- los clérigos fueron educando a las mujeres dentro de los modelos que ellos fueron entresacando e interpretando de las mujeres de la Biblia.

Así, toda mujer era, por principio, equivalente a Eva, que pasó de ser "Madre de todo lo creado" a "madre de todo lo pecado". Astutamente, los clérigos ofrecen un modelo inaccesible a la mujer, un modelo que jamás ella podrá alcanzar, y por lo cual, siempre quedará religada a el papel de la pecadora; ofrecen, como contraposición a el modelo de Eva.

El modelo de la Virgen María : ser madre y virgen a la vez. Un modelo al que toda mujer aspiraba, pero al cual jamás ninguna podría llegar. A partir de entonces la mujer quedó sometida a esa insoportable dualidad entre una innominable Eva y una inalcanzable María.

A partir del siglo XII, sin embargo, comienza a surgir una nueva figura, un nuevo modelo para la mujer, que le ofrece la opción de una posible salvación. Es el momento en que se empieza a rendir culto a la figura de María Magdalena: la pecadora arrepentida. Un

personaje que, según algunos historiadores, no es real, sino que surge de la fusión que Gregorio Magno hace de dos personajes bíblicos: María de Magdala (de la que Cristo expulsa siete demonios y es la primera en presenciar la resurrección) y María de Betania, hermana de María y Lázaro (la que limpia los pies de Cristo con sus cabellos y sus lágrimas). De ellas dos surge un nuevo modelo para la mujer, el modelo de la pecadora arrepentida, que puede abrir las puertas del paraíso a toda mujer que se ejercite en la penitencia. Porque según los autores de la época: "La mujer es pecadora y, por esencia, de la carne. Para ella la salvación sólo puede venir del arrepentimiento y la penitencia de esa carne culpable".

En este salto del siglo XI al XII. Eva es más humillada de lo habitual, como la hija del demonio, mientras que la imagen de María cada vez es más situada fuera del alcance de cualquier mujer. Entre estas dos puertas, la puerta de muerte y la puerta de la vida, surge Magdalena como una puerta entreabierta que auspicia una posible salvación, pero al precio del arrepentimiento, la confesión y la penitencia. Un puerta entreabierta que, sin duda, se relaciona con la concepción del purgatorio, como lugar intermedio entre el Cielo de María y el Infierno de Eva.

Y no era fácil para los clérigos y predicadores, dentro de la terrible misoginia de la época, encontrar un modelo estándar que pudiera servir a los diferentes tipos de mujeres de entonces, las cuales fueron agrupadas en tres grandes grupos: vírgenes, viudas y esposas. Las vírgenes eran las mejor consideradas, las viudas en segundo lugar y las esposas, por supuesto, en el último escalafón, pues ellas debían mantener relaciones "carnales" con sus maridos.

Ante este espectro de mujeres, a partir del siglo XIII, los clérigos determinaron un nuevo modelo de mujer, basándose en textos aristotélicos que consideraban que la mujer era un varón imperfecto y frustrado, que las mujeres eran seres inestables y mudables en la voluntad del deseo, y que, por ello mismo, eran incapaces de tomar decisiones y, en esa medida, debían ser custodiadas para adquirir buenos hábitos y poder salvarse. Es así como se establece el modelo de: "La mujer custodiada". Consideraban que no era posible que la mujer se auto custodiara, y establecieron tres puntos claves dentro de este modelo: el sometimiento al varón, el terror a las leyes y el temor a Dios.

El modelo de la mujer custodiada basaba sus principios en que la mujer debía cultivar su interior a costa de mutilar lo exterior. Así, el modelo de "la mujer custodiada" dejó marcado y bien marcado cuál debía ser el comportamiento de la mujer en todos los aspectos de su vida: Queda recluida al interior de la casa o convento, quedando excluida su vida de relación en el exterior; queda abolida la utilización de maquillajes o vestimentas ostentosos, pues potenciaban lo exterior frente a lo interior, excepto si la mujer pertenecía a un alto rango social, en cuyo caso era necesario que lo utilizara para remarcar el estatus social de la familia; bajo el nombre de "modestia", todos sus gestos corporales quedan desplazados a la inmovilidad; bajo el nombre de "sobriedad" queda abolida la ingesta de alcoholes o comidas que pudieran excitar la lujuria; bajo el nombre de "laboriosidad" se suprimen todos los ratos de ocio para evitar pensamientos impuros; bajo el nombre de "taciturnitas" se impone a la mujer que hable poco, mesuradamente y solo en caso de necesidad, por supuesto, prohibiendo su palabra en las asambleas, en la enseñanza y en la prédica de la palabra de Dios.

Éste fue, en pocas palabras, el modelo de la mujer custodiada, un modelo que imperó durante la mayor parte de la Edad Media , y con el que estaban de acuerdo tanto laicos como religiosos. Pero se encontraron con que a la mujer casada le resultaba difícil seguir todos los patrones de este modelo, por lo que tuvieron que crear un nuevo modelo, el que se vendría a llamar: "La buena esposa". A partir de este momento se establece que la mujer debe amar ciegamente a su marido y, en su ceguera, considerarlo siempre el mejor, el más fuerte, el más acertado. Y mientras el amor de la mujer debía ser visceral, el amor del esposo debía ser

parco, frío y distante para no dejarse arrastrar por el inestable sentimiento de la mujer, así como le pasó a Adán en el Paraíso.

Desde entonces, la mujer queda sometida a un modelo de relación conyugal en el que nunca queda plena, en el que tiene que luchar entre la visceralidad de su sentimiento y la frialdad del amor de su pareja, ocupando siempre una posición de inferioridad en esa relación con el varón gracias al pasaje del Génesis: "Estarás bajo la potestad de tu marido y él te dominará". La maldición que sufrió Eva ha sido arrastrada por toda mujer, quedando sometida al poder y al gobierno de lo masculino.

Y sin embargo, a poco que ahondemos e investiguemos un poco en la historia, descubrimos que el matrimonio como acto sacramental se instaura muy tardíamente en la historia, Joseph Martos en su trabajo sobre los sacramentos llamado "Doors to the sacred" nos dice: "Durante los tres primeros siglos de la cristiandad, los clérigos no tenían nada que ver legalmente en asuntos de matrimonios, divorcios y segundas nupcias. No había ninguna ceremonia litúrgica para el matrimonio como tenían para el bautismo y la eucaristía. No fue hasta el año 400 que se les pidió a los cristianos que procuraran una bendición eclesiástica para sus matrimonios. (Es interesante notar que los únicos obligados a hacer eso eran los obispos, sacerdotes y diáconos casados.) El matrimonio fue declarado sacramento por primera vez en el Sínodo de Verona en el 1184. La iglesia no consideró el matrimonio como definitivamente indisoluble hasta el Concilio de Florencia en 1439. En el Concilio de Trento (1545-1563) se proclamaron reglas y normas que hubieran sido irreconocibles para los miembros de la iglesia primitiva tanto de oriente como de occidente".

Allá por el siglo XII comienza a considerarse y a establecerse el matrimonio monogámico, sacramental e indivisible. Y surge como una necesidad económica de la sociedad de aquella época para concentrar el capital en una sola línea de descendencia y evitar que se dispersara en diferentes líneas, como ocurría con la poligamia. Un matrimonio indisoluble, basado en un modelo de mujer como el que hemos referido anteriormente, le aseguraba a el varón que su descendencia era suya. Por ello mismo era castigado el adulterio en la mujer, mientras que no lo era en el hombre.

Hasta donde sabemos, el Cristo nunca casó a nadie, y ni siquiera él se casó. Acudió, eso sí, a una boda del ritual judío, como judío que era, y allí realizó su primer milagro: la conversión de agua, en vino, en las bodas de Caná. Esta excusa fue considerada lo suficientemente importante para establecer el matrimonio como un acto sacramental.

Ese modelo de "Buena esposa", ese modelo matrimonial ha perdurado a lo largo de los tiempos, quedando impreso en la memoria genética de los hombres y de las mujeres, hasta el punto de considerar que existe desde siempre. Mientras que, por el contrario, es de aparición relativamente muy reciente dentro de la historia del cristianismo. Y es el modelo que nos puede acercar a el prototipo de mujer instaurado en nuestros días que, más que describirlo, queremos mostrárselo, ya que sentimos que una imagen dice más que mil palabras:

A pesar de las aparentes diferencias entre este modelo de mujer actual y el de la mujer medieval o la mujer "tradicional", todos esos cánones culturales, esos parámetros de modelos anteriores persisten y perviven dentro de la mujer hoy día. Podemos ver cómo el modelo de la novia blanca, inmaculada y perfecta pervive dentro de las mujeres que se casan por lo civil. Es espectacular ver cómo la mujer accede a matrimonios de carácter civil y no canónigo, creyéndose liberada de aquellos moldes de claustros y abadías, y sin embargo las seguimos viendo vestidas de blanco con su ramillete de flores, su velo, el "¡Vivan los novios!", el arroz, el banquete... Todo sigue igual, aunque externamente parezca lo contrario.

Es curioso ver a principios del Medioevo cómo existe ya una contradicción en el concepto de "matrimonio". San Buenaventura nos muestra el verdadero significado de la palabra matrimonio: "El término matrimonio indica el conjunto de funciones maternas en relación con los hijos, en contraposición al término patrimonio, que alude a la relación específicamente masculina con los bienes materiales". Por lo tanto, señoras, el matrimonio nunca ha sido un lazo que nos uniera a un varón, sino que une a la mujer con la prole, con los hijos. Y para ello no necesitamos ningún sacramento, pues es un hecho natural.

Esto nos parece verdaderamente revelador, porque consideramos que podemos decir que todas somos SOLTERAS, y que siempre lo hemos sido. La trampa de una necesidad económica no se dio cuenta que ella misma se traicionaba con su nombre: Matrimonio: relación de la madre con los hijos. Y una vez la mujer se sabe soltera, se sabe soltera y..... con compromiso: compromiso con ella misma, compromiso con su propia historia, con su propio proyecto.

Sentimos que la mujer ya ha pasado suficientes siglos y milenios siendo modelada por otras manos, por otras manos que no la conocían y que la despreciaban. Es tiempo de que la mujer comience a modelarse a sí misma, bajo la Inspiración de la Gran Artista que es la Creación. Es tiempo de que se convierta en la artesana de sus proyectos, en la orfebre de sus ilusiones, en la ebanista de sus proyecciones. Ha sido, hasta ahora, tallada con cinceles de miedo, con gubias de silencio, con formones de culpa... que hicieron de ella una escultura a los caprichos de un varón que, sin darse cuenta, al imponer siempre un modelo de feminidad, él mismo se iba imponiendo modelos que no era capaz de cumplir, y que le sumían en una continua frustración: el príncipe azul, el más fuerte, el más Rambo, el más sexual, Superman.... Así, hombre y mujer son, hoy por hoy, como esculturas desvaídas que han perdido todos sus rasgos de autenticidad y que, por ello mismo, se alejan cada vez más de la belleza.

Sin embargo, la mujer siempre ha sido como el sándalo, que perfumaba el hacha del leñador que la cortaba, el cincel del ebanista que la modelaba. Pues, a pesar de ello, la mujer ha seguido amando incondicionalmente al hombre, ha seguido admirándolo y sintiéndose inferior con respecto a él.

El camino de esa artesano aún no está escrito, aún está por conocer, porque no persigue nuevos modelos, persigue un sin modelo. Y aunque no conocemos el camino, sí sabemos que el primer paso es desterrar el miedo, ese miedo sellado con fuego en el corazón de cada mujer. Y quizá tengan que pasar más de mil años y muchos más, para que la mujer se atreva a salir de esos moldes de escayolas añejas y se atreva a modelarse a sí misma, se atreva a modelar a una nueva mujer y hacer de ella lo que verdaderamente es: Una obra de arte.

 

Bibliografía: Georges Duby y Michelle Perrot. Historia de las Mujeres. Ed. Taurus.

 

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