Cómo Incide la Economía de Mercado en la Mujer-1 (Marzo-14)

Hoy nos vamos a centrar en la economía, en esa economía de consumo en la que vivimos y que, como sabemos, es una economía de despilfarro. Vivimos en un sistema económico que nos ha convencido de que, para ser felices, necesitamos consumir, y esto nos aboca a la búsqueda siempre de más, de no valorar lo que tenemos porque brevemente pierde valor, pues siempre aparecerá algo mejor que hay que adquirir.

Una economía de desigualdad y de desproporción absoluta, en donde unos son los que consumen y despilfarran: Canadá, Japón, Estados Unidos y Europa, y otros sufren las consecuencias y la pobreza, como es África, Asia, América del Sur y Oceanía. Si no existiera el despilfarro que existe en las zonas poderosas, probablemente no existiría el drama del hambre, ni de la educación, etc. Es un despilfarro terrible.

Sin duda, una economía de mercado creada y  dirigida por hombres y que, por ende, no contempla en absoluto la situación ni la naturaleza de la mujer. Es por ello que, aunque todos sufrimos las consecuencias de esta economía insaciable, la mujer sufre un impacto mucho mayor, por muy diferentes motivos, tanto en el primer mundo como en el tercer mundo.

Veamos estas consecuencias en el llamado ‘mundo rural’, y en el próximo artículo analizaremos las del llamado ‘primer mundo’:

En el mundo hay más de 600 millones de mujeres rurales, producen más de la mitad de los alimentos del planeta, pero sólo poseen el 2% de la tierra. Tan solo acceden al 1% de los créditos agrícolas mundiales y son, junto a la infancia, las principales víctimas del hambre.

Lo que llamamos ‘mundo rural’ acoge al 20% de la población mundial, y ocupa el 80% del territorio.

Las mujeres de campo padecen de las peores condiciones de trabajo: baja remuneración, escasa o nula protección social y con frecuencia son excluidas de la posesión de la tierra, acceso a los recursos financieros y a la formación imprescindible para prosperar.

En América latina, África subsahariana y sur de Asia, en las últimas décadas se ha producido una feminización del trabajo campesino asalariado, pero este hecho no está libre de costes para la mujer. Sin ir más lejos, supone una doble carga laboral puesto que siguen siendo las cuidadoras de la familia. Además, hay una marcada división de género en los empleos = desigualdad de tareas y salarios. Por otro lado, la propiedad de la tierra es un derecho vedado para muchas mujeres, en algunos países prohibido por ley, en otros, impedido por las tradiciones.

Así mismo, acceden más difícilmente a créditos y recursos financieros; y su voz en los órganos de gestión, es muy escasa.

Por si fuera poco, esta situación está envuelta en las drásticas medidas de choque impuestas por el banco mundial y el FMI para hacer frente a la deuda externa de los países menos desarrollados.

La retirada de las subvenciones a los productos de primera necesidad, fue el comienzo de una espiral de consecuencias negativas que golpea de forma especialmente dura a las mujeres del sector primario.

Y no obstante, nadie sino ellas, SIEMBRAN FUTURO.

Las políticas neoliberales que hoy rigen la agricultura y la alimentación, han dejado de lado la agricultura campesina y fomentado la industrial. Así, se hace agricultura para la exportación, kilométrica, pero no se pone en el centro a la gente, a las comunidades ni sus las necesidades alimenticias. En los últimos 100 años ha desaparecido el 70% de la agrodiversidad; lo que hoy comemos dista mucho de parecerse a lo que comían nuestros abuelos.

La soberanía alimentaria implica la capacidad de decidir sobre aquello que comemos. Hoy lo deciden multinacionales: semillas, cultivos y distribución, por supuesto anteponiendo intereses especulativos y privados. Hoy en día se produce más alimentos en el planeta de los que se han producido en la historia y, sin embargo, el hambre en el mundo no disminuye.

Es necesario un cambio que apueste por un campesinado que pueda trabajar la tierra, que no se especule con los alimentos y que se apoye un modelo más local, sostenible, ecológica, y sobre todo que tenga en cuenta al campesino y no a las grandes industrias que la explotan.

 El sistema agrícola y alimentario está regido por un sistema capitalista que sobrepone los intereses propios a los de la comunidad. Además, está regido por un sistema patriarcal que no reconoce el trabajo de las mujeres en el modelo agrícola y alimentario. No hay igualdad de derechos. Las mujeres deberían tener acceso a la titularidad de la tierra, al crédito…

Eso significaría profesionalizar el trabajo de la campesina. El trabajo de la mujer es invisible, queda en una esfera privada  y no tiene derechos.

Además del cambio de política, es necesaria la concienciación del ciudadano en la necesidad de un modelo de agricultura local, que tenga en cuenta a las mujeres y que cuide la tierra y la biodiversidad. Sólo teniendo en cuenta a la gente y a la tierra podremos cambiar el sistema.

 

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