Crisis (Abril-09)

La palabra crisis, proviene del griego  y significa “juicio”, “decisión”, momento decisivo”, “cambio”.

Como mujeres, debemos de ubicarnos en este momento, que por otra parte no es nuevo en el planeta. La sociedad humana ha vivido muchos momentos de crisis: Desde la decadencia de la cultura helénica, la caída del Imperio Romano y la llegada de los pueblos bárbaros, la escisión de los Imperios de Oriente y Occidente, los presagios del fin del mundo en la baja edad media, la escisión del cristianismo, la caída del viejo régimen y la ascensión de la burguesía… ¿Qué decir de las crisis política que precedieron a la primera y a la segunda guerras mundiales y al crac de la bolsa del 29?

Realmente la convivencia humana ha estado permanentemente imbuida de esta palabra. De uno u otro modo, las civilizaciones han ido perdiendo credibilidad en los valores que les sustentaron y se han ido deteriorando hasta desaparecer: Entraron en crisis.

Lo cierto es que cada cultura tiene su ruina propia, esas que los turistas, los ciudadanos que tan merecidas tienen sus vacaciones, visitan en verano: ver piedra sobre piedra se ha constituido en un turismo macabro en el que se invierten los escasos márgenes adquisitivos que tiene el ciudadano de a pié. Se paga por ver nuestro pasado, porque al fin y al cabo, nuestro presente se sustenta en él. Toda nuestra civilización y ordenamiento jurídico se sustentan en Grecia y Roma, respectivamente.

De esas ruinas ha nacido otra cultura, la nuestra, que ahora está en crisis y la cual creará las ruinas para otra civilización. O tal vez, ni eso, y como decía el Evangelio, no quedará piedra sobre piedra. Quedarán las ruinas de la civilización occidental.

Cuando un imperio da síntomas de desaparición, la esclavitud se acrecienta. Los poderosos necesitan recursos, y lo logran esclavizando aún más a la población.

Y ahí entramos las mujeres, que mal que nos pese, seguimos siendo las esclavas de una u otra manera –en general- en esta sociedad, tanto en el llamado primer mundo, como en el segundo, tercero, etc, etc, etc. La mujer piensa que el mundo es la jaula donde la encerraron y cuando le han abierto la jaula y vuela por la habitación, ha pensado que es libre. Lo cual es terrible, no hay peor esclavitud, que aquella que no se reconoce.

Como esclavas que hemos sido y seguimos siendo –siempre hay excepciones- vamos a salir muy perjudicadas de esta crisis, como en otras muchas a lo largo de la historia. El estrés, el malestar, el desasosiego de ver que se derrumba el castillo de naipes de la sociedad patriarcal, va a caer sobre la mujer: Todo se paga siempre con el más débil. Y por supuesto en el aspecto económico igualmente. Antes de dejar sin trabajo a un hombre, se dejará a una mujer; los recortes de presupuestos para investigación, estudios, becas, se harán más palpables en la mujer, al fin y al cabo la cultura todavía se considera algo más relevante en el varón.

Decía Albert Eisntein, que en la crisis nacen las inventivas, los descubrimientos y las grandes estrategias y que es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno. Si unimos estas palabras al significado que anteriormente veíamos: “cambio”, “momento decisivo”, tal vez podamos pensar que este momento pueda ser una oportunidad para lo femenino.

No es nuevo que la mujer vaya a sufrir la crisis. ¡Siempre las ha sufrido! O sea, estamos “aprendidas”. Pero tenemos que partir de una base, que puede parecer simple, pero a nosotras nos parece interesante, y es el hecho de que la crisis no es nuestra. Y no es nuestra porque nunca creamos los fundamentos, presupuestos, normas y leyes que han ido, siglo tras siglos, creando ruinas y más ruinas.

Debemos por tanto, adoptar una posición un tanto “taoista” ante ella, porque el hecho de tener que soportar las consecuencias, no nos hace cómplice de ella ni de sus causas. ¡Esto no es nuestro!, aunque nos afecte de pleno.

Y desde esa posición, campear un temporal, en el que tal vez los vientos nos sean propicios, si pensamos que esta crisis, a diferencia de las anteriores pone de manifiesto el ocaso de todo un estilo de vida. Asistimos en este momento  al ocaso de la política, al ocaso de las religiones, al ocaso de la economía; no parece que exista “recambio”, parece que como si el manantial de las ideas si hubiera secado, lo cual podemos apreciarlo claramente en el arte, o mejor dicho en el no-arte de hoy día.

No podemos por tanto contemplar el modelo del varón como referencia, algo que siempre hicimos porque el esclavo aspira a ser como su señor.  Hasta ahí llega su criterio de libertad: ser como el amo.

¿A dónde volvernos? A nosotras mismas. Lo cual no deja de ser una gran incógnita, somos unas grandes desconocidas para nosotras mismas.

Debemos  descubrir lo que nos caracteriza como féminas. Y una referencia obvia es nuestra maternidad, con lo que ella implica de  amor incondicional. Un amor incondicional es irracional. Nada mejor para escapar a un mundo en donde la razón ha abolido cualquier atisbo de idealismo, emoción, sensibilidad, generosidad, entrega, cuidado, delicadeza, sutilidad. Un mundo en el que se han creado las condiciones para que  “lógicamente” mueran a diario de hambre y sed los hijos de esta especie.

La mujer que, como especie, tiene a flor de piel la experiencia de haber sufrido las crisis, con lo que ello han supuesto de desesperación, ignorancia, inferioridad, siempre bajo el oscurantismo del sentido de “culpa”, tiene ahora, como en ningún otro momento, la opción de que sus ansias de liberación –que las mantiene a pesar de tantas cadenas- sean el mástil y las velas de nuevos presupuestos, propuestas y sugerencias para que la especie no naufrague en la tormenta de la desesperación.

El viento nos lo pone Dios.

 

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