Del Unisex al agender: Estrategias económicas disfrazadas de libertad (Marzo)

 

En este estrenado siglo XXI, asistimos a un tiempo de confusión, de mezcla de valores, de libertades disfrazadas, y de seguridades carcelarias. Un tiempo en el que hombre y mujer, masculino y femenino, empiezan a borrar las líneas que los dibujaban, para convertirse en algo que está entre medias de uno y otro, transformándonos en seres indefinidos, que viven en una especie de limbo que no nos permite identidad, ni criterio, ni certezas. Un centro indefinido en el que todo vale y, a la vez, nada permanece.

 

Es un tiempo difícil este, quizá más complicado y engañoso que los que nos han precedido, pues por primera vez la búsqueda de libertades se convierte en una de las más profundas esclavitudes, ya que las consignas libertarias han sido adquiridas por los poderes dominantes, haciendo que los individuos se esclavicen mientras piensan que se liberan. Sin duda, la estrategia más cruel que ha podido desarrollar una especie.

 

Podríamos preguntarnos: ¿Cómo hemos llegado a esta masa amorfa en la que nos estamos convirtiendo, ese ser indefinido y desidentificado al que aspiramos como colectivo humano, en busca de liberarnos de los estereotipos y esclavitudes pasadas?

 

La moda no es solo una tendencia de los gustos preponderantes, ni un estilo de vestir. En la moda podemos encontrar las huellas de los movimientos sociales, económicos y políticos de cada época, las aspiraciones humanas y las manipulaciones dominantes. Es, por tanto, la moda, un indicador social que nos puede ayudar a entender cómo hemos llegado al punto en el que estamos. Quizá la primera pista la encontramos en la moda unisex.

 

Hay quien afirma que el caldo de cultivo para que la moda unisex apareciera se fraguó en los locos años veinte, conla revolucionaria moda charlestón, que dotó a los vestidos femeninos de silueta geométrica situando el talle a la altura de las caderas. Comenzó a fraguarse un estilo sexualmente ambiguo a lo garçon, que expresaba la emancipación de una mujer que rompía con las exigencias sociales. Se promueve la delgadez de los cuerpos, las melenas cortas y los diseños que suprimen curvas. Uno de los diseñadores que impulsó el estilo unisex fue Yves Saint Laurent, a partir de la incorporación de trajes pantalón para las mujeres.

 

Pero la moda unisex, como tal, se empezó a desarrollar en la década de los 60, cuando la juventud sintió la necesidad de romper con los valores establecidos de una sociedad aburguesada, y tanto el rock, el movimiento hippie, como los movimientos de liberación de la mujer empezaron a hacerse eco en la sociedad. Los hombres empezaron a usar el pelo largo y a vestir camisas estampadas consideradas hasta entonces como femeninas, mientras que las mujeres adquirieron el pantalón, los jeans y las camisetas, utilizadas hasta entonces, exclusivamente, por hombres. De entre los diseñadores de alta costura, son Pierre Cardin y Ted Lapidus quienes bautizan esta tendencia como la moda unisex.

 

Pero mientras la juventud se llenaba de esperanzas por un posible cambio en el orden social, las grandes industrias se frotaban las manos, pues por primera vez veían en la juventud un posible mercado de consumidores.

 

Ya hemos reflexionado en otras ocasiones sobre cómo, en estas décadas de los sesenta y setenta, cuando se produce la revolución feminista, no podemos considerar que fuera estrictamente una revolución, pues desgraciadamente las mujeres no accedieron a lo que era una mujer en estado de libertad, sino que, más bien, se produjo una imitación del modelo libertario masculino. Esta realidad queda reflejada en la llamada moda unisex porque lo que ha quedado de ella no es que los hombres vistan con faldas o con estampados floreados, sino fundamentalmente prendas masculinas como los jeans, la camiseta y las deportivas, que pasan a formar parte de la indumentaria habitual femenina. Es decir, una imagen de mujer que se acerca cada vez más al varón.

 

Sin embargo, el unisex, más que la aceptación de una libertad de roles, disponía a ambos -hombre y mujer- como consumidores potenciales.

En los años 90, el mercado de la moda comenzó a centrar su interés en el hombre como posible consumidor. En los inicios de esta década, las grandes casas de moda ya tenían estandarizadas líneas de perfumería y ropa interior para hombre. La publicidad no estaba orientada a una mujer que se encargaba de hacer las compras del hombre, sino de un hombre que quería elegir por sí mismo. El mercado de la moda reorientó una masculinidad en aras de hacerla más dependiente de su imagen, ya que hasta entonces, el género masculino -como construcción cultural- estaba mediado por una serie de parámetros que lo hacían “demasiado independiente para el consumo”. Es en estos años que se acuña el término “metrosexualidad”, que suponía un hombre más identificado con las tareas del hogar y los pequeños detalles, pero, fundamentalmente, un hombre que extremaba cuidados en cuanto a su apariencia y acudía a toda una cosmética para resaltar sus dotes. Ese hombre metrosexual, que perfilaba su belleza, no era más que un hombre narcisista; un hombre que centraba su interés y su deseo no tanto en los otros cuerpos, sino en el propio. Ingrediente imprescindible para que el mercado embolsara, de nuevo, millonarias cifras.

 

Una vez conseguido el objetivo de una mujer masculinizada y un hombre narcisista, el siguiente paso hacia la desidentificación aguardaba: la moda agender o genderless o moda neutra. Hay varias formas de llamarla. Prendas que no son ni para uno ni para otro, sino que sirven indistintamente para los dos. Bajo un lema tan atractivo como “sentirse libre de lo masculino y lo femenino”, el agender hace más profunda todavía la andrógina imagen del ser humano del siglo XXI.

 

Una androginia que no nos ha llevado a acercarnos más los unos a los otros sino, por el contrario, a sentirnos cada vez más ajenos. Una androginia que nos desidentifica y que, por tanto, nos sitúa -a todos- en un caldo de cultivo ideal para la manipulación. Libertad curiosa, ¿no creen?

 

No es de extrañar que hayamos llegado a este punto, teniendo en cuenta lo encorsetados que han estado los preconceptos de masculinidad y feminidad en los siglos precedentes, las manipulaciones a las que se han visto sometidos y las esclavitudes que nos han hecho padecer. Pero no olvidemos que todo sediento es capaz de beber un agua contaminada, así como un reo, de comprar una libertad condicionada. Sospechemos pues de todos los movimientos “liberadores” detrás de los cuales hay frondosos beneficios económicos y un afán de homogeneización. Jamás la libertad tuvo precio, ni fue de un mismo color.

 

Nos toca, inevitablemente, hacer la reflexión sobre el daño que nos ha hecho la palabra igualdad enarbolada como bandera de desarrollo. Una cosa es ser iguales ante la ley o ante los derechos humanos -porque obviamente somos todos humanos- y otra cosa es pretender ser iguales. Hombres y mujeres no somos iguales, y afortunadamente nunca lo seremos. Tenemos sensibilidades diferentes, biologías distintas, formas de pensar, maneras de percibir el mundo completamente distintas. Los estereotipos de género es verdad que nos han hecho mucho daño, pero pretendiendo ser iguales no seremos más libres, sino que simplemente viviremos otro tipo de esclavitud.

 

Desde la Inspiración Femenina queremos abogar una libertad que no se esconda detrás de las pancartas de igualdad, sino que se atreva a disfrutar de la diversidad; no la que nos hace asexuales, sino la que nos permite encontrarnos. Abogamos por la libertad creativa de saber hacer nuestros vestidos, a nuestro gusto, con cortes y patrones personales, con intención y dedicación en cada prenda, como una proyección de nuestra personalidad y función. Eso -creemos- es libertad… O quizá vaya más allá, y empiece a rozar la silueta de la liberación.

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