Descubriendo las Trampas en el Camino (Marzo)

Qué difícil es creer en uno mismo, ¿verdad? Confiar en los recursos que uno tiene, confiar en la sensibilidad y capacidad que hay en cada uno de nosotros y nosotras…, y dejar de lado las exigencias que, de repente, se despiertan por la presión que sentimos de hacer las cosas bien.

Pero, ¿de dónde surge esa inseguridad?, ¿qué es “hacer las cosas bien”? “Bueno” es todo aquello que hemos visto en otros y que nos ha gustado. “Bueno” es todo aquello que es aceptado. Y “aceptado” es todo aquello que sigue unas referencias. Hacer las cosas bien es seguir y casi imitar los patrones que tenemos de referencia. Y las referencias con las que hemos crecido son las de una cultura patriarcal.

Cuando a principio de curso planteábamos qué línea seguir para los artículos de Inspiración Femenina de este año, todo se veía clarísimo. El tema estaba tan incorporado que ¡por fin iba a ser fácil! Pero a la hora de sentarse y empezar a desarrollar el primer artículo, el afán por querer hacerlo bien, por quedar bien, por decirlo todo y a la vez, hizo que se nublaran las capacidades propias y que surgiera un texto lejos de nuestra sensibilidad. Lo que salió fue un texto pretencioso y sentencioso, muy alejado de lo que pensamos. Y lo más curioso es que hizo falta el comentario de otra de las integrantes para que nos diéramos cuenta. Curioso fue que caímos en, justamente, aquello de lo que íbamos a escribir: las trampas que hay en la cultura, que dificultan el descubrimiento, identificación y desarrollo de la naturaleza femenina, por querer imitar lo que hemos considerado mejor: lo masculino.

Durante bastante tiempo nos ha llamado la atención el alto grado de masculinización que hay en las mujeres. Anhelamos ser como ellos, conseguir lo que ellos consiguieron, dándole predominancia y valor a la manera de desempeñar una función de manera masculina. Y lo estamos consiguiendo -obtención de los mismos derechos, las mismas funciones, las mismas actitudes, las mismas responsabilidades, “si ellos pueden, nosotras también”, etc.-. En ello, nosotras nos vamos perdiendo, y ahí está una de las trampas: la actitud que implica darle la razón a una cultura que determina que los valores masculinos son mejores que cualquier otra cosa. Nosotras mismas hemos ido despreciando lo femenino, lo que somos, renunciando así a nuestra esencia. El anular una parte de nosotras, o de uno mismo, puede generar graves consecuencias, por ejemplo en la salud.

Si cuando hagamos lo que hagamos, decidimos hacerlo de manera masculina, ello revertirá en nuestra feminidad e irá afectando muchos de nuestros ámbitos, precisamente por irnos alejando de nuestra naturaleza.

Por ejemplo, nuestra sexualidad se ha visto afectada por ello y cada vez se masculiniza más, obviando nuestros ritmos y ciclos. Cuando la procreación y la búsqueda desesperada del placer dejen de ser el elemento fundamental de la sexualidad, entraremos en una esfera más mística en la que queda en un segundo plano lo genital. Pero, en general, no nos permitimos explorarlo, e imitamos la sexualidad que conocemos, la masculina, por lo que hay una gran parte de nosotras que se queda sin expresar.

Hoy en día, en muchas partes del mundo -sobre todo en los países desarrollados- la mujer se ha incorporado. La situación que la mujer ha ido viviendo en los diferentes tiempos históricos impulsó varios movimientos que supusieron importantes cambios para su situación, y gracias a ellos la participación femenina en el mundo es muy diferente. Pero del mismo modo que cuando vamos a una exposición de pintura y salimos de ella queriendo ser pintoras, porque nos enamoramos de esa virtud que vemos…, de la misma forma las mujeres nos hemos ocupado de imitar al varón, porque -dentro de la concepción que se tiene de las cosas- es la referencia de lo que vale, en lugar de indagar en la naturaleza de lo femenino, en nuestra naturaleza.

También es cierto que nos hemos incorporado a un mundo que ya estaba hecho y que tenía sus reglas, y a ese mundo ¿cómo no le iba a interesar seguir así, con los mismos valores?

Se fueron colocando trampas para que, efectivamente, las cosas siguieran así; trampas que han adoptado muy diversas formas dependiendo de los tiempos; trampas que hoy siguen estando, pero bajo otra apariencia. Hoy vemos mujeres desnudas -sin pretender ser moralistas- en portadas de revistas que no son las de Playboy, reivindicando que somos libres de hacer lo que queramos, de ir desnudas por la calle por el simple hecho de poder hacerlo. ¿Es esa la liberación? Hoy trabajamos, somos profesionales, pero no hemos desarrollado nuestras profesiones bajo una perspectiva diferente. Hoy somos libres para relacionarnos sexualmente como y con quien queramos. Pero ¿cómo y con quién queremos? ¿Realmente lo sabemos?

Mientras nuestras referencias sigan siendo las mismas, véase los valores masculinos de esta sociedad, los problemas seguirán siendo iguales, porque el problema no está en los diferentes ropajes de estas trampas, sino en su significado: la consideración de la mujer como un ser inferior al varón. Las consecuencias de esta idea se manifiestan en la agresión hacia ella. Idea inoculada tanto en hombres como en mujeres. Y así nos agredimos, bien sea nosotras mismas, o la concepción masculina presente.

Relegamos nuestro hacer a su perspectiva, nos orientamos a su demanda, y así siempre podrán determinar qué vale y qué no, en base al interés de cada momento. La trampa de relegar nuestro bienestar a lo que ellos valoren y no a lo que nosotras creamos y sintamos, hace que todo lo que nos propongamos pueda carecer de valor, sila masculinidad del medio así lo considera.

Cabe mencionar que la masculinidad también ha cambiado con el tiempo, y ahora se muestra bajo una nueva forma más suave, más comprensiva, más empática, más sensible… No dudamos de que se esté evolucionando hacia una forma más saludable de masculinidad, pero bajo esa aparente suavidad también se ocultan ideas ancestrales de la superioridad del varón con respecto a la mujer, que consciente o inconscientemente salen cuando uno menos se lo espera, de manera muy sutil, causando grandes impactos precisamente por pillarnos desprevenidas. Otra trampa, pues, estaría en esta nueva cara del machismo: el neomachismo. Sin que esto implique que todos los hombres sean así, ni mucho menos. Los hombres embarcados en esa ‘aparente’ nueva masculinidad tienen, muchas veces, actitudes y comentarios que nos hieren, sin nosotras saber muy bien por qué, porque aparentemente estos varones son diferentes y nos descuadran sus comportamientos o actitudes. Pero el menosprecio va sutilmente oculto entrelíneas y -repetimos- puede que ni ellos mismos sean conscientes.

Este es el primer artículo de una serie que iremos publicando a lo largo de este curso, sobre las trampas que sigue habiendo y su nuevo rostro. Es un tema que tratamos desde los inicios de Inspiración Femenina, pero al cual queremos darle una visión actualizada, ya que muchas de las cosas que se han expresado a lo largo del tiempo han seguido, aparentemente, evolucionando. El fondo sigue siendo el mismo, pero la imagen ha cambiado.

Las mujeres somos la perspectiva ausente de la cultura, y si se integraran nuestras aportaciones desde nuestra experiencia y nuestra manera de percibir, podríamos integrar matices que ahora faltan, desarrollando así un proceso más global y emocional, donde quizás llegue un momento en que las referencias sean otras.

Desde la Inspiración Femenina creemos importante descubrir las trampas que se han ido colocando a lo largo de la historia, para realmente poder descubrir quiénes somos, sin estar condicionadas ni limitadas por valores impuestos. En la medida en que nos identifiquemos, los varones también podrán empezar a discernir qué es la verdadera masculinidad y, juntos, desarrollar nuevas maneras de relacionarnos.

Creemos importante despertar a la idea de que hasta ahora hemos ‘luchado’ por unos valores que nos han conducido a un camino masculino que cada vez reduce más el femenino. Ahí no encontraremos ni la liberación ni la identificación de lo femenino; lo que encontraremos es ir enterrándonos cada vez más. Y cuando queramos darnos cuenta, estaremos tan masculinizadas que volver atrás y buscar en el fondo del baúl será mucho más difícil.

¿Cómo vamos aidentificarnos, luchando por los valores de poder que han levantado este mundo falso, este mundo de lucha, este mundo de combate, de ganadores y perdedores, de triunfadores y fracasados? ¿Cómo vamosa identificarnos, como mujeres, compitiendo por un espacio mejor dentro de este paradigma? Todas estas trampas nos han conducido a buscarnos en un espacio erróneo que nos aleja cada vez más de nosotras, intentando ser lo que no somos, intentando ganarnos la aprobación masculina.

Los parámetros de identidad femenina están en un nivel donde no hay ganancia ni reconocimiento… Mientras sigamos buscando justamente esto, no encontraremos la liberación.

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