El Sentido Divino: Recuperar Nuestra Consciencia con el Todo (Junio 2015)

 

El atrapamiento a la materia que la humanidad vive desde hace milenios ha ido modificando el sentido de su inteligencia. Esta ha quedado relegada al vector de la razón, la cual apoyada en los sentidos, nos ha dado a lo largo de milenios la consciencia de lo que es verdadero y falso, de lo que es bueno y malo.

 

Se necesitaba esa dicotomía porque la dualidad crea superiores e inferiores, y el modelo “superior-inferior” sustenta -como un pilar ineludible- una cultura de dominancias.

Si estás del lado de la mentalidad que domina en ese momento, estás con los superiores; si estás en la otra orilla, eres inferior. De esta manera se puede entender que Copérnico -por muchos años- estuviera en la orilla de los inferiores dado que sostenía que no era el sol el que daba vueltas alrededor de la tierra, sino al revés. A este propósito, una encuesta reciente entre la población española arrojaba el siguiente dato: tres de cada 10 españoles creen aún que el Sol da vueltas a la Tierra… La vivencia que tenemos a través de nuestros sentidos materiales no siempre nos da una información veraz.

La ciencia nos ha desvelado el comportamiento íntimo de la materia y ha puesto de manifiesto que lo material -como tal- no existe, sino que más bien es una agrupación de fuerzas que generan una función. Esto debería ser motivo de un cambio drástico de consciencia. Sin embargo, como ha ocurrido a lo largo de la historia, el cambio de consciencia va siempre con mucho retraso.

Sabedores de esto, nos debemos plantear -a nivel individual- un reconocimiento propio que nos abra la puerta a darnos cuenta de que realmente tememos perder lo que no se tiene, incluso, lo que ni siquiera existe. Ese temor es lo que frena la capacidad de conversión. El asumir el sentido filosófico espiritual de la inteligencia, como una vía que nos permita aceptar que nuestra procedencia es el Gran Vacío, la Nada, puede movilizar nuestras dormidas consciencias -tan dadas a la domesticación por parte de los paradigmas reinantes del momento-, que nos dan la visión de un mundo fragmentado, parcial e incomunicado. El Universo no es así por mucho que nosotros nos empeñemos.

 

No es casualidad que las diversas espiritualidades de las culturas de nuestro planeta han estado siempre dirigidas a buscar la fusión con la Divinidad, con el Todo.

Quizás por ello también, con diferentes métodos, han propuesto el reencuentro con el Vacío. Para ello, los estados de quietud en los que se queda interrumpido el curso del pensamiento son la vía adecuada. Dicho en otras palabras: la Meditación.

 

Este estado meditativo implica -según nuestro criterio- una condición sine qua non: la de saber que cuando el hombre acude en busca de esa conexión, en busca de esa comunión, él, por él mismo, no puede encontrar nada, sino que más bien, a él, lo van a encontrar. Pero para que, a él, lo encuentren, tiene que estar en vacío, y para estar en vacío, tiene que suspender el curso de su pensamiento.

 

El movimiento inicial para conseguir la suspensión del curso del pensamiento es el decirse “aquí estoy”. Ese es el primer movimiento -y el único- “voluntarioso” que puede aportar el hombre para que su pensamiento quede detenido y entre a formar parte del desarrollo del vacío. 

¿Qué otra expresión podemos evocar cuando tomamos consciencia del Universo en el que vivimos y de que somos apenas un punto en medio de tanta inmensidad? ¿Qué decir, cuando hoy en día sabemos que habitamos en una realidad que, a modo de una red, mantiene comunicados a todos los componentes? ¿Qué pensar si desconocemos las Fuerzas que subyacen a todo ello? Nada, no podemos pensar nada. Y la Nada es Vacío.

Quizás el disponernos ante el Vacío, con la única consciencia de que “aquí estoy”, nos abra el sentido Divino, ese que rechazamos por nuestra mera ignorancia.

En este año del “Encuentro”, la práctica meditativa se nos brinda como la opción para podernos encontrar con nuestro auténtico sentido.

 

 

 

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