El Vínculo Maternal (Noviembre)

 

 

Qué duda cabe de que la principal asignatura pendiente de los humanos es la convivencia. De ella, de esa convivencia, digamos que no muy buena, nos atrevemos a decir que derivan todos los males del planeta. Claro, la misma palabra nos está diciendo cosas, porque convivir es vivir con, y “vivir con” nos da referencia de unión, de compartir, de tener en cuenta… Y, miremos donde miremos, de todo eso hay bien poco en este mundo.

Sin embargo, inevitablemente, tenemos que sucumbir a la necesidad de encontrar una manera cooperante de vivir con los demás, si no queremos ser testigos de mayores atrocidades de las que ya nos toca ver.

Si nos ponemos a reflexionar sobre este tema, lo primero que nos surge es una pregunta: ¿Esto es así por la naturaleza del ser humano, o es que ocurrió algo que hizo que desarrollásemos todo tipo de estratagemas para llevarnos mal? Quizás no sea fácil respondernos a tal cuestión, porque si miramos el pasado conocido, todo apunta a que el ser humano es más bien de una “escasez amorosa” apabullante en sus relaciones.

Lo que sabemos de la historia nos cuenta esa realidad. Pero si retrocedemos más aún, a la prehistoria, cuando los seres humanos no se habían asentado definitivamente en ningún territorio, encontramos una evidencia interesante: la de que, de alguna manera, esos seres prehistóricos se las arreglaron para convivir durante muchos milenios, comunitariamente, al menos, lo suficiente como para permitir la evolución de la especie.

De algún modo común los grupos humanos se ayudaron y compartieron, para hacer llegar a la especie al punto de inflexión que supuso el sedentarismo y el desarrollo de la agricultura, a partir del cual todo cambió considerablemente.

Aún así, los seres humanos de aquel entonces, en un principio tenían una inteligencia y una consciencia de estar vivos con la que se sentían fundidos con todo lo vivo. El modo de relacionarse con la Naturaleza era tratándola como una entidad sagrada, se la cuidaba y se le ofrecían rituales y sacrificios, porque era el modo de agradecer los dones que ella otorgaba.

La vida proveía lo necesario, y existía entre los hombres y lo vivo una relación de amor muy similar a lo que entendemos por amor maternal. La consciencia maternal posiciona a los seres en una relación inevitablemente amorosa. Desde lo maternal, cuidamos los unos de los otros, y cuidamos y respetamos el entorno. Desde lo maternal, no podemos ni siquiera imaginar hacer daño a algo o a alguien. ¿O pueden ustedes pensar por un instante hacerle daño a un bebé recién nacido, hasta el punto de poner su vida en peligro?

Es evidente que esta pregunta nos lleva a la terrible realidad en la que estamos hoy en día, puesto que hace mucho tiempo que la especie humana decidió borrar esa consciencia maternal y optó por relacionarse desde el principio de rentabilidad con todo lo vivo. Sin embargo, el principio maternal es el camino hacia la posibilidad de evolución, y sin esa visión maternal, la vida en su conjunto está en grave proceso de extinción.

El vínculo maternal no es una mera cuestión de mujeres, por el hecho de que ellas son las que se embarazan y paren, que es en lo que el estilo patriarcal dominador ha relegado la maternidad: al hecho físico de traer hijos al mundo.

Al reducir la consciencia maternal a un acto físico, la especie entera ha entrado en un proceso de destrucción. Ya no hay que relacionarse entre sí amorosamente, ni amar o respetar el entorno, tan solo hay que cuidar y proteger el fruto que se obtiene, porque en definitiva lo hemos convertido en algo de nuestra propiedad. Así que, todo lo que no es nuestro podemos usarlo y manipularlo para obtener de ello un beneficio, cuanto más elevado, mejor.

Sería muy conveniente recuperar esa consciencia maternal acerca de la vida y nuestras relaciones, porque el sentido común nos hace creer que esta humanidad enferma y autodestructiva tal vez puede tener una oportunidad de transformación, si retoma esa vía maternal con todo lo que le rodea.

Nuestras células madre, esas que están en la intimidad de nuestra estructura, nos cuentan cosas acerca de cómo conseguirlo. La ciencia, con sus investigaciones, nos aporta datos interesantes sobre las características de estas células especiales. Por ejemplo, nos dice que las células madre no discriminan; ellas, simplemente, van a los lugares donde se las necesita, para reponer los tejidos que están dañados.

Ese es un aspecto a imitar en nuestras relaciones, porque estamos en un punto de gran incomunicación; no nos hablamos con este, ni con aquel…, y ese otro no nos gusta y lo convertimos en nuestro enemigo… Ni qué decir de la relación entre hombres y mujeres, más discriminatoria no puede ser.

Recuperar, en nuestras posiciones de vida, la actitud no discriminatoria es primordial para realizar el cambio necesario hacia esa consciencia maternal de la que estamos hablando. Es como la madre que tiene varios hijos. Los tratará de manera diferente porque son diferentes, pero no discrimina a ninguno, a todos los cuida y los ama.

Otra cualidad de las células madre, que nos puede ayudar en el rescate de nuestra “maternalidad”, es la disposición. Las células madre siempre están dispuestas y disponibles para generar nuevas células, al objeto de que todo el organismo funcione correctamente.

En un mundo insolidario como el que hemos construido, con esa consciencia aplastante de individualismo que tenemos, estamos desarrollándonos en una “no disposición”, o “in-disposición” que se manifiesta, cómo no, en las distintas enfermedades que sufrimos.

Esa disposición es mucho más que estar dispuestos a lo que se necesite de nosotros, es también estar en el puesto que nos corresponde, para no interferir, ni dañar el puesto que les corresponde a los demás.

Y podemos añadir una tercera cualidad, también imprescindible: la de la regeneración.

Nuestra entidad orgánica se regenera constantemente gracias a la acción de las células madre. Sin embargo nosotros, para llevar la contraria, hemos desarrollado una consciencia finita y terminal, que se manifiesta en nuestro organismo con el envejecimiento y con la muerte.

Nos parece urgente conservar una memoria que nos facilite, en cualquier momento, desarrollarnos, puesto que la regeneración tiene la memoria de saber cuál es el origen y, por tanto, qué es lo que hay que restituir. Eso quiere decir, ni más ni menos, que tenemos que dar paso en nuestras vidas a lo inesperado y practicar propuestas que representen una verdadera novedad, porque nuestro origen es el caos, lo misterioso, lo imprevisto. Así que, hay que dejar ya de repetir los mismos modelos que, por otra parte, han demostrado con creces que son enormemente perjudiciales para la salud.

Por otra parte, esa idea de que lo maternal es cosa de mujeres y, sobre todo, si son madres, hay que desecharla. Como hay que desechar la idea de lo paternal. La paternidad es tan solo un concepto inventado que se necesitó para ubicar los afectos del masculino en este estilo de vida machista y dominador, que ocurrió cuando nos alejamos de ese vínculo amoroso maternal con la Creación.

La consciencia maternal no pertenece en exclusiva a nadie, ni a mujeres, ni a hombres. Es, sin lugar a dudas, una condición que le corresponde a la especie en su conjunto, y que nos permite, a hombres y a mujeres, una consciencia fundida con la vida. Hombres y mujeres compartimos esa consciencia maternal, aunque en cada uno se exprese de un modo distinto, como distintas son las expresiones de ser hombre y ser mujer. Pero siempre teniendo en cuenta que esa diferencia jamás ha de suponer una inferioridad o una superioridad.

La enfermedad que tiene la humanidad requiere, ahora mismo, de un tratamiento radical y contundente, que consiste en rescatar nuestra original manera de relacionarnos, a través del vínculo de la “maternalidad” con todo, que en sí misma es una vía de espiritualidad absolutamente necesaria para retomar nuestra posición en el Universo.

 

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