Inspiraciones Femeninas en el Genoma VI. LO RECEPTIVO, LA OBEDIENCIA (Marzo-10)

El último hexagrama del I Ching que es referencia para el futuro inmediato es: La Receptividad de la Tierra. La palabra operativa en este hexagrama es LA OBEDIENCIA.

«LA OBEDIENCIA ES INEVITABLE Y GRATIS».

La obediencia debida -de vida- es aquella que se da en el reconocimiento de que aquello que recibo tiene un carácter extraordinario y mi corazón lo recibe, y en base a ello, mi cerebro funciona de otra manera; así puedo aprender, cambiar y evolucionar.
   Sin embargo, la obediencia que conocemos, la que hemos vivido, está muy condicionada por el individualismo. Me obedezco a mí mismo, porque me considero «libre». Obedecer, hoy día, se relaciona con estar sometido, ser un esclavo o ser un miedoso.

La obediencia debida -de vida- de la que hablamos es liberadora, y hace referencia a esa tierra que se sabe cubierta por el cielo, y entonces es obediente, y en su obediencia se hace fecunda.

Un precepto básico de la obediencia es reconocer que proviene de algo que merece respeto, admiración... A veces es grato obedecer, pero a veces, muchas, es ingrato; porque no es lo que lo que queremos. Ahí es donde se convierte, la obediencia, en el principal obstáculo para el avance de la humanidad, porque cada uno termina obedeciendo a su criterio: entonces éste obedece a esto, éste a lo otro... Finalmente, todos chocan, porque no hay un criterio de obediencia a determinadas señales o signos o revelaciones en las que cada uno deje de obedecer a sí mismo.

El capítulo más difícil de la historia del ser es la obediencia, porque como humanidad estamos viviendo un tiempo de desobediencia sistemática en todo. Es decir, por sistema, no obedezco... me rebelo. Y está claro que no se puede mantener una actitud de «no obediencia», porque es incompatible con la vida. Además, obedeces siempre a algo: a la moda, a tu amigo, a las leyes...,  y en último caso a ti mismo. 
 Así es nuestra obediencia. Claro, al no doblegar los criterios personales y mantener cada uno su posición -que en definitiva es herencia de otros, que a su vez han fracasado una y otra vez-, nos estancamos, nos bloqueamos, no evolucionamos, porque nadie quiere dar el  brazo a torcer.
Hoy día es casi imposible decirle a alguien: «por favor, ¿tienes la amabilidad de...? o ¿me querrías hacer...? o ¿querrías hacerme tal cosa?». ¿Por qué? Porque, ya no hay obediencia. Porque quien manda, debe tener un cierto grado de respetabilidad, de rango, de prestigio... Debe ser alguien que nunca yerra, y como cuando alguien que se obedece sólo a sí mismo llega un momento en que falla, deja de ser referencia para los demás, y entonces nadie le obedece. 
También, porque en la medida en que obedeces a ese que consideras respetable y admirable, vas creciendo en fuerza, vas desarrollando tus criterios y un día dejas de obedecerle y cada vez te cuesta más obedecer. Empiezan a aparecer tus opiniones, tus puntos de vista, y no sabes relacionar lo que descubres con la obediencia a ese que tenías como referente. Ése es el camino actual.

En el desarrollo de la humanidad, la clave está en la obediencia. No la podemos obviar. Siempre obedecemos a algo... Pero... ¿por cuánto tiempo obedezco a mi padre? Cuando ya me sienta adulto, ¿seguiré obedeciendo? ¿Él sabrá mandarme? ¿Seguiré siendo un ser obediente?... Sí, seguiremos siendo obedientes, en último caso, a nosotros mismos. Siempre tienes que obedecer a algo: al instinto, a la belleza, a la pasión... a la heroína, al hachís... Quizás cada momento tiene su obediencia distinta.
  El niño lo tiene muy claro: el padre sabe, en general, lo que le conviene al niño que aún no tiene criterio de los peligros, de los cuidados... Pero si al niño no se le dice..., no se le enseña, no es viable, porque él no sabe por sí mismo. Él debe obedecer a algo; por eso se le dan órdenes que él pueda entender; de esa forma aprende, crece y se hace viable. En su crecimiento, y expansión entiende el por qué de muchas cosas y deja de obedecer a los padres, porque ya tiene criterio por sí mismo. Comienza a obedecerse a sí mismo: a su pasión, a sus juegos, a su recreo... Y no llega a entender las órdenes o sugerencias de los padres. Por eso es importante no forzarle, sino enseñarle la obediencia. Después de esta edad se empieza a desobedecer a todo. El joven se siente autosuficiente, necesita otro tipo de obediencia y empieza a obedecer a sus amigos mayores, a sus tíos, a sus profesores... a otra figura que represente respeto, rango... Con el paso de los años obedece a muchas personas y a muchas cosas. Será excepcional que durante su vida encuentre a un guía, un maestro.

El Maestro es ese ser al que debo obedecer; porque él tiene la referencia que me sitúa en la intermediación de Lo Divino. Sé que necesito de alguien que interprete determinadas cosas y que me oriente... Ahí estaría el sumun de la obediencia. Lo habitual es que te revelen tus obediencias a través de alguien. No baja Dios padre en persona y te dice: «debes aprender a danzar». No.

Sabemos, por la historia, que la Fuerza de Lo Divino ha elegido un sistema de trasmisión- y lo vemos  en todas las culturas- que está bajo la frecuencia de la obediencia. Es lo más difícil de vivir. En ocasiones parece imposible, porque ese Maestro -que es el intermediario de esa Fuerza Divina- no puede corregir, sugerir, pedir..., porque la obediencia es escasa. Se rechaza la voz del Maestro, la revelación, por el individualismo, por el sectarismo, por el personalismo...

Es evidente que la desobediencia -en los tiempos que vivimos- puede ser el prolegómeno de un bloqueo larguísimo, de un estancamiento individual eterno..., de una desesperación, que nos impide evolucionar como especie. Por eso la clave de la evolución de la especie está en la obediencia.

SABER OBEDECER ES LA CLAVE PARA PODER EVOLUCIONAR.

La obediencia me permite descubrir muchas cosas... porque el que guía, el Maestro, ve; el discípulo no ve.

Muchas veces cuando obedecemos a algo que en principio no entendemos, con el paso del tiempo corroboramos que ha sido bueno. Y es cuando veo... y descubro: «¡ah!, gracias a esto he podido evolucionar...; si no hubiera pasado esto, yo no hubiera accedido jamás a esto otro...».

Las épocas en que vivimos son enormemente conflictivas y la obediencia es algo, no imposible, pero casi.
Debemos, entonces, tratar de obedecernos menos a nosotros mismos, y tratar de obedecer a ese que -siendo referencia- sabe a dónde va y a dónde vamos. Ese que sabe, porque es auténtico en su hacer; y como guía ve más allá de los otros y busca lo mejor para todos. A veces te toca ser el sacrificado para que otros aprendan o se beneficien. Pero has sabido obedecer y todo se ha dado según lo previsto.
 Por eso hoy la obediencia es un caballo de batalla en el que debemos incidir...

Cada uno, pensemos a qué obedecemos.
          

Los que no obedecen a sí mismos, obedecen al establishment, a los que mandan, a la sexualidad, al botellón, al poder...
   En la rebeldía, en la desobediencia, se busca ser diferente y, sin embargo, nunca logramos ser originales y encima nos creemos «libres». «Libres» pero siempre atados a algo, que no nos deja descubrir lo nuevo, lo realmente original.

La obediencia es un valor, no es una esclavitud. Es una brisa suave que te dice: «ve por ahí...»; y como yo no sé nada, voy. Luego, me sorprenderé, me dolerá, o me alegraré... eso es secundario.
           

La obediencia no responde a un mandato, sino a una sugerencia, a un planteamiento, a un proyecto, a una forma de enseñar...; responde a la idea Creadora, a la idea de Universo. Se basa en el respeto y en el amor de quien sugiere y de quien recibe.
           

No se trata de obedecer al mandato, a la orden y al poder en base al miedo o al terror. El poder aprieta y ha surgido por el criterio de dominio, de superioridad y esclavitud... Ahí no podemos hablar de obediencia, sino de temor, miedo y represión.

La obediencia se despierta en base a que sabemos que
 todo está religado con una Fuerza que nos mantiene y entretiene,y es una Fuerza de Amor.
 Dios es amor en el sentido auténtico de la palabra. Para que podamos cultivar una OBEDIENCIA DE VIDA, nuestra propuesta es: todos los días podemos sentarnos con los sentidos mirando al cielo; para ello hacemos una hiper-flexión de la cabeza hacia atrás, para que los sentidos se abran a Lo Celeste y amplifiquen su receptividad. La mano derecha va al centro del pecho, para que toda la conexión de los sentidos con Lo Celeste sea sentida por nuestro cuerpo y eso nos obligue a obedecer, a seguir un camino -que señalamos con el brazo izquierdo y el dedo índice, extendidos-.

Cabeza arriba, ojos abiertos, boca cerrada, respiración abdominal. Es la ofrenda de los sentidos, que se hace para que el sentir se incorpore y no sea la razón la que esquematice o se apropie de la experiencia Divina que se alberga en el corazón y que te puede conducir hacia la obediencia y seguir caminando hacia un «sentido».
Es una posición que compromete el cuerpo, durante 6 ó 7 minutos, en la que nos concentramos en la amplificación de los sentidos, para ofrendarlos a Lo DIVINO, a Lo Creativo, a Lo Celeste, para que todo ello lleguemos a sentirlo y eso nos permita obedecer y seguir hacia un rumbo, que luego tendrá oportunidad de pasar por la razón y la lógica.

Es muy diferente que yo sienta en razón a mi conocimiento, a que empiece a razonar en razón a mis sentires. Es muy distinto. El cerebro puede funcionar de las dos formas. Para obedecer, debemos sentir y luego racionalizar. El problema surge cuando veo que me están insinuando una cosa, y yo empiezo a pensar, pero no siento.

El discurso verbal se agota. Debemos, en esa expansión de los sentidos, dar prioridad al discurso sensitivo, sensorial, y corporal. En él se manifiesta el lenguaje de Dios que es el silencio, Dios nos entra por los sentires. Hay momentos de nuestra vida que nos han desconcertado y por eso hemos creído. Dios no es lógico. La obediencia entra por el corazón; y en el corazón, Dios Existe.

    Por Dios... la obediencia es gratis e inevitable.

                                                                                                                                                         A Dios...

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