La Espera (Septiembre-08)

La oración siempre es un motivo trascendente, siempre nos da la oportunidad de recrearnos; es un espejo que nos refleja y cuestiona...; siempre nos recuerda nuestro origen, y nos lleva a identificarnos como esa humanidad femenina que somos. 
Esta vez, nos ha llevado a recrearnos en un cuento.

El cuento de la espera

Siempre aposté a que Manolo cambiara; desde que me enamoré en la disco y nos abrazamos por primera vez. Era en verdad mi tipo. Solíamos andar calles y calles de la mano, sin tiempo. Nos encantaba caminar. 


Al compás sereno de mis pasos, oía siempre en mi interior el repiqueteo incesante  de mi anhelo.  Tenía la certeza de que lo iba a hacer cambiar. 


Hablándonos en la mesa de un bar, escuchando sus promesas en la cama, sonreía. Sonreía imaginándolo manifestar esa ternura que yo sabía que tenía; sonreía viéndolo despojarse de sus asperezas; sonreía soñando que dejaba de estar siempre a la defensiva. Y le amaba, hasta lo más recóndito de mí, cuando daba alguna señal que parecía de transformación.

Pasaron los meses que se hicieron años y, un día, nos casamos. Entonces, ya me senté a esperar. Éramos felices; mientras, yo seguía esperando que cambiara.

En la casa nueva, la espera estaba fuera, en la flamante escalera de entrada a los apartamentos. A partir de las seis de la tarde, vivía esperando escuchar sus pasos saltar de tres en tres los escalones.

Luego, la espera se apropió de la puerta. Era el sonido de la llave el que me hacía sonreír y latir más fuerte el corazón... La espera se disolvía con el abrazo y el beso apenas entraba y me llevaba entre susurros y caricias a la cama.

Mientras tanto, tuve hijos, dejé de estudiar, y empecé a trabajar para ayudar un poco a Manolo con la economía y la educación de los niños.

Cuando me quise acordar habían pasado años.

Sin darme cuenta, la espera había pasado sutilmente al living donde teníamos la tele. Se había adueñado del pasillo, del dormitorio de los niños, de la cocina -donde había que esperarlo para cenar- y del baño -ya que hacíamos turnos para ducharnos-. 


Un día, la espera llegó a nuestro dormitorio: los besos de Manolo se hicieron automáticos, con un leve desplazamiento hacia la comisura, primero, y luego, en plena mejilla. Mis abrazos se volvieron mecánicos, fríos, repetidos.


Pero de eso, hace ya tantos años…

Hacía mucho que había dejado de esperar que Manolo cambiara, cuando un día, se murió. Supe llorarlo, como debe ser… Y aunque empapé muchos pañuelos, más tarde también me reí… Me reí de mí misma al recordar todo lo que lo había querido cambiar. ¡Qué esfuerzo inútil! Después de todo, había sido un buen hombre, ¡qué más quería yo! 


Los hijos supieron asumir la muerte de su padre, ya eran mayores. Hicieron alguna insinuación acerca de mí... Y yo, ni soñar con mudarme a casa de alguno de ellos; todavía podía hacer todo por mí misma...

¿Todo? Mi vida se había reducido a esta casa... Eso era todo, además de poner la pensión al día, ir a cobrar y salir con alguna amiga de vez en vez. Después de algunos meses de vivir en soledad, una mañana me miré al espejo, y no me vi… En mi lugar vi otro rostro que no era el mío, la espera se había encarnado en mí, había usurpado mi ser. Esa impostora se veía llena de arrugas, me miraba con sus ojos nublados de anciana, y sonreía ante mi cara de espanto... No sé cómo no me desmayé, ni qué me llevó a hacer lo que hice. 


Respiré profundamente, me apoyé en el lavamanos y estremecida por un profundo temblor de todo el cuerpo me vi dándole un beso al espejo. Un beso como hacía tiempo no le daba a nadie. Cuando aparté el rostro de su boca fría, vi con asombro cómo la espera levantaba suavemente la comisura de sus labios, giraba lentamente y, dándome la espalda, se marchaba con su lumbalgia y su cefalea, con su diabetes, sus achaques de la vista y sus temores... Se iba caminando espejo adentro, volteando apenas para, con su leve sonrisa, decirme adiós.


Me quedé atónita… Bajé la cabeza un poco atontada, y cuando volví la mirada al espejo, estaba conmigo misma, sonriendo. Así que me dediqué a contemplarme a mí misma mientras me duchaba, me peinaba y me maquillaba como hacía tanto que no lo hacía… Después me fui al armario y me puse el vestido fucsia que tanto me gustaba y que no me ponía desde que se marchó Manolo.


Luego me vi salir… Y mientras caminaba bamboleando las caderas por las calles recién encendidas de primavera, me escuché repetir en voz alta una y otra vez:

«Hoy es el único día de la Creación, mañana no lo sé...»

«Hoy es el único día de la Creación, mañana no lo sé...»

«Hoy es el único día de la Creación, mañana no lo sé...»

Y así nos decía la oración de la espera:

«Espera, y ya verás como todo, con el tiempo, se arregla»...

Con el tiempo se deteriora.

La materia, con el tiempo, se hace putrefacción.

Y no es que sea malo, no, pero ya no es lo que era.

Y tantas imágenes de mujeres esperando, que nos han puesto como modelo de referencia a mujeres y hombres... Mujeres que esperan recuperar el afecto perdido; mujeres que esperan que su hombre vuelva de la guerra; mujeres que esperan que su amante ya no les grite o que sea más expresivo, más cariñoso; mujeres que esperan la iniciativa que nunca llega... Mujeres que esperan de sus hijos… de sus nietos… Y en la espera, se dicen a sí mismas: paciencia... paciencia… Pero, vean lo que dice la oración acerca de la espera y la paciencia:

Procuren no confundir la paciencia con la espera.

Si disuelven la espera, la «paz-ciencia» será la posibilidad de vivir en paz;

con ciencia o sin ciencia.

No esperen nada.

Hagan, sientan, vibren, actúen.

Actúen como si fuera el único día de la Creación, sin esperar nada, sin esperar…

esperando que se consiga algo.

Hoy es el único día de la Creación, mañana no lo sé…

Vivan un Dios sin espera. Así lo vivirán en cada instante, no aguardando a ver si hacen méritos. ¿Quién, ÉL o ustedes?

Vivir en el instante culminante, sin la espera.

Sentir la Creación en cada aliento...

Cada inspiración seguida de la espiración…

Cada mirada, cada sonido no espera... no espera...

 

La vida no espera, vive.

 

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