La mujer en el mundo del arte (Julio-06)

 Nuevo Siglo,             

Viejos Problemas.

 

¿Qué significa ser mujer en el mundo del arte?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Adán y Eva”, Tamara de Lempicka (1898-1980)

 

Tras un recorrido por la historia del arte de Occidente, nos encontramos con que la mujer nunca ha estado presente como sujeto activo en el mundo del arte. Su presencia se ha limitado a ser un objeto en manos de una cultura patriarcal que ha utilizado el arte como instrumento para ir configurando una identidad femenina que se ajustase a los roles que a ese sistema patriarcal le interesan en cada momento histórico, para perpetuar la condición de la mujer como objeto sexual al arbitrio del varón.

 

LA OBRA DE ARTE NO ES UN PRODUCTO DESPROVISTO DE CARGA IDEOLÓGICA

La obra de arte no es un producto inocente desprovisto de carga ideológica, sino que, por el contrario, responde a los discursos dominantes de la sociedad en la que fue creada.

La representación de la mujer en el mundo del arte es tarea de los artistas varones, que determinan los ideales de belleza y comportamiento para cada época. Ningún artista es independiente de los usos y costumbres económicos, sociales, religiosos y culturales, dentro de los cuales se produce el arte.

A lo largo de la historia el arte ha servido para darle forma a esa proyección de los deseos del varón, para imponer roles determinados a mujeres y hombres, e ideales de lo masculino y lo femenino. Y por ser ésta una disciplina practicada y criticada por el varón –como sujeto activo–, hoy en día nos encontramos con la enorme dificultad de poder conocer nuestra genealogía como mujeres, y poder aprehender de ella herramientas para producir nuestras propias imágenes. Considerando que los artistas se nutren del trabajo de otros artistas, y considerando que es casi inexistente la obra de artistas mujeres, en los libros de historia del arte así como en las cátedras de las universidades –debido a que la cultura patriarcal se ha encargado de borrarlas de la historia– , las mujeres no han podido referenciarse en las obras de las mujeres artistas que las precedieron. La gran dificultad de acceder a una educación artística que nos permita conocer la historia del arte hecho por mujeres, hace que, como decía Sheila Rowbotham: “Las mujeres nos conocemos a nosotras mismas a través de mujeres hechas por los hombres”.

 

HASTA ÉPOCAS RECIENTES, A LA MUJER NO SE LE HA PERMITIDO FIRMAR SUS OBRAS.

Hasta épocas recientes de nuestra historia a la mujer no se le permitía firmar sus obras ni cobrar por ellas, por lo que, salvo excepciones, en la mayoría de los casos trabajaban en talleres familiares, a la sombra de artistas varones –maridos, padres, hermanos, etc.– que eran los que firmaban las obras. Y así han llegado muchas de sus obras, hasta nuestros días. Y así se ha ido conformado una historia que ha obviado la presencia de la mujer creadora, que para la cultura patriarcal ha sido siempre una anomalía incómoda.

Fondos del Museo del Prado: 7.623 cuadros, 6.240 dibujos, 2.100 grabados.

Obras de mujeres: 12. De éstas una está expuesta.

Hemos tomado este ejemplo del campo de la pintura, pero en cualquier disciplina artística podríamos ver que  la mujer ha corrido la misma suerte.

 

LAS MUJERES CREADORAS HAN SIDO SISTEMÁTICAMENTE BORRADAS DE LA HISTORIA.

Esta escandalosa ausencia de mujeres creadoras a lo largo de la historia despierta el interés de grupos de mujeres en Francia, Italia y EEUU, que emprenden investigaciones para ver si es realmente cierta esa ausencia de mujeres artistas a lo largo de la historia.

Gracias a estos estudios salen a la luz un ingente número de mujeres creadoras que, sistemática y deliberadamente, a lo largo de todos los tiempos habían sido borradas de la historia.

Grandes creadoras, de la talla de sus contemporáneos masculinos –que sí han llegado hasta nuestros días como los “grandes genios del arte”–, que su trascendencia duró lo que duraron sus vidas, y que en el momento en que mueren, desaparecen de la historia.

Poco a poco se va desenmascarando la historia, y empieza a cuestionarse la autoría de ciertas obras que han llegado hasta nuestros días firmadas por los “grandes genios masculinos”.

Durante la Edad Media y el Renacimiento, el convento o el celibato eran los únicos recursos con los que contaban las mujeres que querían desarrollarse intelectualmente o dedicarse a tareas artísticas, sin ser consideradas prostitutas o locas.

Pues como decía Fray Luís de León –ilustre poeta renacentista–, “La mujer, flaca y deleznable, más que ningún otro animal, debe mantenerse sometida y callada; pues así como a la mujer buena y honesta, la naturaleza no la hizo para el estudio de las ciencias ni para los negocios de dificultades, sino para un solo oficio simple y doméstico, así les limitó el entender; y por consiguiente les tasó las palabras y las razones”.

Y si acaso caemos en la tentación de pensar que “esos eran otros tiempos”, podemos acercarnos a momentos más recientes de nuestra historia. Ya en el siglo XX, en el seno de las vanguardias europeas, las mujeres artistas tenían que seguir enfrentándose a la idea, defendida por sus colegas masculinos, de que “sólo los hombres tienen alas para el arte”. Y el mayor elogio que le podían hacer a una mujer era decirle que su obra era tan buena que no podía saberse que era de una mujer.

Muchas mujeres se han visto obligadas a firmar sus obras con seudónimos masculinos, o firmar con las iniciales de su nombre, para no ser reconocidas como mujeres y rechazadas por ello; pues el arte femenino ha sido considerado siempre como un arte de segunda clase. Y al tiempo que se exaltaban en el artista varón cualidades femeninas como intuición, imaginación, emoción, espontaneidad, se proclamaba con rotundidad que las mujeres no podían, o no debían dedicarse a la creación artística. Lo femenino sólo adquiere sentido peyorativo cuando se aplica a las mujeres. En el caso de los genios varones, las cualidades femeninas se transforman en virtud.

A LAS MUJERES SE LES HA PROHIBIDO EL ACCESO A LAS ESCUELAS OFICIALES DE ARTE.

Prácticamente hasta principios del siglo XX a las mujeres les estuvo vedado el acceso a las escuelas oficiales de arte; con lo que esto suponía de merma en su formación artística, y que las obligaba a organizarse entre sí costeándose escuelas privadas sólo para mujeres, con lo que se perpetuaba su marginalidad. En la mayoría de los casos, su esfera de trabajo era el ámbito domestico, y su formación artística, su intuición.

La ideología, todavía dominante, sobre lo que significa ser mujer, está basada en interpretar como derivados de una naturaleza “hipotéticamente femenina” los roles y funciones que deben asumir las mujeres. Si se une a la permanencia en el campo del arte, de una ideología carismática que, a la vez que niega la incidencia del sexo en la obtención de reconocimiento artístico, ensalza la figura del artista y concibe, implícitamente, el “genio creador” como un atributo masculino (Battersby, 1989), son los factores que, en este nuevo siglo, siguen incidiendo en la minorización social de las mujeres artistas y de sus obras; a pesar de que, en la actualidad, el 50% de los alumnos de las escuelas de bellas artes sean mujeres.

 

UN NUEVO SIGLO EN EL QUE LAS MUJERES, ARTISTAS O NO, ESTAMOS AÚN LEJOS DE ALCANZAR LA IGUALDAD REAL, Y EN EL QUE LA IDEOLOGÍA VANGUARDISTA SIGUE MARGINANDO A LA MUJER ARTISTA.

La historia y la crítica del arte de este siglo proclamaron que el arte no tenía sexo. Y así es. Pero quien sí lo tiene es quien produce ese tipo de obras que nuestra sociedad puede llegar a considerar como obras de arte.

La ideología sexual que sigue imperando en el campo del arte es una de las más difíciles de desenmascarar, porque todo el conjunto de creencias que la sustentan van encaminadas a ocultar los procesos reales de marginación y las contradicciones que hay en su seno.

 

Museo de Arte Contemporáneo, Reina Sofía (Madrid): el fondo del museo lo componen ciento cuarenta artistas, de los que doce son mujeres.

ARCO (Feria Internacional de Arte Contemporáneo, Madrid): de los artistas participantes son mujeres el 5% –tanto de España como de Alemania, Francia y EEUU–.

“Madre y bebé”, Paula Modersohn (1907)

En el momento actual y con la posibilidad de tener una perspectiva histórica a cerca de la evolución del arte, y del papel que la mujer ha venido desempeñado a lo largo de la historia, hemos de plantearnos cuestiones como:

¿Es posible la libre expresión de la creatividad femenina bajo el sistema de opresión y explotación al que se ha visto y se ve sometida la mujer la mujer por parte del varón?

¿Qué arte queremos hacer las mujeres?

¿Qué queremos, o qué necesitamos comunicar las mujeres?

¿Cómo queremos representarnos?

¿Qué importancia queremos asignarle a la mirada masculina en nuestra propia representación?

¿Es, realmente, el arte lo que nos han contado –privilegio de unos pocos, los artistas–, o es una necesidad del ser humano, para vivir armónicamente en esta matriz de arte que es el universo?

Cuando la obra de arte no tiene como objetivo la búsqueda de la belleza, el arte se convierte en espejo del deterioro de la humanidad

 

LA HISTORIA SE REPITE, Y EL ARTE VUELVE A TOCAR TECHO.

Como ya ocurrió a principios del siglo XX, el arte vuelve a tocar techo. En aquel momento  las vanguardias europeas tuvieron que recurrir al “arte-artesanía” de las culturas primitivas de África, Oceanía, Asia, o América, para poder sacar al arte de la vieja Europa, del impás en el que se encontraba. Artistas como Picasso, Matisse, Miró, Brancusi, Giacometti …, miraron todos hacia el arte tribal y en él basaron sus revoluciones

En el momento actual, en el que el arte ha dejado de buscar la belleza y se ha sumado al deterioro que la humanidad, como especie, está viviendo, y que la está llevando a su autodestrucción, creemos que es a la mujer, como principio femenino, a quien le corresponde plantear alternativas que permitan dar ese salto que el arte necesita para recuperar su esencia liberadora, como vehículo de expresión de la belleza.

Si el ser humano deja de buscar la belleza, se muere; la vida pierde su sentido.

El principio femenino se define como “custodia de la belleza”. El papel que la mujer tiene en el universo es ser custodia de la belleza.

La belleza, humanamente, como muchas otras cosas, se fue contaminando de valores masculinos. En una cultura patriarcal, lo masculino ha impuesto sus criterios en todo: en lo económico, en lo político, en lo religioso, en lo social. Y la belleza, como es lógico, no ha sido una excepción.

Cuando el varón comenzó a establecer sus criterios de belleza, ésta quedó supeditada a la ornamentación, a lo superfluo, a conseguir un logro, un beneficio y una renta, ligados a una idea de poder; perdiendo su verdadero sentido.

El arte en manos del varón, e imbuido de valores masculinos, ha sido utilizado para conformar una sociedad violenta, cruel, de hambrunas y guerras.

Creemos que es necesario que la mujer se haga presente en el mundo del arte, como sujeto activo, como mujer, como principio femenino; portadora de unos valores que emanan de su propia naturaleza, de su cuerpo de mujer: acoger, custodiar, albergar, y ser receptáculo de la vida. Que su obra, impregnada de estos principios, sea expresión de una espiritualidad femenina; no de una espiritualidad que, a lo largo de siglos de historia, el varón ha ido configurando para ella.

Para encontrar esa libre expresión de la creatividad femenina tenemos que remontarnos al periodo Neolítico, a las sociedades matrilineales. Época en la que la mujer no dependía del varón para su subsistencia, ni la de su prole; y era ella la depositaria de la cultura y la encargada de transmitirla a su descendencia.

Estas obras de arte femeninas de la prehistoria demuestran cuales fueron las más arcaicas profesiones que ejercieron las mujeres –antes de que la instauración del patriarcado, a principios de la Edad de Bronce, las relegara al papel exclusivo de madres–, y evidencian que fueron mujeres las primeras escultoras, las primeras alfareras, las primeras pintoras, las primeras poetisas.

Cuando el patriarcado se impone, los varones se apropian y se benefician de los logros femeninos, creando una cultura “superior” a costa de explotar y esclavizar a la mujer.

No es nuestra intención reivindicar la vuelta al Neolítico, pero sí creemos que puede que haya llegado el momento de dejar de luchar por defender la igualdad con el varón, y empezar a reivindicar la diferencia. Dejar de hacer un arte sustentado en planteamientos y valores masculinos, que nos lleva a perpetuar los mismos errores y horrores que, durante siglos, han venido azotando a la humanidad.

Para mantener esa pequeña parcela, que el varón ha tenido a bien otorgarnos, en el campo del arte, las mujeres nos hemos ido identificando con los valores masculinos –agresividad, competitividad, violencia– y los hemos hecho nuestros. De este modo, vamos todos a la deriva en una nave -la humanidad- que se hunde.

Siendo conscientes de la enorme fuerza que el arte tiene, como elemento configurador de valores y comportamientos sociales y culturales, dejamos en el aire una pregunta para la reflexión:

¿Qué tipo de sociedad tendríamos hoy si al arte no se le hubiera privado de nutrirse de esos valores femeninos?

Pues como bien decía Bachofen; “La fraternidad, la paz, la armonía y el bienestar de aquellas sociedades del llamado Neolítico, en la vieja Europa, procedían de los cuerpos maternos, de lo maternal, del mundo de las madres. No de una religión de las Diosas ni de una organización política o social matriarcal, sino de los cuerpos maternos”.

 

Lo femenino no lucha por la vida; vive y custodia la vida. Los esquemas de varón han sido los que han hecho de la vida una lucha. ¿Por qué hay que luchar por la vida, si la vida se da?

Un acto de belleza, por pequeño que sea, puede diluir el mayor de los horrores.

Que donde haya una mujer haya un instante de belleza que pueda diluir los errores y horrores que todos juntos, hombres y mujeres, hemos ido creando.   

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