La Trampa de la Edad (Octubre)

Cuándo comenzamos a ser conscientes de la edad como paso del tiempo es un misterio. El hecho mismo de asociar la idea de edad a la experiencia de la vida resulta, en sí misma, una paradoja que muy probablemente fue derivada de la complicada manera de relacionar datos, en un cerebro humano que se ha convertido, con el desarrollo del conocimiento, en un computador racional fácilmente dirigido.

Aún sin saber muy bien desde cuándo o por qué se ha construido esa idea de edad para delimitar nuestra permanencia en el planeta, es evidente pensar que antes de ello, se tuvo que imaginar que lo que pasaba entre un suceso y otro era tiempo, y luego hubo de establecerse un modo de medir ese tiempo… Así, para poder llegar a instaurar que tengo 50 años de edad, necesito determinar, primero, qué es un año, y luego asociar ese concepto de año con la edad. Y eso no vendría sino allá por el año 1633, en la Edad Media alta, en la que se describió la elíptica de la Tierra alrededor del Sol por Galileo.

Y fíjense qué asunto más escalofriantemente sutil. De un concepto meramente científico y de observación, hemos pasado a considerar esa edad como una entidad consustancial e imperativa de nuestra propia realidad. Y hablamos de la edad de la niñez, la de la juventud, la de la madurez y, cómo no, la terrible y decrépita edad de la vejez… Claro, en estos casos, edad no se refiere a un año en concreto, sino a un lapso de años en los cuales concurren una serie de características que definen dicha edad.   

Y si vamos más al detalle, todavía encontramos una pincelada mucho más sutil, porque esos lapsos de tiempo llamados “edades de la vida” no transcurren igual si eres hombre o si eres mujer. Por tanto, podríamos también concluir que con el desarrollo del conocimiento humano racional, hemos llegado a la idea de que la edad tiene sexo, o dicho de otro modo, el sexo condiciona la edad… ¿Esto es así, o acaso ocurre lo contrario, que la edad condiciona al sexo que la tiene?

Estas parecen preguntas un tanto bobas, porque seguramente la mayoría de la gente sabe que la vida transcurre por una serie de edades, y en esas edades se van desarrollando aspectos diferentes y propios de ellas. Si lo comparamos con las edades de la prehistoria, por ejemplo, pues vemos que se distingue la edad de piedra, la edad de hierro, la edad de bronce, y en cada una de ellas el desarrollo humano adquiere una dimensión distinta, pero muy necesaria evolutivamente hablando.

Esto, que es de obvia aplicación para la especie, luego, a la hora de aplicarlo a los seres humanos como particularidades, la cosa no se ajusta tan evidentemente. Lo que vemos, grosso modo, es que la edad no tiene la misma significancia para los hombres que para las mujeres. Como si hubiese un año para lo masculino y otro para lo femenino, y ambos no tuviesen el mismo número de meses. Como si el año femenino fuese más catastrófico en su consecución.

Porque cuando se piensa en una mujer de 60 años, se perciben cosas diferentes, como cualidades propias de la edad, que si esos 60 años los cumple el hombre. Esto no está sacado de contexto, no tienen nada más que echar un vistazo a publicaciones y ver que hombres sesentones e incluso setentones pasean de manera normal, e incluso muy bien vista, luciendo a su lado criaturas femeninas de poco más de veinte y pico… El caso inverso, de mujeres setentonas con jovencitos priápicos, no se ve con tanta benevolencia…

Como especie debemos reflexionar sobre este asunto, porque esta incongruencia de edades masculinas y femeninas lleva asociado algo más que tiene una repercusión y una profundidad, que habla de cómo está nuestra humanidad. De entrada, nos habla de dos puntos de vista separados entre sí, porque mientras la edad es un prestigio que beneficia enormemente al hombre, para la mujer es el castigo por excelencia. Por tanto, difícilmente podrá haber una confluencia entre ambos seres de humanidad, ya que la edad va a ir marcando una distancia que se va a hacer mayor cuanta más edad se tenga.

Si nuestra realidad evolutiva como especie es ir juntos por esa evolución, nos damos cuenta de que lo estamos haciendo fatal, porque nos hemos ido hacia el camino contrario, hacia la separación y no hacia la confluencia. Hombres y mujeres estamos evolucionando por separado, dirigidos por un mundo donde el pensamiento que rige y gobierna la vida dice que lo que para unos es maravilloso, para las otras es horroroso… Así es imposible poderse encontrar mínimamente. No olvidemos que nuestra realidad está inmersa en el concepto tiempo y que este, de momento, nos resulta inevitable en la vida.

Y ya que estamos inmersos en esa realidad temporal, observemos dónde está el nudo gordiano que genera esta situación anti-evolutiva. El criterio que rige la diferencia entre la edad de una mujer y la de un hombre es, desde una visión general, meramente de carácter reproductivo. La biología parece comportarse de modo diferente, procreativamente hablando, en los hombres que en las mujeres. Mientras los primeros pueden procrearse, no exactamente, toda su vida, las segundas tienen muy marcado el tiempo exacto de actividad procreativa, que es el tiempo en el que menstrúan.

Este hecho que, en sí mismo, no tiene mayor importancia más que el conocimiento de unos datos, supone, por ese proceso mental que ha hecho el patriarcado social y biológico en el que se vive, que dada la trascendencia de la reproducción para la especie, el valor de cada individuo haya quedado restringido a su capacidad reproductiva… Por tanto, se puede comprender que el valor del hombre y de la mujer, para la especie, no sea el mismo. Y que el valor de la mujer quede circunscrito a su etapa reproductiva -edad fértil- y que se consideren prioritariamente deseables, tanto para los hombres como para las mujeres, las cualidades y manifestaciones de esa edad menstrual.

Visto así, resulta una verdadera locura a todos los niveles, pero sobre todo para la relación entre los distintos sexos de la especie, porque inevitablemente es una relación de desigualdad, donde cada parte va a imponer o va a buscar desesperadamente tener esas características de la edad fértil de la mujer, tenga la edad que tenga esta, puesto que eso le proporciona un valor para la sociedad…, cosa que no se da así en el hombre porque este se supone que siempre lo es. Por eso es muy fácil ver la imagen de una niña de 14 años que parece que tenga 20 o una de 60 que parece que tenga los mismos 20 años… Hoy en día, en muchos casos, las madres y las hijas, físicamente hablando, no pueden distinguirse.

El desarrollo evolutivo de este modo de concebir la edad ya sabemos a donde nos ha traído: a un mundo de prostitución, de violaciones, de creación de una imagen de mujer como objeto sexual… y, en contrapartida, también a un mundo de madres y esposas abnegadas para el hombre y los hijos… A una realidad en la que a la mujer no le ha sido posible evolucionar según su condición natural, sino que lo ha hecho desde el criterio de ser una entidad meramente reproductiva y sexual…

A su vez, el hombre se ha desarrollado en función de ese criterio, en el que se le hace creer que es más importante, más capaz, más poderoso, y ha generado un sistema de relación y de evolución en base a ese dominio y sometimiento hacia el otro sexo. Pero esa tampoco es su verdadera naturaleza, la cual viene dada por su origen. La ciencia nos dice que el Y cromosómico fue desarrollado a partir de un femenino de vida, que necesitaba sus servicios para permanecer ante unas circunstancias adversas.

Hay que partir de la aceptación de la existencia de esta trampa de la edad, que supone un retroceso y un deterioro, directo y enorme sobre la mujer, pero también sobre el hombre. Y la consecuencia no solo es el deterioro de los dos sexos, sino que -y esto es lo más grave- tiene una repercusión directa y profunda en el deterioro como especie.

Si entendemos que las distintas edades de la prehistoria eran diferentes y necesarias para llegar a la historia y de ahí a la edad contemporánea, debemos entender que, del mismo modo, es necesario rescatar las cualidades propias de cada edad del hombre y de la mujer, y desarrollarlas en su plenitud, sin condicionarlas a una sola etapa -la fértil-, para poder dar un cambio, un salto evolutivo como especie sexuada, y convertirnos en una entidad viable y posible para la vida.

Por otra parte, la necesidad procreativa de la especie, hoy en día, no justifica mantener ese modelo evolutivo basado en la fertilidad. Somos ya más de 7 mil millones de individuos, número suficiente como para que la especie no peligre por esa causa. Así que, parece que estamos en un momento histórico de nuestras vidas. Tal vez hay que marcar una nueva edad de la humanidad, que tenga en cuenta las posibilidades y características de una experiencia que vaya acorde con otros criterios.

Algunos de los que pasamos de los 50, tal vez los rebeldes, sabemos que no es cierto que nuestra vida a esta edad no tenga valor, y sabemos que nuestra experiencia afectiva y sexual puede alcanzar unas dimensiones que están en el plano de generar consciencia. Por tanto, hay que empezar a derribar con sabiduría y bondad el mito de la edad. Los que nos consideramos algo más que un cuerpo utilizable, buscamos la belleza de la conjunción, la experiencia de la comunión y la singularidad de la fusión que nos lleve a fundirnos con un Todo que no tiene edad… y, de tenerla, no se llama fertilidad sino Eternidad.

 

ACCESO

RED INSPIRACIÓN

ESCUELA NEIJING

CONTACTO

 

 

COMUNICACIONESTIAN

 

TIANTV