La Trampa de la Paridad o de las Cuotas (Abril)

Dentro de la investigación que empezamos a relatarles el mes pasado, hoy le toca el turno a un tema candente y complicado: la paridad, que se aplica fundamentalmente en la política y en la empresa. En política hay leyes al respecto, y también se quieren ir imponiendo en el mundo empresarial.

 

Antes de analizarlo, veamos de qué se trata. La ley de cuotas, en España, está promulgada en política desde el año 2007, y define una actitud de discriminación positiva, obligando a que, al menos, un 40% de los candidatos electorales sea de cada uno de los sexos, es decir, no menos de un 40% y no más de un 60% de cada sexo. En el mundo laboral, España no obliga a las empresas a tener a mujeres en puestos directivos, solo lo recomienda.

 

En el resto de Europa, el número de mujeres en puestos laborales de dirección es mucho mayor que en España, estando a la cabeza Noruega, Eslovenia, Bulgaria, Finlandia, Francia, Holanda, Suecia (en la mayoría de estos países, existe la ley de cuotas en las empresas). En particular en Noruega, al menos un 20% de los puestos de consejos de administración y ejecutivos, son mujeres. En el resto del mundo las cifras varían, llegando a mínimos en Japón, donde las mujeres ocupan solo de un 2 a un 2,3% de los cargos ejecutivos.

 

Los estudios actuales confirman que aquellas empresas que tienen un mayor porcentaje de presencia femenina en puestos directivos, son al menos un 15% más rentables que las que no los tienen… Pero esto parece que no es suficiente, porque a pesar de que el 60% de los titulados universitarios europeos son mujeres, las deficiencias en materia de igualdad persisten. La presencia femenina tiende a limitarse a los cargos menos influyentes y con menos posibilidades de ascender.

 

No tenemos nada en contra de la paridad, al contrario, nos parece imprescindible y necesaria. Lo que nos llama la atención es la forma en que queremos conseguirla: a través de una ley de discriminación positiva… La discriminación es discriminación, sea positiva o negativa. El hecho de que nos tengan que ‘ayudar’, por medio de leyes, a conseguir un puesto directivo o un puesto en una lista electoral, ya nos sitúa en una posición de inferioridad, puesto que si no fuéramos inferiores, no necesitaríamos esa ayuda legal. Primera reflexión.

Por otro lado, el hecho de que queramos conseguirlo imponiendo una ley, es una forma de hacer masculina.

 

Hasta ahora había una ley no escrita que imponía que tanto los políticos como los directivos fueran varones… ¿Vamos a hacer lo mismo, imponer, por una ley, que ahora la mitad sean mujeres?

Estamos adoptando un lenguaje de guerra y de imposición, un lenguaje de leyes, de lucha, de competitividad…

Justo estamos utilizando unas formas de hacer que son las que nos han llevado a la situación actual.

Si así lo hacemos, el cambio va a ser difícil, porque en este terreno los que tienen las de ganar son los que han creado esas normas, esas leyes, esas imposiciones…

No olvidemos que incluso en los países en los que se ha conseguido que la mujer esté más representada en altos cargos, sus salarios siguen siendo de un 20 a un 30% inferiores a los de los varones con los mismos cargos… Van a trabajar lo mismo o más que el varón, pero su remuneración no va a ser igual. ¡Vaya logro!

 

Como tercera reflexión, ¿no creen que todos los cargos deberían ser ocupados por la persona mejor preparada, por la más idónea para cumplir esa función, ya sea hombre o mujer?

 

Nosotras queremos participar en la vida política y laboral, por supuesto, pero por méritos propios, no porque haya una ley que diga que tenemos que ser tantos o cuantos.

Nosotras queremos que se reconozca nuestra capacidad, nuestra valía, nuestros aportes, pero no por imposición sino por evidencias.

 

Inevitablemente, dada nuestra historia, esto nos lleva a tener que estar más formadas, a tener que trabajar de forma más pulcra, más y mejor… Somos totalmente capaces de ello.

 

¡No nos den la libertad!, nosotras somos las que tenemos que cogerla, porque si nos la dan, nos darán la libertad al estilo masculino, y esa no nos sirve en nuestra identificación.

 

¡No nos den un puesto por ser mujer!, vamos a ganarlo por nuestras capacitaciones. Si nos dan ese puesto, nos van a exigir que en él nos comportemos como un varón, ¡y no somos varones! Déjennos hacer de manera femenina, que es lo que también necesitan los varones.

 

Quizás, en lugar de tratar de imponer la ley de cuotas, deberíamos trabajar para que el modus operandi de la sociedad no se limitara al modelo actual -al que llamamos “masculino”, aunque el masculino es mucho más-, sino que fuera incorporando un modelo femenino, no en lucha o en competencia con el masculino sino en complementariedad.

 

No hay una forma buena y una mala de ver las cosas sino visiones diferentes. Si cada uno aportamos la nuestra y somos receptivos a la otra, la visión resultante se va a ampliar y a enriquecer enormemente. Igualmente no hay una forma mejor o peor de hacer política o gestionar una empresa, hay necesidad de que se contemplen las visiones complementarias masculinas y femeninas.

 

¡Todos saldríamos ganando!

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