La Trampa de los Micromachismos (Septiembre)

Quién les iba a decir a las sufragistas inglesas que, un día, una mujer accedería a la candidatura del Partido Demócrata estadounidense y que competiría por la presidencia del Imperio… mundial.

 

Quién le iba a decir a la primera mujer en acceder a la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas española, en 1943, que un día una mujer ocuparía la presidencia del Fondo Monetario Internacional.

 

Quién le iba a decir a Rosa Parks que, un día, sería políticamente correcto hablar de ‘empoderamiento’ femenino.

 

Quién les iba a decir a las mujeres muertas en las fábricas textiles estadounidenses que, un día, las mujeres estarían en los hospitales, en las universidades, en los juzgados, en los ministerios y en todos los ámbitos sociales.

 

¡Quién les iba a decir a todas ellas que, un día, el tema ‘mujer’ estaría de moda!

 

Ese día llegó. Y no ha pasado tanto tiempo desde entonces. El papel de la mujer ha cambiado de la noche a la mañana en apenas un siglo.

 

Piénselo despacio… ¿Qué es un siglo comparado con miles de años de patriarcado? Los cambios sociales que se han vivido en el último siglo se han desarrollado a una velocidad exponencial, y las políticas de igualdad, así como el discurso social en torno al rol femenino, han experimentado un cambio sin precedentes en los últimos cincuenta años. Eso ha implicado un reposicionamiento -casi obligado- de los varones. Hoy, en los llamados países ‘desarrollados’ está socialmente mal considerado el varón machista, el que utiliza un discurso claramente discriminatorio hacia la mujer, o que genera actitudes de

violencia evidente.

 

Sin embargo, los cambios del tejido tradicional y cultural de un pueblo no se desarrollan a la misma velocidad que sus trasformaciones sociales. Habitualmente, estas concepciones tradicionales, arraigadas de generación en generación durante milenios, tardan mucho más tiempo en transformarse. Todavía en hombres y en mujeres hay un trasfondo cultural machista, aunque larvado y suavizado bajo una capa de progresismo.

Así, nos encontramos en una sociedad ciertamente disociada entre su imagen exterior y la herencia ancestral e histórica que carga. Nos topamos aquí, de bruces, con los llamados “micromachismos”. Esas “sutiles e imperceptibles maniobras y estrategias de ejercicio del poder de dominio masculino en lo cotidiano, que atentan en diversos grados contra la autonomía femenina. Hábiles artes, trucos, tretas y manipulaciones con los que los varones intentan imponer a las mujeres sus propias razones, deseos e intereses en la vida cotidiana”, y que resultan especialmente invisibles y ocultos a las mujeres que los padecen.

 

El término “micromachismos” -que bien podría pertenecer al ámbito de la nanotecnología- fue designado en 1990 por Luis Bonino, terapeuta argentino, y director del Centro de Estudios de la Condición Masculina, en Madrid. Con ello, trata de describir ese machismo que, por su menor intensidad, no mata y pasa desapercibido, es cotidiano y, por lo tanto, aceptado. El problema radica en que es diario y perpetúa el gran machismo; está en la socialización de hombres y mujeres,  y es imperceptible. De ahí su perversidad.

En su trabajo, Luis Bonino[1] ha clasificado estas actitudes larvadas en cuatro grupos principales. Según sus propias palabras:

 

-Los micromachismos utilitarios, que fuerzan la disponibilidad femenina usufructuando y aprovechándose de diversos aspectos “domésticos y cuidadores” del comportamiento femenino tradicional, para aprovecharse de ellos. Se realizan especialmente en el ámbito de las responsabilidades domésticas.

 

-Los micromachismos encubiertos, que abusan de la confianza y credibilidad femenina ocultando su objetivo.

 

-Los micromachismos de crisis, que fuerzan la permanencia en el statu quo desigualitario cuando este se desequilibra, ya sea por aumento del poder personal de la mujer, o por disminución del poder del varón.

 

-Los micromachismos coercitivos, que sirven para retener poder a través de utilizar la fuerza psicológica o moral masculina. Todos, a su modo, buscan disminuir la libertad de elegir y decidir femenina1.

 

Actitudes, sin duda, asumidas por todas y todos, como el silencio masculino o la distancia emocional para evitar resolver situaciones de conflicto conyugal, que resultan especialmente ‘indenunciables’, por la asunción de que forman parte de la condición masculina. Actitudes que son ejercidas por varones que jamás serían considerados por su entorno -ni por sí mismos- como varones dominantes o machistas.

 

Probablemente, la mayoría de estos mecanismos sean inconscientes y formen parte de la educación del varón en su proceso de ‘hacerse hombre’, pero algunos de ellos quizá sean claramente conscientes.

 

En un ejercicio de sinceridad, las mujeres podemos decir que somos plenamente conscientes cuando usamos la estrategia de nuestra sexualidad para conseguir algo. Del mismo modo, no es tan difícil pensar que los varones también son conscientes de algunas de sus ‘micro’ estrategias manipuladoras. Sin embargo, lo más peligroso está en los mecanismos inconscientes, pues son los más arraigados, los más asumidos y los más invisibles. Están entretejidos en la manera en que el varón ha aprendido a relacionarse con la mujer, y son percibidos, por él, como el modo natural de ser.

 

De lo que nadie habla, en este ámbito, es de la posible participación de la mujer en el mantenimiento de estas actitudes larvadas y sostenidas. A ellos, a los varones, les corresponde la responsabilidad de reflexionar, descubrir y desactivar los ‘microchips’ que les llevan a estos comportamientos. A nosotras nos corresponde la responsabilidad no solo de identificarlos, sino de atrevernos a vivir sin ellos.

 

Nos explicamos: ser educada en una cultura masculina ha implicado -para la gran mayoría de mujeres- asumir que, en cierta medida, el varón un poco dominante es más atractivo, y que su ‘pequeña o gran’ dominancia es un signo de amor. El hecho de confundir amor con protección, o dependencia con afecto, forma parte del diario vivir de muchas de nosotras.

 

En esa posición, tenemos que reconocer también que es más cómodo seguir como estamos, sin tener que atrevernos a disolver el micromachismo que nos envuelve. Ya lo dice el refrán popular: “Más vale lo malo conocido, que lo bueno por conocer”. En ‘lo malo conocido’ nos sentimos más seguras, al fin y al cabo sabemos cómo funcionan las reglas del juego y sabemos que, al final, no es sino ceder para tener la fiesta en paz. En ‘lo bueno por conocer’ hay que invertir grandes dosis de imaginación para replantear nuevas posiciones que, sin buscar el combate, la lucha o el distanciamiento, nos proyecten a nuevas perspectivas de relación, de convivencia y… en última instancia… de Amor.

 

Si vivimos en una sociedad disociada entre su evolución social y su evolución tradicional, habrá que ponerle energía y empeño a modificar esa capa profunda de condicionamientos culturales. Sin renunciar al cambio social, creemos que ahora es tiempo de buscar en el interior, de bucear en los ancestrales condicionamientos que nos impulsan a mantener, entre las especies masculina y femenina, una relación de hegemonía y desequilibrio, y empezar a sanarlos.

 

Gioconda Belli describe con maestría esa tendencia femenina a perpetuar la dominación masculina, cuando en su novela “El País de las Mujeres” apunta: “… la inseguridad que convertía en compulsión la tendencia a ceder ante la autoridad masculina parecía estar impresa en la psiquis femenina, como el alcoholismo en los hijos de los alcohólicos”.

 

Atreviéndonos a utilizar esta licencia literaria, bien podríamos decir que somos hijas de generaciones y generaciones de “male-alcoholism”; somos hijas, nietas, biznietas de mujeres ‘male-alcohólicas’. ¡Es ya una cuestión genética! Precisamente, por ser una cuestión ubicada en esa profundidad ancestral, no es solo necesario tomar consciencia, sino actuar en las estancias que nos puedan ayudar a purificar esa carga hereditaria.

 

La energética siempre viene a nuestro auxilio, y nos da posibilidades de actuar en los diferentes niveles del ser humano.

 

Según la Tradición Oriental, la Energía Hereditaria con la información de nuestros ancestros circula, fundamentalmente, por el canal energético Rèn Mài. El trabajo sobre este Canal, que bien puede realizarse a modo de Qì Gōng, con la intención de purificar esa tendencia compulsiva a asumir la dominación masculina, creemos que puede ser de gran utilidad para que las mujeres nos atrevamos a descubrir y desengancharnos de esos micromachismos.

 

Del mismo modo, el trabajo energético sobre el Canal de Maestro de Corazón podrá ser de gran utilidad para los varones, para ayudarles a desactivar esos ‘microchips’, esos ‘micromachismos’ con los que están habituados a ejercitarse.

 

De este modo, tanto unos como otras, dejaremos de ser herederos de una adicción letal: la adicción a la dominación. Y que así, el remedio no sea renunciar a beber las unas de los otros y viceversa, sino que podamos embriagarnos de los elixires del amor… sin temor a las consecuencias.Porque el AMOR -con mayúsculas- no deja resaca.

 



[1] Luis Bonino (2004)Los Micromachismos. Artículo publicado en Revista La Cibeles Nº2 del Ayuntamiento de Madrid, noviembre 2004.

 

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