La Trampa del Rol (Julio)

Se entiende por rol la función o papel que cumple alguien o algo.

En la naturaleza, apreciamos cómo cada una de las especies, tanto animales como vegetales, cumplen un rol. Estos roles están orientados a preservar la propia especie, a lograr una adaptación óptima con el entorno y a facilitar y promover la evolución.

Nuestra especie -la cual no está exenta de cumplir con estos tres aspectos- se ha organizado igualmente en base a roles desde que aparecieron los primeros grupos humanos. Por las condiciones de vida es lógico pensar que esa organización estuviera encaminada a algo primordial: la supervivencia. Cuando la supervivencia estuvo en juego no surgieron dudas sobre qué debía o no debía hacer cada individuo. Sería claro, sería obvio. Y en ese sentido, ningún rol era mejor que otro. Estábamos aún lejos de que el rol tuviera un rango social.

Con la aparición de la socialización, el surgimiento de la agricultura y el sedentarismo,la razón de ser del rol -sin perder el sentido de supervivencia- se amplió en pro de mantener y salvaguardar la estructura social creada, con sus instituciones legales, religiosas, económicas; y de esta manera surgieron normas y pautas de comportamiento que cada individuo asumiría, porque el no hacerlo implicaría la condena y marginación del grupo.

Los diferentes grupos humanos, convertidos ahora en “grupos sociales”,crearon expectativas específicas sobre cada individuo -hombre o mujer- con el fin de obtener la respuesta adecuada.

De este modo debemos analizar si somos fruto de una identidad propia o somos el fruto de una creación social. Evidentemente, somos ambas a la vez, pero la segunda prevalece con creces sobre la primera, originando en el ser una dicotomía que le lleva a sentirse infeliz, en el mejor de los casos, y en el peor, a enfermar, al no poder dar cauce a sus más íntimas expectativas.

Con el paso del tiempo se crearon sociedades establecidas en criterios cuyos objetivos diferían de la supervivencia, la adaptación óptima y la evolución. El criterio que prevalecía era, fundamentalmente, el económico (para preservar el excedente que permitía la agricultura) y, como consecuencia de ello, surgió la guerra, para defender los territorios “propios” y ampliarlos. En base a todo ello, surgieron las leyes tanto sociales como religiosas. Había que crear sólidos pilares para un entramado piramidal, el cual sigue siendo hoy nuestro modelo social.

¿Y nosotras las mujeres?

Podríamos decir que nuestra función social se redujo a un solo rol: el de ser una buena mujer. “Buena mujer” implica algunas facetas: ser madre, ocuparse de la crianza, ocuparse de las cosas del hogar, y asentir ante cualquier necesidad del grupo para la que fuéramos requeridas.

Hoy en día, con el devenir del progreso (¿progreso?) al ser buena mujer, se le han añadido más facetas. La liberación nos ha amplificado nuestro rol, y si antes teníamos que ser buenas en algunas facetas, ahora tenemos que ser buenas en todo: buenas en el trabajo y buenas en el hogar, buenas en la cama y fuera de ella, buenas en conducir, buenas en guisar, buenas en llegar a todo… Hoy nuestro rol es el de ser una excelente mujer en todo y para todos. No basta con demostrárselo al marido o a los hijos, hay que demostrarlo al jefe, a los compañeros…

No hay que mencionar -porque es de todos ya sabido- el impacto que esto tiene en la salud de la mujer. Ahí están las estadísticas. Tampoco hay que olvidar la culpabilidad -esa vieja compañía de la mujer desde la noche de los tiempos- que se siente si no se cumple con todo.

Nuestra especie ha progresado en cuestiones científicas, pero ha dejado a un lado su desarrollo anímico, emotivo y emocional. Prueba de ello es que aún -después de milenios transcurridos- la manera de solventar los conflictos es con el “palo”, que antes era de madera y ahora tiene forma de misil.

Es por ello que el rol de la mujer -de un modo genérico- sigue siendo el mismo: el pilar de la estructura social, versus familia. Ahora con el aditivo de colaborar enormemente al poder adquisitivo de la misma.

Esto lleva a la mujer actual a una trampa enorme, que consiste en pensar que el estar pendiente de todos y de todo, el asumir responsabilidades ajenas como propias, el ser la superwoman de la casa y del trabajo, le da un sentido a su vida. Obviamente un sentido social, porque el sentido propio no lo ha tenido nunca. Escuchamos muchas veces frases: “Es que si no lo hago yo”… “Es que si no estoy yo pendiente”… “¿Y quién lo va hacer si no?...”

Al no haber existido una evolución humanista, la mujer sigue desarrollando el mismo rol que en las sociedades neolíticas, eso sí, subida a los stilettos[1] y embadurnada de gloss[2].

Tendrá que ser la mujer la que plantee sus nuevos roles. La sociedad necrosada patriarcal no lo va a hacer nunca porque necesita sus chivos expiatorios.

Tendrá que ser la mujer la que deje de considerar que su valor está por encima de los egoísmos de todos, los más cercanos los primeros.

Tendrá que ser la mujer la que se plantee si, una vez que ha cumplido con creces su rol de perpetuar la especie, no es el momento de plantearse una  evolución propia ¡desde sus propias necesidades!

Señoras, el Neolítico ocurrió hace 10 000 años. ¡Pasemos las hojas del calendario! ¡Nadie lo va a hacer por nosotras!

 


[1]Zapatos de tacón alto de aguja.

[2]Brillo de labios que se aplica mediante un aplicador.

ACCESO

RED INSPIRACIÓN

ESCUELA NEIJING

CONTACTO

 

 

COMUNICACIONESTIAN

 

TIANTV