Las Tres Sangres (Mayo-05)

Las tres sangres de América

En la actualidad, en las calles de cualquiera de nuestras ciudades, es fácil ver cómo nuestros ancianos y niños son acompañados por personas procedentes de América Latina. En su mayoría, son  mujeres de pocos o nulos estudios, y sin recursos económicos en sus países de origen. Una Europa que, por el nivel económico que ha alcanzado, no contempla ya la ocupación de «servicio doméstico», y ha cedido lo que considera un trabajo inferior a quien, obviamente, también considera inferior, por aquello de cada oveja con su pareja. Y además, se lo vende como una gran oportunidad. De paso, enriquecen las arcas maltrechas del estado con el pago de las «seguridades sociales».

Hay cosas que parece que nunca acaban y la historia tiene amplios ejemplos. Uno de ellos es éste: nuestra historia con América, y mientras las cosas no cambien -y no llevan otro camino-, estará tildada del sentido de la esclavitud.

Las sociedades latino-americanas, en todos sus aspectos y, por supuesto, en lo referente a la mujer llevan un retraso considerable respecto a Europa. Están más esclavizadas, más manejadas y con unos niveles de violencia ¡punto y aparte! Es el legado de occidente, concretamente de España, la católica.

Pero ahondemos en estos nuevos colonialismos

Hoy día confluyen en América Latina tres sangres:

                        La sangre indígena.

                        La sangre esclava-negra.

                        La sangre europea, fundamentalmente española.

No importa cuál es más antigua. Lo importante es que hay tres temperamentos muy diferentes.

Tanto el indígena como el africano tenían un «vivir colectivo». Era polígamo, artesanal, solidario, tribal, nómada, celoso de lo que le había hecho sobrevivir: dioses, alimentos, construcciones. Desde el punto de vista mental era animista. No obstante, son bien diferentes el negro y el indígena, y de hecho nunca se llevaron bien. El negro siempre se definió como africano, con todas las connotaciones que ello implica, y el indígena era indígena. Tienen cosas en común, pero no es fácil ponerles de acuerdo.

El indígena no fue esclavo del todo por su labilidad, de ahí que comenzara el mercado de negros  para llevar mano de obra a América. Muchos de los cuales se suicidaban en los barcos que les trasportaban desde África.

Con el paso de los siglos, el negro se ha acercado más al occidental que el indígena pues ha convivido más con «el señorito». Hoy día los negros de EEUU no quieren volver a África, los de América Latina, tampoco; quieren tener su coche, su televisor... El indígena (los que quedan) sin embargo quiere vivir en su tribu, en su selva.

En esa mezcla de sangres hay una preponderancia de lo europeo y la negritud; del indígena, cada vez hay menos pues casi están a punto de desaparecer.

En medio de todo ello, lo femenino recuerda el sentido del clan, de tribu, de colectivo, de compartir. También el sentido esclavista por todo lo vivido.

Pero también ha optado por la seducción, la conquista. Ha copiado del occidental esa fuerza que tiene lo femenino de cara al varón. De esa mezcla han salido mujeres diferentes a sus antepasadas, con una mezcla de poder atractivo y de seducción muy fuertes.

Es decir, además de las cualidades anteriores, ahora se le añade esa conciencia del uso de sus recursos ante el hombre.

La seducción y el papel de atracción a través de las habilidades que tiene la mujer lo ha aprendido de alguna manera de occidente, ya que en la cultura negra e indígena, el rol de la mujer en este sentido era mucho más difuso.

 La indígena no tenía conciencia de la fuerza que tenían respecto al varón. Además las compraban para los matrimonios, no habiendo lugar ni al cortejo ni a la seducción. La mujer se dedicaba a unas cosas, el varón a otras. La interacción entre los sexos no era significativa en cuanto a preponderancia. Se tenían funciones.

En occidente se pondrá de manifiesto que hay dos especies, y cada una empieza a descubrir sus recursos. La mujer descubre la fuerza que tiene de cara al control físico-psíquico y espiritual del varón. En Europa, en las monarquías y en las cortes, las mujeres llegaron a tener mucha influencia y eran conscientes de esa capacidad, pero ni la indígena ni la negra eran conscientes de ello porque vivían otro estilo de vida.

Procreadora, seductora, atractiva, compleja en sus reacciones, entre el primitivismo y el sedentarismo, viviendo ahora un «neo-colonialismo» e imitando más al occidental, éste es el status de la mujer sudamericana.

Las características, en cuanto al genoma que tienen unas comunidades y otras, van a condicionar un carácter que gusta al occidental, el cual se siente atraído por esa capacidad seductora y ve prolongado su reinado colonial, observando a la mujer como un nuevo trofeo. No es la mujer europea, fría, seca, distante, poco seductora, poco atractiva, competitiva, autoritaria, con derechos y proyectos (en el fondo es esa mujer que ya se le empieza a escapar de las manos).

Ahora se vive un neocolonialismo en el que apetece una mujer «a la antigua usanza», y ésa la encontramos en Sudamérica. Además sale barato. Sólo es necesario encontrar una de esas tarifas de «tijeretazo», (de las que cuando vas a comprar, siempre se han acabado), porque al llegar allí «los precios» son baratos. Esto a la mujer no le ha aportado sino otra forma de esclavitud.

La mujer que no encuentro aquí, la busco en América, aún la puedo maltratar y no pasa nada (aquí por lo menos sale en titulares).

La mujer latino-americana además de tener rasgos muy matriarcales, en cuanto a descendencia, reproducción, etc,, sigue siendo, hoy por hoy, para el hombre un rol sexual muy fuerte. Lo sexuado genital tiene una fuerza enorme. Sin embargo, en Europa el rol sexual de la mujer ha bajado considerablemente por la evolución que ha tenido la mujer que la ha llevado a posicionarse en un estatus de búsqueda de ella misma, alejándose cada vez más de los roles que la impusieron, entre ellos, el sexual. Descubrió la fuerza que podía ejercer en el varón a través del sexo, y durante siglos lo ejercitó. Ahora su influencia la busca en ella misma, en sus propias capacidades, en sus estudios, etc. La mujer en Europa se empieza a dar a conocer al varón por otros «atributos».

La mujer de América ha cogido las características de sus ancestros y así es: resistente, fuerte, callada, humilde, sometida, pero a la vez ha imitado a la europea en ese rol sexual -que ésta empieza a dejar atrás-, y busca desarrollar todas las capacidades que pueda para ser motivo de atracción para el varón

Evidentemente, por todo ello la van a usar, pero cuando ese contenido erótico que le da tanta fuerza, disminuya por la edad o aparezca en el horizonte de sucesos alguien más joven, ¿cómo incorporar esa vejez al esclavismo, al costumbrismo, al trabajo? Mientras se es bonita y atractiva, maneja bien la situación, pero luego las cosas se le ponen muy difíciles.

Esa fuerza que tiene de cara al varón debería de ahorrarla y emplearla para salir de esas condiciones de vida, que en la mayoría de los casos es «carne sexual», para convertirse en un ser que tiene aportes, ideas, sueños, expectativas.

Debe usar esa energía para restituir su posición ante el varón. Quizás pasarán más de mil años y muchos más, como decía la canción, para que eso termine. Pero hay que ponerlo de manifiesto, porque están enganchados en sus vanidades y sus caprichos. Ese «caprichismo» latino-americano, que se ve tanto en ellas como en ellos. Hay siempre un «coqueteo genital», casi permanente. ¡Pero el mundo es más grande!

Ese primitivismo genital-sexual heredado y exacerbado por el colonialismo es lo que queremos resaltar. Basta recordar que lugares como la República Dominicana está a la cabeza del llamado turismo sexual -que incluye niñas y niños-, y de las terribles cifras de enfermos de SIDA.

La mujer de América debería emplear esa energía para una expresión de otro carácter que les dé una posición ante el clan masculino de persona, no de objeto sexual. Recordemos las telenovelas, de las que son adeptos un tanto por ciento elevadísimo de espectadores.

 

A «nivel social», como la mujer ha estado marginada, sin formación cultural alguna -y un cambio en este sentido no se improvisa de la noche a la mañana-, ha ocurrido lo mismo que en las relaciones entre hombre y mujer:

Como la mujer ha sido considerada objeto, los países también han sido considerados objetos. Objetos para disfrutarlos, para usarlos, saquearlos, y han acabado corrompiéndose; y así están: sin política clara y sin futuro.

A través del comportamiento sexual y humano del hombre y la mujer, se puede ver cómo evoluciona un país, y lo que ahora tienen es la consecuencia del trato que ha tenido el hombre y la mujer, y viceversa (a la mujer no se le pueda excluir de toda responsabilidad).

Se ha acabado con ese paraíso por esa actitud de sacar el máximo placer, la máxima ventaja Han ido lapidando toda la riqueza hasta encontrarse en esta situación actual, cuando deberían de ser países que vivieran en una opulencia exuberante. Y todo ello por ese comportamiento que han tenido los varones con la mujer, y por la escasa respuesta -que era previsible- por parte de la mujer.

Bajo el mismo criterio que el varón ha mirado a la mujer, ha mirado a los bienes: los ha tratado como a mujeres, el oro, el petróleo... abusar, usar, beneficiar, sacar dinero, y cuando son viejas ¡tirarlas!

Y ahora, ¿qué hacemos? Nos peleamos, nos enfrentamos y acabamos entre nosotros. El reflejo de un país no es la mala gestión de un gobernante, es la actitud y la forma de vivir que han tenido los habitantes de ese lugar.

Saqueados estos países, llenos de los mismos males de los que adolecemos en occidente -porque en su día les exportamos un estilo de vida-, vienen a Europa para tratar de mejorar su situación y se encuentran la misma: esclavitud con aires de modernidad. Eso sí, nuestros ancianos toman el sol en las tardes de invierno, y nuestros niños juegan en los parques, por un módico precio al mes. Algunas de nuestras calles se llenan «de color». También por un módico precio, sexo barato (¡para eso son sudamericanas!).

No es la mujer la única que ostenta severos niveles de esclavitud, el hombre también. Pero una vez más, nos llevamos casi todas las papeletas. Y desde luego, en tanto que no desaparezca la última brizna de esclavitud, que como vemos se reviste de muchos trajes, dudamos del desarrollo espiritual de los pueblos. Y sí creemos que éste pasa ineludiblemente por la liberación de los grilletes de lo femenino, que aún lleva el estigma de «carne fresca», y que podemos ver a diario en prensa, anuncios, cine y en nuestras casas, en esas adolescentes que van a la universidad más pendientes del pantalón vaquero que del libro de historia, que, por cierto, es bueno estudiarla para que descubramos, como mujeres, que la historia no es como nos la han contado. 

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