Lenguaje (Noviembre-04)

Hoy nos inspiramos en el lenguaje.

 

Agu…. Tata …blrrrrrr… ago, ago….prrrfffff….

Estas podrían habersido las primeras “pseudopalabras” de cualquiera de nosotros, las que nos fueron adentrando en un universo insólito llamado lenguaje. Un universo plagado de realidades ocultas detrás de cada palabra y sobre todo, detrás de cada silencio. La importancia del lenguaje que utilizamos va mucho más allá de lo que, en principio, podemos imaginar, porque, además de ser uno de los vehículos más importantes de la comunicación, en él están sellados todos los condicionamientos culturales de siglos, y a través de él podemos rastrear las huellas de un pasado que muchas veces pensamos ya superado.

Mujeres y hombres hablan lenguajes muy distintos, aunque en principio pueda parecer que hablan la misma lengua. Al adentramos en el estudio profundo de los usos lingüísticos de cada uno de ellos, descubrimos todo un submundo que nos puede ayudar a entender muchos de los habituales conflictos entre ambas especies. Sentimos que es importante descubrirlos y trabajarlos para colaborar a que podamos convivir mejor. Y ese es uno de los objetivos de este artículo.

En primer lugar, hombres y mujeres no pueden tener la misma idea de lo que implica el lenguaje, pues tienen localizaciones cerebrales diferentes para esta función. En el hombre, el lenguaje se sitúa en el hemisferio izquierdo, y no se ha encontrado ninguna zona especializada. Esto explica que cuando hablan, no pueden utilizar el hemisferio izquierdo para muchas otras cosas. Ellos hablan y después hacen otras cosas, pero no suelen hablar y hacer cosas a la vez. Sin embargo “en las mujeres, la habilidad del habla se sitúa en una zona específica localizada principalmente en la parte frontal del hemisferio izquierdo y en una zona más pequeña del hemisferio derecho”[1]. Es decir, utiliza los dos hemisferios y en zonas puntuales, lo cual facilita que pueda hablar a la vez que utiliza su cerebro para realizar otras labores. “Esta es la razón por la cual las niñas aprenden lenguas extranjeras más rápida y fácilmente que los niños, y que saquen mejores notas en gramática, ortografía y puntuación.”1

Esto probablemente venga de la diferenciación de funciones de ambas especies en los tiempos en que se desarrolló el lenguaje. La mujer siempre ha vivido más en comunidad, compartía su tiempo junto a las mujeres del clan, estaban más acostumbradas a compartir sus razonamientos y a expresar afecto a través de la palabra, además del encargo de transmitir el lenguaje a la prole. La conversación es para ellas una forma de organizar la vida a su alrededor. El hombre, sin embargo, ha vivido mucho más solo: el pastoreo, la caza, los trabajos en el campo… no implicaban la necesidad de desarrollar un lenguaje. Aunque es igual de reflexivo que la mujer, no ha sido entrenado para compartir su pensamiento, y en él se ha conformado una manera distinta de comunicar, más utilitaria y más sobria.

Lo que si es cierto es que, desde siempre, el lenguaje para la mujer ha significado una forma de expresar sus sentimientos, de expresar sus problemas, una forma de compartir la vida, mientras que para el hombre hablar es una forma de relacionar hechos y comunicar cosas puntuales. Y esto se ha seguido alimentando a lo largo de los siglos, de generación en generación, porque aunque ahora nuestras funciones sean distintas a las de los tiempos primitivos, las madres acostumbran a hablar con sus hijas de problemas, sentimientos… de ellas mismas; mientras que los padres pueden hacer muchas actividades con los hijos: pescar, jugar al fútbol, al baseball… actividades que casi nunca implican el desarrollo de la conversación, y mucho menos sobre ellos mismos o sus sentimientos.

De por sí la mujer es más cooperativa en la conversación, porque interviene con turnos cortos de palabra, como apoyos que muestran al interlocutor su interés en lo que está diciendo; o con preguntas cortas –lo que en inglés se denomina “tag questions”- como “¿no crees?, ¿verdad?, ¿es así o no?” que favorecen al otro que entre en la conversación. Aunque algunas teorías afirman que estas preguntas cortas que utiliza mucho el lenguaje femenino muestran la inseguridad de las mujeres porque necesitan sentir la aprobación permanentemente.

Se han hecho estudios sobre la interrupción en la conversación, y los resultados han sido francamente curiosos: en las conversaciones entre mujeres, apenas hay interrupciones; en las conversaciones entre hombres, apenas hay interrupciones; y en las conversaciones de mujeres con hombres hay un elevado número de interrupciones, de las cuales el 96% son provocadas por los hombres. Sin embargo, “ellos creen que son las mujeres las que les interrumpen. Es normal que piensen así, porque en nuestro tipo de sociedad ha funcionado durante siglos el mandato bíblico del silencio femenino y la función social de la mujer era estar “calladitas”[2]

El turno de palabra y el tiempo de intervención dependen del estatus social. A mayor status, mayor derecho se tiene sobre la palabra. El hombre siempre se ha considerado con mayor poder, y la mujer se ha sentido inferior, por eso ella suele estar acostumbrada a que la interrumpan, mientras que él no.

Si a todo esto, además le añadimos los condicionamientos que la cultura masculina ha impuesto a la mujer, este mundo submarino del lenguaje se nos muestra absolutamente revelador. “El papel social que le ha estado reservado a través del lenguaje a la mujer ha sido el de la pasividad social. Debe ser buena conversadora, pero no debe de ser ella la que lleve la conversación, aunque sí la que la encauce a base de escuchar atentamente, hacer preguntas oportunas mostrar interés, etc. (…) En los manuales de cortesía, las normas que las mujeres tienen que seguir habitualmente han estado marcadas por dos pautas básicas: la discreción y la invisibilidad. Y en lo referente al lenguaje todo apuntaba hacia la misma dirección: No hablar mucho; no interrumpir, escuchar con respeto; no discutir; no contestar mal; no decir palabras feas; no hacer afirmaciones tajantes; no hacer preguntas indiscretas, etc. Son las normas de la que se llama cortesía negativa, que remarcan lo que no se debe hacer y refuerzan un papel pasivo”[3]

Vemos pues que la conversación femenina ha sido educada en las normas de la cortesía, mientras que la masculina no tanto. En ese sentido, ellas suelen pedir más disculpas que ellos al entrar en una sala, al pisar un suelo mojado, al llamar a una puerta, al llegar tarde… Y también suelen verbalizar más que las aceptan, mientras que el hombre no lo considera necesario, sobre todo en las relaciones cercanas. Esta es una causa frecuente de conflicto entre hombres y mujeres, porque ellas suelen esperar unas disculpas que nunca llegan, mientras que ellos no sienten la necesidad de verbalizarlas para dar por solucionado el asunto.

Otra característica del lenguaje femenino es el gesto y la posición corporal. Las mujeres son más gesteras, pues han sido educadas a ser más expresivas, y además cuando hablan entre ellas se miran, hay una mayor proximidad física, cosa que en las conversaciones entre hombres no se suele dar. Ellas apoyan también con su cuerpo a que la conversación fluya adecuadamente. Porque, en definitiva, como dice Pilar Garcia Mouton, “las mujeres han sido educadas para ser las Gheisas del lenguaje”.

Pero en el lenguaje, como decíamos al principio del artículo, no es sólo importante la palabra, sino también el silencio. Hay varios tipos de silencios:

-Existe un silencio de cortesía, que se recomendaba a la mujer en los manuales, porque evita llevar la contraria. Es el silencio del sometido, del que necesita agradar.

-Otro silencio femenino es el que actúa como árbitro familiar, que evita que haya discusiones familiares, etc.

-El silencio de castigo, es aquel que se utiliza como censura o como expresión del desacuerdo. Este es muy utilizado en el estilo femenino porque habitualmente ella no puede expresar su desacuerdo, y el arma que ha desarrollado ante esto es el silencio.

Precisamente “uno de los mayores problemas culturales entre el hombre y la mujer es la interpretación de los silencios. El hombre se puede instalar perfectamente en los silencios sin que tenga ningún problema. Sus silencios pueden ser silencios cómodos. (…) Las mujeres suelen inquietarse y malinterpretar el silencio masculino, porque lo interpretan desde su estilo femenino. Ellas consideran la conversación como algo placentero y cordial. Ellas castigan con el silencio. El suyo sería un silencio hostil. Y, a su vez, interpretan el silencio masculino desde su experiencia como un silencio agresivo.”[4]

Otro recurso lingüístico que ha sido desarrollado por lo femenino es el uso del eufemismo. Las mujeres, precisamente por la censura que han tenido a la hora de hablar, se han hecho grandes estrategas del eufemismo, para poder decir las cosas, pero que no parezcan contradictorias.

Otras estrategias como llegar a relativizar cualquier afirmación que hagan, con frases como “Yo creo… A mi me parece…. No, sé, pero yo casi prefiero…” son como una protección que suaviza la posible respuesta contraria de su interlocutor. Esta estrategia, sin que se haya dado cuenta, es una trampa que ella misma se ha puesto, fruto del miedo a la posible respuesta violenta del varón.

Tradicionalmente la mujer ha estado presionada para que no hable de ciertas cosas, como decir palabrotas, o hablar de obscenidades o de sexo. Todos esos argots le han estado prohibidos y por ello ha utilizado el eufemismo. Pero esta censura llegó incluso a abarcar el tema de la enfermedad, en lo referente a enfermedades de mujeres. Antiguamente había enfermedades que no se podían mencionar delante de los varones, y por tanto no podían ser curadas por los médicos. Hoy día ese tabú sigue presente, porque todo lo relacionado con la reproducción o su ciclo fértil es un motivo de permanente eufemismo, como por ejemplo la menstruación.

A partir de los años sesenta, setenta, la mujer empezó a desarrollar el derecho a decir palabrotas, como quien conquista el derecho a transgredir la norma, derecho que hasta entonces había sido propio del varón. Y actualmente las mujeres, sobre todo jóvenes, se jactan de la posibilidad de utilizar esas palabras malsonantes, como si hubieran alcanzado un estatus mayor, sin darse cuenta que, de nuevo, vuelven a caer en la trampa.

Y es que, finalmente, la trampa de la mujer ha sido querer imitar el lenguaje del varón. Ella veía que era un lenguaje con más prestigio, con mayor valor social, y pensó que incorporarlo supondría tener el mismo status y credibilidad. Pero no ha sido así, y lo podemos ver en las mujeres que tienen cargos directivos. Cuando una mujer jefe utiliza su lenguaje de mujer, es decir, ser cooperativa en la conversación, permitiendo que la opinión del otro se desarrolle, haciendo preguntas, hablando en primera persona del plural, decir las cosas de forma indirecta, prestar más atención a su interlocutor, utilizar un estilo menos competitivo, no resaltar con órdenes directa su poder… es considerada una persona poco apta para el mando. Porque habitualmente pedir su opinión a los demás es considerado una señal de inseguridad.

Por esta misma razón, algunas mujeres se empeñaron en incorporar el lenguaje de sus compañeros masculinos, que es un lenguaje más directo, menos cooperativo y cuyas características se relacionan más con las cualidades que debe de tener un jefe. Sin embargo, no han obtenido, habitualmente, el resultado que buscaban, porque ese mismo lenguaje en boca de una mujer tampoco suele ser bien visto por sus subordinados y, sobre todo, ella se va desidentificando cada vez más.

Algunas feministas trataron durante décadas de reeducar el lenguaje de la mujer. Sentimos que no es esa la solución. Porque los atributos de su lenguaje no tienen nada de malo. Es más, realmente el lenguaje femenino se acerca más al ideal lingüístico, y de hecho, los hombres más educados se acercan más al lenguaje femenino que al de el hombre medio. Si hubiera que replantearse en algún momento la reeducación lingüística, se trataría más bien de expandir los usos del lenguaje femenino, porque son los que apoyan y hacen de la conversación un hecho solidario.

El problema ante el que se encuentra la mujer no es su lenguaje, porque sus características no lo devalúan, sino más bien el papel social al que estado sometida. En la medida que la mujer adquiera una consciencia diferente de lo que ella misma es, deje de sentirse inferior, esclava y domesticada, cambiará la valoración de su lenguaje, y no al revés. 

Sin embargo, es importante descubrir todo este mundo oculto detrás del lenguaje, empezar a observarnos a nosotras mismas en nuestra forma de expresarnos, en nuestra forma de silenciar, de relacionarnos con el discurso del hombre, qué parte de ese lenguaje nos pertenece como especie, y qué es aprendido o impuesto… Ir reconociendo poco a poco lo que podríamos llamar nuestro “cuerpo lingüístico”, que algunos denominan “feminolecto”, para ir descubriendo, en definitiva, quienes somos. Esa es la única manera de saber lo que es realmente una mujer: DESCUBRIR QUIÉNES SOMOS.

Y si la palabra, crea, nuestro lenguaje crea toda una realidad a la que hemos de estar muy atentas. Porque la palabra puede crear una realidad sanadora, o una realidad enfermiza. ¿Por cual optamos?

Y es que el lenguaje de la mujer es, en relación al lenguaje lineal del hombre, un lenguaje metafórico, que necesita de la imagen, que necesita del giro indirecto, que necesita, en definitiva, el deleitarse en la palabra buscando en ella también la belleza. Si la mujer es un ser de belleza a todos los niveles, no puede prescindir de ella tampoco en su lenguaje. Pero habitualmente eso en nuestra sociedad se considera como un signo de debilidad. No estamos de acuerdo.

Hombres y mujeres, como humanidad femenina, debemos expandirnos en ese lenguaje metafórico, porque sólo así podremos ser poetas y poetisas de la vida, cuyos poemas no sean instantes enterrados en una hoja de papel, sino que cada acontecimiento, cada pensamiento, cada expresión, cada momento cotidiano pueda estar envuelto de la magia de la poesía…. La poesía de comunicarse. La poesía de vivir. Sólo cuando somos poetas, somos espejos del ancho mundo.

Por que ese lenguaje metafórico, es el que más se acerca a lo Divino. Dios no nos dice las cosas directamente, nos las muestra a través de signos, de casualidades, de circunstancias, de instantes, de belleza… Así debería ser el lenguaje del ser humano, de hombres y mujeres, para que la palabra, por fin, deje de ser un dardo; para que la conversación, deje de ser un motivo de conflicto; para que el mal entendido no sea ni mal, ni entendido, sino que sea un bien sentido.

 

 

 


[1]“Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas”.

Allan y Barbara Pease. Amat Editorial

[2]“Así Hablan las mujeres” Pilar García Mouton.

Ed. La Esfera de los Libros

 

[3]“Así Hablan las mujeres” Pilar García Mouton.

Ed. La Esfera de los Libros

[4][4] “Así Hablan las mujeres” Pilar García Mouton.

Ed. La Esfera de los Libros

 

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