Los Nuevos Radicalismos (Febrero)

No es nada nuevo que nuestra especie, los humanos, hemos dado muestras en el transcurso de la historia de una gran radicalidad. Sin embargo no todos entendemos la misma cosa cuando hablamos de radical o de radicalismo.

 

Radical es una palabra que hemos heredado, como ocurre con casi todo nuestro lenguaje, del latín. Radical proviene del latín radix(raíz) y del sufijo -al (perteneciente o relativo a). Por tanto, “radical “: perteneciente o relativo a la raíz, entendiendo esa raíz como “origen”, o “aquello que es fundamental”.

 

Para la química, sin embargo, un radical es una especie orgánica o inorgánica que resulta inestable y que tiene un elevado poder reactivo. En el ámbito de la matemática, radical es el signo que indica la operación de extraer raíces. Para la gramática, los radicales son los fonemas que comparten vocablos de una misma familia. También se conoce como radicales a 214 de los caracteres chinos -hànzì-, que son la base para intuir el significado completo del carácter.

 

No obstante, el modo más común en cómo hemos escuchado y cómo empleamos este término es el que se usa en el ámbito de la política. En política, el radicalismo hace referencia a una doctrina reformista que busca un cambio total. Por extensión de esta idea, se aplica el término “radical” a toda persona que es partidaria de la realización de reformas extremas. Luego, a partir de esta acepción, también se utiliza con el sentido de inflexible, categórico o extremo.

 

Sea lo que sea, y entendamos lo que entendamos, lo cierto es que la historia de la humanidad parece estar plagada de acontecimientos radicales. Situaciones fundamentales que cambiaron el modo de vivir de las personas hasta tal punto… que podemos definir, perfectamente, un antes y un después de esos acontecimientos.

 

Es probable que la mayoría de nosotros asociemos el término “radical” con la imagen, por ejemplo, de un Adolf Hitler que causó el terrible genocidio del pueblo judío. O es posible que lo asociemos con las relaciones políticas y sociales que existen entre los palestinos y los judíos desde hace unos cientos de años. O que nos vengan a la memoria las terribles imágenes de las Torres Gemelas cayendo abatidas por el impacto de

dos aviones.

 

Hemos escuchado hasta la saciedad las palabras “radicalismo” o “radicales” en los noticieros y en la prensa, que últimamente las aplican a los llamados “yihadistas” o a los “movimientos” que estos grupos producen. No es raro oír en televisión que tal o cual persona fue detenida cuando pretendía viajar a Siria, tras su radicalización.

 

Nuestro entorno está impregnado de esa vibración radicalista; nuestro mundo es un mundo que se mueve a golpe de radicalidad. El poderoso se impone a los menos poderosos con intención de cambiar su realidad a costa de estos, radicalmente. Las relaciones humanas se sustentan en esa idea de: “Estás conmigo o contra mí”.

 

Pareciera que la esencia humana es así: radical en sus principios y, por supuesto, también en sus después. Incluso en las llamadas mesas de negociación, donde se supone que hay que encontrar puntos comunes para llevar hacia delante un proyecto, las posturas radicales de los que se sientan a negociar, finalmente, impiden cualquier mínimo acuerdo con el que realizar mejoras que ayudarían a los seres humanos.

 

Por supuesto que en este mundo globalizado y pudiente, el término “radical” se aplica a todo aquello que va en contra de lo establecido, que no sigue la norma, o que no acata sus leyes. Por tanto, tiene -en general- una connotación muy negativa y podríamos decir que subversiva. Por eso, probablemente, se insta, irónicamente, a combatir, de manera radical, todo aquello que huela o suene a radicalismo.

 

Vivir en una realidad que se crea desde ese paradigma de la radicalidad tiene consecuencias evidentes, aunque no se admitan. Ese modo de entender la vida no solo está en la historia de la humanidad y en los actos de unos cuantos poderosos frente a otros más débiles, sino que esa radicalidad humana genera, también, un modo de pensar y un modo de sentir que tatúan el aroma y la intención de lo radical en cada uno

de nosotros.

Tal vez sea por eso que la mayoría de humanos aceptan, como solución civilizada -entre otros ejemplos- el divorcio, el aborto o la eutanasia. Y tal vez por eso, también, son muchos los que se adhieren con tanta facilidad y tan poca reflexión a los juicios sobre aquellos que se salen de la norma: hombres y mujeres que decidieron otros “caminos” distintos de los que se esperaba de ellos.

 

Si todo a nuestro alrededor se mueve y parece responder a esos movimientos de radicalidad, tenemos que pensar que, del mismo modo, eso está formando parte de nosotros y de la percepción que tenemos de la vida y de las cosas que en ella nos suceden.

 

Cuando todo lo que somos, sentimos que está vibrando en un ritmo de radicalidad, hemos de entender que también nuestra parte física y material lo está haciendo. Nuestra salud, como cualidad inherente a la vida, también tiene que someterse a ese movimiento radical, y adaptarse del mejor modo posible. Las consecuencias, poco aceptadas oficialmente, nos reflejan una realidad en la que se constata un aumento considerable y exponencial de la aparición de síndromes y síntomas que tienen en común la intolerancia o la alergia. Son, a nuestro modo de ver, los nuevos radicalismos.

 

Los que se mueven en el ámbito de la sanación, reconocerán esto fácilmente. Cada vez afloran más intolerancias alimenticias, más alergias a todo: al sol, al agua de mar, al frío, a la humedad, al cacahuete, al gluten… Hay muchísimas, y a muchas cosas, y curiosamente todas ellas presentan un mismo patrón de saturación emocional en donde es como si el cuerpo dijese: “Si tú no eres capaz de manejar tus experiencias y crear respuestas adaptativas…, lo haré yo por ti… Y de la mejor manera que sé: te haré tener náuseas, picores, estornudos, dolores…; lo que sea con tal de que te

des cuenta”.

 

Lo triste es que, en general, no nos damos cuenta, y achacamos esas alergias y esas intolerancias al clima, a la contaminación…, que es cierto que tienen una parte de responsabilidad, porque también todo eso es parte de la actividad radical del hombre. Pero qué curioso que no se nos ocurra pensar que detrás de nuestros problemas de salud está ese modo radical de concebir el mundo y la vida.

 

Podríamos decir, en este sentido, que el mayor acto de radicalización que, como humanos, hemos desarrollado es la intolerancia al Amor. Muchas personas han sufrido desengaños, han pasado por situaciones dolorosas de separación, de rupturas, después de creer que ese amor que sentían era para siempre, y tomaron la radical decisión de nunca más volver a enamorarse. ¡Como si fuese algo que pudiésemos controlar a nuestro antojo!...

 

Pero, ciertamente, esa actitud intolerante hacia el Amor, impide dar comienzo a nuevas relaciones, obstaculiza la sinceridad como expresión habitual, o inhabilita la ilusión y la esperanza con las que la vida se nos presenta más amable.

 

Quizás, y aunque no esté catalogado como tal oficialmente, la intolerancia al Amor es el problema de salud más grave que tenemos. Y lo peor no es que no amemos a alguien en concreto -hombre o mujer-, lo terrible es que esa intolerancia al Amor nos conduce a dejar de amar a la propia vida. Y la vida que no se ama es una vida insoportable y, por supuesto, sufriente.

 

Y así vemos que las intolerancias aumentan y los mercados ofrecen más y más productos para ese número de intolerantes que crece sin cesar. Es como una pescadilla que se muerde la cola. No tiene fin porque, en el fondo de la cuestión, está esa envoltura de radicalidad que nos impulsa al conflicto y a la separación, y con la cual nos justificamos, en el nombre de una aceptada normalidad, el miedo a disfrutar, el miedo a amar y -lo más lamentable- el miedo a vivir.

 

Quien alcance la consciencia de las propias radicalidades, de esas intolerancias que son aparentemente invisibles, pero que crean una realidad muy evidente, deberá atreverse a quitarse los viejos juicios y los demoledores prejuicios que mantienen nuestra mente en la creencia de que ese es el modo en que se puede cambiar el mundo.

 

El mundo no se cambia con radicalidad, se cambia con Amor.Por eso, quien es consciente de sus miedos, tiene la oportunidad de diluirlos; y, por tanto, también tendrá la opción de retornar a la vivencia del Amor.

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