Miedo (Noviembre-05)

Nos preguntábamos estos días por qué a los huracanes les ponen nombres femeninos, por qué ese afán de relacionarnos a las mujeres con las «catástrofes naturales».

¿Será que porque en este mundo la mujer es sinónimo de catástrofe natural?

Pues va a ser eso. Que somos una catástrofe, que llega, arrasa, destruye y se lleva todo por delante. Una devoradora implacable.

O sea, que no valemos para un montón de cosas, pero para destruir, sí. La vida social está llena de aconteceres en donde la intervención de una pécora ha acabado con la paz de un hogar, ha arruinado la vida de un honorable padre de familia o ha tergiversado el bucólico acontecer.

La vida, a veces, se ha vuelto una catástrofe cuando una mujer aparece.

Telenovelas, a parte, en las que siempre aparece el personaje de la «pécora» y cuya «cultura» invade aún las televisiones, aunque parezca mentira, el carácter malévolo de la mujer sigue latiendo en nuestras sociedades «civilizadas», como un lastre ancestral al que ni el tergal, ni los poliuretanos, ni microsoft han podido ponerle fin. Se le ha tenido miedo a la mujer como portadora de infinidad de males y acarreadora de todo tipo de desgracias.

Sin embargo, creemos que ha sido una bonita forma de darle la vuelta a la tortilla, porque si ha habido alguien que ha vivido siempre atemorizada, ha sido la mujer.

El miedo, que es una faceta de nuestro mundo actual, viene de no se sabe cuándo y condiciona toda nuestra vida, a los hombres también, por supuesto, pero indudablemente ha afectado mucho más a las mujeres. Es un problema difícil de desterrar, pero en la medida en que se supera, es cierto que superamos una infinidad de cosas.

El miedo no es una actitud natural, es absolutamente adquirido.

Los animales que viven en lugares apenas accesibles al hombre, como pueden ser las Islas Galápagos o el continente Antártico, no manifiestan ningún miedo. El animal te ve como a otro más y tampoco se tienen miedo entre ellos. No ha conocido esa experiencia.

En los niños apreciamos, por lo general, cuando son pequeños, una ausencia de miedo, que poco a poco van adquiriendo cuando el adulto empieza con sus «cuidados».

Quizás el primer instante de violencia desencadenó la posición del miedo -como describía Stanley Kubrich en su película «2001 una Odisea en el espacio», cuando un mono levanta una quijada y la estrella sobre otro, y el resto se asusta-.

Sin ningún lugar a dudas, en el transcurrir de nuestra especie, quien más ha ejercido la violencia ha sido el macho, y quien ha tenido más miedo ha sido la hembra.

El miedo perjudica gravemente la salud. Desde el punto de vista de la Medicina Tradicional China, sabemos que el miedo debilita el agua -la esencia de la vida-; y si mi agua, mi esencia de vida, está dañada porque tengo miedo, ese miedo -como esencia de vida- lo voy a trasmitir a todo: a la madera, al fuego, a la tierra, al metal. Seré miedoso ante cualquier circunstancia, porque yo ya he introducido una debilidad en mi esencia.

El miedo será entonces el sentimiento de base de los otros, porque uno decide mal porque tiene miedo a decidir mal; se cometen errores en las relaciones afectivas porque uno tiene miedo a perderlas, etc.

Hay miedo sexual, hay miedo afectivo, miedo emocional, miedo convivencial. El miedo es una moneda de cambio diaria, una moneda de relación.

Mentiremos también por miedo. Como te tengo miedo, te miento. Esto lo vemos muy claro en el caso de los niños: cuando les preguntamos «¿quién ha sido?», la respuesta es: «yo no, yo tampoco…».

Esa violencia que se ha ejercido en un momento determinado, ha dañado específicamente al ser, al agua, ha dañado la firmeza, la voluntad. Con tu violencia, me has quitado firmeza, me has quitado autoridad, me has quitado voluntad, identidad. Sólo me queda el miedo. Todo mi ser se aminora en posibilidades, en recursos, en acciones.

Y después del miedo, viene el terror. Y del terror pasamos al pánico, y de ahí, muchas veces, al suicidio.

En el caso de la mujer, cuando es niña tiene miedo al padre.

En su pubertad, cuando se desarrollan sus senos suele sentir vergüenza-miedo. Comienza el calvario de sentir miedo de su propio cuerpo, que será de ahí en adelante un estandarte a cuidar para el agrado y juicio de los demás. De ahí que muchas veces casi lo considere un «enemigo» si no da la «talla».

El chico también va a tener cambios en su juventud, pero no le crean angustia, están desde su infancia orgullosos de su virilidad. Y aunque se pongan horrorosos con los granos y los cuatro pelos de la barba, su cuerpo no será algo a lo que tener miedo, por el contrario, será un objeto de comparación con otros y de desafío. Presumirá ante sus compañeros.

La joven tendrá miedo a no encontrar un hombre en su vida. El joven puede desear encontrar una chica, pero esa idea «no resume su destino», como decía Simon de Beauvoir.

Cuando ya es mujer, tiene miedo de que la engañen, de que abusen de ella. Cuando es madre, tiene miedo de su seguridad económica. Cuando está casada, tiene miedo de no cumplir bien con el esposo.

La «pérdida» de sus reglas, supone para esta cultura una pérdida de su feminidad, de su atractivo erótico, que es lo que le da el OK. de la sociedad, con lo cual, se ve en la situación de vivir la otra mitad de la vida sin la muleta que le habían dado. Tendrá por ello, ya no miedo, sino pánico a lo que le espera.

Y cuando es abuela, ese status que los hijos-as saben vender tan bien a las madres para tener niñera gratis, tiene miedo de no cumplir bien como abuela, de no saber cuidar bien a los nietos, de que la regañen los hijos. Y, por supuesto, tiene miedo a estar sola y a las enfermedades.

Finalmente cuando le toca marcharse, tiene miedo a la muerte.

La historia de una mujer es una historia de miedo. Salvo las que tengan la suerte de topar con ambientes y circunstancias especiales, el resto no se salva. A lo mejor no se tuvo miedo en la niñez, pero sí en la adolescencia, o en ésta no, pero sí en la madurez.

El hombre, sin embargo, puede no haber pasado en su vida nada de miedo, porque todo le ha sido dado en una sociedad masculina. La mujer, por el contrario, va a pasar miedo, quiera o no quiera, porque las circunstancias le obligan a ello. Dependerá de cómo se desarrolle en su trabajo, en su medio ambiente, para que vaya despojándose de ciertos miedos.

El que recurre al lenguaje de la violencia como medio de comunicación es un cobarde, no es un valiente. El valiente es el que se comunica a través del juego, a través de la broma, a través del riesgo, a través de la posibilidad de equivocarse. Se atreve.

Hay que proponerse no tener miedo, y para eso tengo que buscarme «voluntades», «credos», «fes», tengo que buscarme un patrón de referencia que no sea la oferta social que nos ofrece los barrotes, candados, vallas y perros para garantizarnos una seguridad, y mientras, nos pasea por las pasarelas del «no me atrevo», «yo no valgo», «¡yo a mi edad!» y del «¿qué va ser de mí?»

Así que nada tenemos que ver con las catástrofes naturales, sobre todo porque como tales no existen. Existen en un estilo de vida masculino que nos ha llevado a vivir en ciudades costeras, situadas por debajo del mar, en poblaciones que se ubican en las laderas de volcanes, en lugares por donde todos los años pasan huracanes, en lugares donde son frecuentes los seísmos, etc, etc. La naturaleza no es una catástrofe nunca, simplemente sigue su curso, su devenir, pero el hombre decidió que no le tenía miedo y la ha desafiado. Un pulso absurdo del que habitualmente, por desgracia, vemos a diario los resultados. Claro, que la mayoría de las veces los damnificados son las mujeres y los niños…

Difícil, muy difícil que cambie esta situación, pero, al menos, sería más veraz que no nos relacionaran con las catástrofes naturales, aunque sólo sea por aquella ley gramatical de la concordancia entre sujeto-verbo y adjetivo.

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