Mujer y sanación (Febrero-06)

En los inicios del 2006, cuando acudimos al médico de atención primaria (en España), en un 53% de los casos nos encontramos con una mujer médico. Sin embargo, cuando acudimos a un especialista, sólo será mujer en el 35% de los casos.

Si nos vamos a una facultad de medicina nos sorprenderá que el 72% de los estudiantes sean mujeres, aunque solamente encontraremos un 16% de docentes mujeres y sólo un 4% de catedráticas.

Según el Instituto Nacional de Estadística, entre los años 2000-2003, un 85% de los nuevos colegiados han sido mujeres (en el ámbito nacional).

Como responsables de los centros de investigación tan solo hay un 4% de mujeres, y un 10% las encontramos como responsables de grupos de investigación. A pesar de estas cifras, incluso en docencia e investigación ha habido un considerable aumento de la presencia femenina (antes prácticamente inexistente).

En Julio y agosto del pasado año se publicaron sendos artículos en las revistas médicas “Medicina clínica” y “Jano”, respecto a los porcentajes de mujeres médicas, concluyendo ambos artículos en la reciente feminización de la Medicina. Históricamente esta actividad ha sido mayoritariamente masculina, pero en los últimos años ha experimentado un cambio hacia lo femenino mucho mayor que en otros campos laborales. También destacan ambas publicaciones que, sin embargo, el acceso a puestos de responsabilidad sigue siendo más difícil para las mujeres que para los varones. Y, a la vista de los datos antes expuestos, la docencia y la investigación siguen en manos de los varones.

También apuntan que el análisis de los resultados de la práctica asistencial por género muestra que los pacientes tienen un mayor grado de satisfacción cuando son atendidos por mujeres. Las médicas tienen una mejor relación con el paciente, mayor disposición a ofrecer consejos y emplean un 10% más de su tiempo que sus colegas varones.

En cifras de desempleo, este afecta más a las mujeres (61%). Además, las mujeres médicos sufren más estrés y desarrollan más enfermedades que los varones médicos.

Ante la lectura de estos datos nos viene a la cabeza una reflexión a propósito de la relación de la mujer con la sanación:

No sabemos cómo empezó la práctica de la sanación, pero suponemos que en un inicio, la sanación estaba en manos del principio femenino, por la conexión que tenía la mujer con lo Celeste. Es bueno recordar que, prácticamente en todas las culturas, eran las ancianas, las abuelas recolectoras, las que sabían cómo curar un dolor de barriga, una indigestión... O sea, era la bruja, la chamana... -ponemos el nombre que sea, depende de la cultura-. Pero, realmente, la salud de la prole ha dependido siempre de la madre. Yademás parece ser que se realizaba únicamente por movimientos de energía. Probablemente, sólo con algún canto, alguna danza, alguna imposición de manos, era suficiente para ejercer la sanación.

Cuando el varón se va apropiando del Dios, la mujer va perdiendo la capacidad contempladora y tiene que empezar a aprender las cualidades de las plantas, de las raíces, de los alimentos... tiene que empezar a aprender que el arroz es bueno para la diarrea... que si esto es un antiséptico... Probablemente, en un inicio, todo eso no era necesario, pero ya cuando pierde esa capacidad contempladora ya tiene que empezar a aprender a utilizar otros elementos que no son ella misma.

El varón parece que se introduce en el arte de sanar –que hoy en día es la ciencia de sanar- más tardíamente. Pero el varón tiene que aprender todo, porque la mujer, por esa capacidad contempladora y también porque está mucho más en contacto con los miembros del clan, desarrolla una instintividad sanadora que el varón no la desarrolla. Aunque sabemos que todos los seres, por el mero hecho de ser intermediarios entre el cielo y la tierra, tienen capacidad sanadora y pueden ejercerla, la mujer la tenía más fácil que el varón.

A pesar de esta facilidad, el varón cogió la supremacía –como en todo-, y la ha mantenido durante muchos siglos. El varón ha sido el encargado de la sanidad o de la sanación. Pero siempre ha quedado la instintividad femenina de sanar, por ejemplo en las madres, en las abuelas. El primer médico que tiene el niño es la propia madre, que sabe cuando llora qué le pasa... es lógico, porque está todo el día con él, y sabe cuando llora por hambre o por sueño o porque está enfermo. El varón no llega a tener ese conocimiento, entre otras cosas porque está mucho menos en contacto con el bebé.

Pero, aparte de estar más o menos en contacto, es que el ojo clínico es una característica contemplativa. La intuición, el decir “qué mala cara tienes hoy”... forma parte de la contemplación. Como la mujer eso lo desarrolla más, tiene más ojo clínico. El varón lo tiene que aprender.

Si recordamos historias de nuestros familiares, todavía esto se mantenía. Con frecuencia el niño se ponía malo y a lo mejor la madre, por joven, por inexperta, no sabía qué hacer, pero llegaba la abuela y se llevaba al niño una temporadita y el niño se recuperaba. La abuela sabía lo que no llegaba a saber la madre y le daba al niño lo que necesitaba y se curaba.

Esto, hoy en día, se está perdiendo. Los niños que se quedan con las abuelas, al primer “¡atchis!” están corriendo al médico. Hace 60 o 70 años, probablemente para ir al médico se tenía que recorrer una distancia, gastar un dinero que a lo mejor no se tenía... y habían muchos menos médicos. Y las abuelas solucionaban muchísimas cosas. Por supuesto, no se recurría al “pediatra” para que dijera lo que el niño puede o no comer, eso lo sabía todo el mundo. En la actualidad, los niños comen según las modas médicas del momento, hasta que el médico no lo dice, no se le dan papillas, o no se le introduce un nuevo alimento…

El hecho de que el sanador se haya puesto tan asequible a todo el mundo ha hecho que se depositen en él las responsabilidades sanadoras y que la instintividad propia de la mujer se vaya perdiendo.

No estamos aconsejando que no se lleve el niño al médico, ni muchísimo menos, estamos en el tiempo en el que estamos y no podemos volver atrás, pero sí aconsejamos que hay que saber desarrollar las propias capacidades a pesar de estar en el mundo en que estamos. Porque si no, lo que sucede es que cada vez el ser humano tiene menos capacidades y menos recursos personales, porque lo va dejando todo en manos de la técnica, de los especialistas...  Es una llamada de alerta para, en la medida de lo posible, recuperar nuestras propias capacidades.

Además, es paradójico que justo en un momento de auge de lo femenino en la sanación –como profesión-, cuando observamos la cotidianeidad suceda justo lo contrario, que lo femenino está renunciando a desarrollar su propia instintividad sanadora.

Es curioso que la mujer se ha ido introduciendo otra vez en el campo de la sanación, y el hombre no le ha puesto las barreras que le ha puesto en la religión o en la ciencia. ¡Qué curioso que en esta rama tan importante para la convivencia, el hombre haya permitido a la mujer que permanezca!

Si malpensamos un poquito: la verdad es que la medicina es una profesión trabajosa, hay que dedicar muchas horas al estudio, a los pacientes, siempre hay urgencias, si hay un accidente los que paran son los médicos... pero hay otras cosas que también dan trabajo y han seguido en manos de los varones... Siendo un poquito más maliciosas, se nos ocurre pensar que, claro, antes, el médico era un personaje, tenía su prestigio, era de las “fuerzas vivas”, junto con el cura y el alcalde... Pero hoy en día, el médico no tiene prestigio.

Probablemente porque la seguridad social se encargó de quitar el prestigio al médico –hablamos de España-, porque cuando la S.S. se extiende, los cupos son monstruosos, un médico es obligado a ver 120 pacientes en dos horas –hace 20 años era así-, sale a 1 minuto por paciente... no se le puede casi ni saludar... ¿qué le pasa? Tómese esto... casi no da tiempo a nada...  ahí el médico dejó de lado toda la tarea de cuidar el ánima de los pacientes, y se dedicó a ser un mero expendedor de recetas, no había tiempo para más. Claro, el paciente, de momento contento porque las medicinas le cuestan más baratas, pero en muy poco tiempo se lo hace pagar... “Has dejado de hacer lo que tenías que hacer, pero para mí ya no eres un personaje”.

Si ya no eres un personaje, encima resulta que tienes un sueldo de funcionario... ¿qué gracia tiene ser médico? El varón comienza, poquito a poco, a salirse... se va a dedicar a cosas de más prestigio, más dinero y menos trabajo, y deja el campo libre a la mujer.

Probablemente es una recuperación de algo que siempre estuvo, pero no pensemos que es por mérito de las mujeres, es porque la pérdida de una serie de atributos hicieron que el varón se desinteresara por el tema.

 

 

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