No Sólo de Hablar Vive el Hombre... Ni la Mujer. (Enero)

Estamos iniciando un nuevo recorrido a través de doce meses. El comienzo de un nuevo año siempre supone, o debería suponer, una reflexión para alcanzar un planteamiento renovado sobre nuestras vidas. No vamos a imaginarnos castillos en el aire, porque somos conscientes de que esta vida, sobre la cual tenemos que replantearnos muchas cosas, no es nada fácil de cambiar.

Sin embargo puesto que los comienzos de algo siempre son esperanzadores, aprovechemos que estamos a primeros de año para reconstituirnos con ideas y sensaciones que nos ayuden a creer que ese cambio, que esta dolida humanidad tanto necesita, es posible.

Las cifras, las estadísticas, los telediarios son como sombras que se ciernen en nuestras cabezas amenazando nuestra felicidad constantemente. No se sabe bien si oír hablar de maltrato, de muerte, de sometimiento, de violencia, arregla algo. Nos parece que no. Hablar de algo cuando no va acompañado de una acción para evitarlo no sirve de nada, e incluso nos atrevemos a afirmar que puede empeorar la situación.

Las mujeres contemplamos impertérritas las cosas que les pasan a otras mujeres en el mundo, y nos quedamos como si nada fuera con nosotras. Hay una gran sensación de impotencia en la respuesta general a tanta sinrazón. Tal vez este comienzo de año nos pueda servir para hacer sonar la campana de las conciencias y empezar a pensar y a sentir que toda esa tribulación femenina es cosa de todas las mujeres, y de todos los hombres. Que lo que se le hace a una sola de nosotras, se le hace a todas. Y por extensión cuando a un ser humano se le daña, se le esclaviza, se le oprime, se le usurpa, se le niega, todo eso se le hace a la humanidad completa.

Cuando echamos una mirada al mundo en el que estamos parece una locura, hay tantas variables de forma de vivir que una no puede imaginárselas todas. Hay mujeres que tienen la oportunidad de estudiar en la universidad, sacarse un titulo, trabajar, ejercer la profesión que han elegido, pueden dar su opinión, pueden reivindicar derechos, pueden tomar decisiones sobre su propia vida e incluso sobre la de otros. Otras aspiran a todo eso y mientras lo consiguen o no, están sometidas a una ley social y cultural que les recuerda todo el tiempo que sólo son ciudadanas de segunda o tercera. Otras están metidas en una espiral de opresión y necesidad que las conduce a emplear su cuerpo como elemento de sustento, otras se sustentan también de sus cuerpos pero lo hacen exhibiéndose como modelos inalcanzables para otras mujeres… Otras viven la pobreza miserable de las guerras, o los conflictos que provocan los hombres que gobiernan mal.

Esa increíble variabilidad de consciencia de vida mantiene, sin saberlo, la situación terrible y miserable de la gran mayoría de mujeres del mundo. Las que vivimos en Occidente, nosotras que estamos en Europa creemos que el mundo entero se mueve desde los mismos parámetros, luego nos sorprenden las noticias de asesinatos de mujeres y lo achacamos a que la mayoría son personas de otros países, de raptos de niñas en África, de prostitución y trata de blancas en países desahuciados como Rusia, Croacia… Y pensamos: todo eso pasa en otros lugares, todo eso les sucede a personas que no están bien, o son pobres de solemnidad. Nada más lejos de la verdad.

 

Si ustedes ven la televisión podrán observar cosas increíbles, como por ejemplo la emisión de la noticia de la violación y ahorcamiento de dos niñas, en India… que recuerdo ver porque mostraron la imagen en la pantalla sin ningún pudor, como si estuvieran mostrando un paisaje, o vendiendo un producto, y acto seguido, en el descanso de ese noticiero, aparece un anuncio en el que podía verse a unas mujeres “sexys”, medio desnudas, intentando seducir a un hombre, para vender una colonia.

 

Es evidente que no existe una conexión entre unas conciencias y otras, y mientras esa conexión no suceda, todo lo que ocurre seguirá teniendo la misma impunidad, se seguirá solamente hablando y seguirá sin servir para nada.

 

La identificación con la imagen de nuestro cuerpo es tan brutal y profunda que consigue hacernos creer que somos eso, un cuerpo. En nuestro caso, las mujeres, somos el cuerpo del deseo. Por tanto para sentir que estamos vivas, las mujeres tenemos que conseguir que nos deseen, pero ese deseo, más pronto que tarde, nos cuesta demasiado caro, porque con ello perdemos todo lo que somos.

 

Tal vez para este ciclo anual que comienza podríamos proponernos como objetivo el esforzarnos por cambiar esa referencia. Podríamos comenzar por dejar de darle a nuestro cuerpo la función de que sea la totalidad de nuestra identificación. Fíjense, los Esenios pensaban que el cuerpo tenía tres niveles, el actuante, el sintiente y el pensante, y era importante cuidarlo y mantenerlo sano en esos tres niveles porque el cuerpo es albergue de lo que somos verdaderamente. Cuando dañamos, ensuciamos, y degradamos nuestro cuerpo en cualquiera de esos tres niveles estamos haciendo lo mismo con lo que verdaderamente somos.

 

Si tenemos en cuenta que los Esenios eran considerados sabios, que convivían de un modo armonioso, en cuyas comunidades se trataban por igual a hombres y a mujeres, y por ende eran sanadores, tal vez deberíamos dar importancia a este modo de interpretar el cuerpo.

 

Como mujeres a las que se nos ha obligado a degradar y menospreciar nuestro cuerpo hasta llegar incluso a “maltratarlo” en el nombre del amor, y teniendo en cuenta que hemos hecho de eso nuestra identidad tenemos que revolucionarnos y empezar a tomar consciencia de esos tres niveles que se albergan en él, para comenzar a borrar todo el daño que le hacemos de pensamiento, sentimiento y acción.

Por otra parte, según los Esenios, el ser humano tenía tres papeles en la vida, uno en función a su evolución individual, otro en función de su evolución con respecto al Planeta en el que vive, y el tercero como una unidad del  Cosmos. Por tanto todo lo que le ocurre a un individuo humano repercute en la totalidad.

Tal vez nuestro cuerpo no haya sido violado nunca pero el de otras mujeres si, y tal vez eso llegue a nosotros de modos que no podemos controlar: enfermedades, tristeza, apatía… no sabemos. Por eso debemos cuidar del cuerpo que tenemos cada uno con responsabilidad, sin exponerlo a peligros o a daños, con consciencia de su inmensa y sagrada importancia, porque no sólo es nuestra salud la que está en juego sino también la de otros seres vivos, la del propio planeta y la del cosmos.

Este tipo de ideas, que pueden resultar un tanto peregrinas para el cartesiano modo de pensar del imperio del poder, del individualismo y del consumo, contienen en sí mismas la semilla de la transformación.

Cuando uno cree que lo que le sucede a su cuerpo -en esos tres niveles de los que hablamos anteriormente, el pensamiento, el sentimiento y la acción- tiene repercusión sobre su salud, tiene el deber propio de cuidarse y el deber moral de cuidar a los otros. Pero cuando a eso le añadimos que lo que le ocurre a nuestro cuerpo tiene acción sobre todo lo vivo y el cosmos, no sólo tenemos el deber propio y moral de cuidarnos y de cuidar a los otros, es que tenemos la obligación universal de hacerlo porque somos parte unitaria de la totalidad.

Qué distinta sería la vida si pensáramos así, pero lo curioso de todo esto es que lo que pensamos cada uno de nosotros es responsabilidad de cada uno de nosotros. Por tanto si nuestro deseo sincero es cambiar este mundo de dolor y sufrimiento, de escasez, de privación, de maltrato gratuito, de violencia implacable. Si anhelamos como mujeres, y como hombres que aman a las mujeres, un mundo de paz, de armonía, de auténtica libertad, no nos queda más remedio que cambiar nuestra conciencia de vida. Tenemos que modificar nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestro hacer.

 

Esto que les hemos contado es una propuesta, no muy difícil. Pero ustedes pueden proponerse la que consideren mejor, la cuestión es que, no sólo hablemos de las cosas, si no que las acompañemos con algo para hacer… ¡¡¡Buena suerte!!!

 

 

 

 

 

 

 

 

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