Obsolescencia Programada (Enero)

 

El tema que traemos este mes para compartir con todos vosotros es el de “La Obsolescencia Programada”.

Tal vez a muchos de ustedes les pueda parecer un término un poco raro, o, tal vez, nos atrevamos a decir que no han oído hablar de él.

Para ir poniéndonos al día, en primer lugar, tenemos que definir qué es eso de la obsolescencia programada y lo que ello conlleva desde la Inspiración Femenina.

Cuando hablamos de este término debemos saber que nos estamos refiriendo a la vida útil, impuesta por el fabricante, de cualquier producto que podamos encontrar en el mercado. El fabricante de cualquier producto introduce en el mismo un chip que hará que ese producto en determinado tiempo, o con un uso explícito de veces, ese producto ya no funcione más.

Este término surge alrededor de los años 30 tras la gran depresión económica que se estaba dando, y que había que buscar una solución para dicha situación. No obstante, este término no se comenzó a utilizar hasta los años 50.

Este concepto que, como bien decíamos, comenzó en el siglo pasado, se ha ido desarrollando vorazmente hasta llegar hasta nuestros días. Qué duda cabe de que hoy en día vivimos en una sociedad de consumo, donde pareciera que el que vive mejor, es el que más posee: coches, casas, ropa, comida, zapatos, etc. Siempre queremos estar con lo último que hay en el mercado.

Y nosotros nos planteamos: ¿Será que de la misma manera que la obsolescencia programada se aplica a los productos, lo aplican también a las personas?, ¿será que de la misma manera que les ponen a las lavadoras o a las neveras, al ordenador, o la impresora, un chip -que, después de ‘x’ horas de trabajo, hace que deje de funcionar-, nos lo ponen a los seres humanos sin que nos demos cuenta?

¿Y cuándo empezamos a dejar de funcionar? Cuando nos enfermamos, cuando empezamos a deprimirnos y a no encontrar sentido a nuestra vida. No sería loco pensar que muchas de las enfermedades que aparecen “inexorablemente” a partir de cierta edad, nos estén indicando que, de una manera u otra, estamos programados a esa obsolescencia programada.

Desde la Inspiración Femenina, pensamos que ese chip de la obsolescencia programada, en el ser humano, está en la sexualidad.

Las mujeres, cuando llegamos a una determinada edad, que podríamos marcarla, más o menos en la edad de la menopausia, empezamos con “averías” por todos lados, como si en nuestra “maquinaria” se activara ese chip del que hablábamos anteriormente.

Cierto es que el hombre, también llegado a una determinada edad, comienza con ciertas “averías” en su sexualidad, cuando -por ejemplo- empieza a tener problemas con su erección, es como si se les cayera -nunca mejor dicho- el mundo abajo…, y eso también supone un “chip” de esa obsolescencia programada. Pero pensamos que el chip en el varón se puede ver también muy claramente, por ejemplo, cuando llega la edad de la jubilación. En este tiempo, tal y como está planteada nuestra sociedad, el varón ya no es productivo laboralmente, y es ahí cuando entra en la obsolescencia programada. Porque ya está “viejo”, y piensa que no puede hacer nada de lo que hacía antes, y comienza a pensar que para lo único que sirve, de ahora en más -hasta que llegue la muerte-, es sentarse frente al televisor, comer y dormir, ir a buscar a los nietos al colegio, y poco más.

Pero volvamos a la mujer -sin olvidarnos del varón-: ¿a que cuando teníamos 20 años nos sentíamos estupendas y maravillosas, y nada padecíamos? Pasamos de creer que valíamos mucho, que podíamos con todo, a creer que ya, a una determinada edad, no valemos nada.

Entramos en obsolescencia porque se cree que cuando la mujer deja de ser joven y, por  lo tanto, reproductora, ya no sirve más. Evidentemente hay un culto tremendo a la juventud. Se hace lo que sea para seguir pareciendo de 30 años, aunque se tengan 60… Y todo es porque se piensa que, a partir de ahí, lo que le espera es la decrepitud. El espejo empieza a ser un gran enemigo y el cirujano un gran amigo. Las mujeres más jóvenes temen la llegada de ese momento. Y cuando se llega al momento, la mujer se deprime y enferma –no siempre, afortunadamente, pero sí con mucha frecuencia- porque ya ha entrado en esa consciencia de envejecimiento sin vuelta atrás.

Y lo que es aún más importante de resaltar: nuestra felicidad era plena porque los hombres se fijaban en nosotras. Y claro, cuando llegamos a una determinada edad, los hombres ya no se fijan en nosotras, sino que buscan jovencitas de 20 años.

Pensamos que esta actitud del varón no es más ni menos que una reminiscencia del pasado, de cuando el ser humano tenía que reproducirse para poblar la tierra. Y claro, cuanto más fértil es la mujer, sigue siendo más atractiva para los varones.

Si queremos comenzar a cambiar un poquito la perspectiva de nuestra vida y, por lo tanto, de nuestras relaciones, tenemos que empezar a descodificarnos de esa función reproductora, tanto hombres como mujeres.

Hoy por hoy, seguimos pensando que nuestras vidas tienen sentido solo si ese instinto reproductor está. Cuando cambiemos esa forma de pensar y, de paso, consideremos que la sexualidad es mucho más amplia que la genitalidad, estaremos “curadas”.

No podemos bajo ningún concepto seguir dándole el valor que se le da hoy en día a nuestra capacidad reproductora, como si fuera lo único que existe en la vida.

No es que despreciemos esa atracción sexual, ni muchísimo menos; solo queremos decir que hay que darle el lugar que le corresponde, ni más ni menos.

En la medida en que el varón vaya teniendo clara esta idea, se dará cuenta de que este comportamiento era necesario para que fuéramos más en el planeta, pero que ese tiempo tan instintivo está pasando, que ahora viene otra cosa.

No obstante, pensamos que si queremos comenzar a desprogramar ese chip, nosotras mismas tenemos que empezar a razonar de una manera distinta.

Más allá de que sea la sociedad la que nos dice para qué servimos y hasta cuándo servimos, somos nosotras las que hemos creído que es así, y, por lo tanto, funcionamos así.

Nosotras, como féminas, tenemos que tomar consciencia de que somos las representantes de la belleza y de que esto no solo pertenece a este tiempo de humanidad, ni a un sitio determinado, hemos sido las representantes de la belleza a lo largo de toda la historia de la humanidad. La sexualidad reproductora solamente es una parte de esa belleza, pero no la totalidad. Muchas veces, somos nosotras mismas las que nos “promocionamos” como objetos sexuales, con nuestra forma de vestir, de andar, y de relacionarnos con los demás -sobre todo con el varón-.

Creemos rotundamente que hombres y mujeres necesitamos entrar en una órbita distinta de relación que vaya más allá de lo meramente sexual.

La sexualidad es una expresión de nuestro ser, la genitalidad es una pequeña parte de esa expresión sexual. También desarrollamos sexualidad cuando compartimos unas risas con las amigas, o cuando disfrutamos con una obra de teatro o con una música. ¡Todo eso es Soplo Espiritual Sensible!

Cuando hacemos esas cosas que nos gustan, estamos también expresándonos sexualmente; esto es algo que tenemos que empezar a desarrollarlo desde niñas, educar a nuestras hijas en ello, para no caer en esta trampa que nos limita tanto.

Somos nosotras mismas las que no tenemos que sentirnos como objetos sexuales.

Nuestro valor no está en la sexualidad genitalizada sino en el desarrollo de la belleza.

Hay que entrar en la contemplación, en la autocontemplación, en una sexualidad no reproductiva. Para relacionarme no necesito el cuerpo físico.

Las mujeres necesitamos poder ver al otro a los ojos siendo nosotras mismas, sin miedos ni vergüenzas; necesitamos de la conversación, de la compañía… Eso sería otro nivel de relación que es en el que debería entrar ahora la humanidad.

El cambio se dará en cada una de nosotras siempre y cuando nuestra actitud sea distinta. Para esto no hay recetas que podamos dar, o encontrar en internet, cada una tendrá que indagar en su comportamiento, y la clave estará en cada uno de los descubrimientos que podamos ir haciendo en nosotras, en qué es lo que hacemos para seguir siendo un objeto sexual.

Inevitablemente, si queremos quitar el chip de la obsolescencia, hay que desarrollar una nueva sensibilidad, si no, tarde o temprano, hombres y mujeres nos sentiremos chatarra. Y, sobre todo, dejaremos de pensar y sentir que cuando llegamos a una determinada edad, no podemos hacer nada, y ya lo único que nos queda es esperar la muerte.

Sabemos que no es tarea fácil, porque implica empezar a pensar y a sentir que somos seres inmortales, ¡pero es lo que somos! De alguna manera tendremos que incorporarlo.

 

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