Pobreza (Mayo-06)

Para hablar de pobreza, en esta parte del Mundo donde la abundancia es un derecho adquirido, consecuencia “razonable” de un modelo de organización y funcionamiento inteligente, primero deberíamos hacer un acto de reflexión.

“No se lee la vida de la misma manera desde una choza que desde un palacio”.

Por tanto, es importante tener en cuenta el “desde donde”; el marco de referencia socioeconómico, sociopolítico y sociocultural en el que se vive la pobreza.

Nosotros vivimos en una de las zonas más ricas de la Tierra. Crecemos, desarrollamos nuestros trabajos y tareas, amamos y desamamos, somos felices e infelices en un contexto cultural que se ha venido a definir como la “cultura de los satisfechos”. Aquí existe un mercado voraz, perfectamente organizado para complacernos y tranquilizarnos, y son bastantes los ciudadanos que sienten la necesidad de consumir más para sentirse más protegidos.

Nuestra cultura de la “satisfacción” se muestra tolerante con las enormes diferencias de ingresos y rentas que hay en nuestras sociedades y con el abismo de la desigualdad que existe entre los países; y al mismo tiempo se indigna ante las impresionantes imágenes televisivas de toda clase de catástrofes, miserias, conflictos étnicos, niños esqueléticos reducidos a enormes ojos y vientres hinchados.

Es obvio que el marco desde el que se trata de comprender y solucionar la pobreza, es un marco de hipocresía;  es cierto que podemos llegar a entender que el modelo de desarrollo del que nos beneficiamos es un modelo inviable para resolver los grandes problemas de la humanidad, pero también tenemos que reconocer que ese mismo modelo es el que está en el origen y acrecentamiento de esa pobreza: En estas sociedades “ satisfechas “, a muchos que les va bien, quieren que les vaya mejor y, muchos de los que viven con notable desahogo, se oponen enérgicamente a todo lo que pueda suponer un peligro, no de toda su comodidad sino de una parte de ella. Por eso los cambios estructurales que implican una modificación, ya sea pequeña o grande, en el estilo de vida, son prácticamente imposibles, desde el propio seno del sistema de organización de estos países desarrollados.

Si oteamos, un poco, el horizonte del planeta y contemplamos el magma en el que se desarrolla la humanidad, lo primero que llama la atención es que ésta vive en un planeta que ofrece una impresionante abundancia de recursos naturales, mientras que una gran parte de esa misma humanidad  está desnutrida o muerta de hambre.

Los recursos naturales que poseen los países latinoamericanos, africanos ó asiáticos contrasta sorprendentemente con el número de personas que  en ellos viven una situación de pobreza. Esto nos da la referencia del carácter dialéctico de la pobreza y de los pobres.

Hay pobres porque hay ricos; hay una minoría de ricos porque hay una mayoría de pobres, y esto es así, ya se aplique a los distintos grupos sociales dentro de un mismo país o a distintos países en el contexto de la geografía mundial.

Nuestro mundo se caracteriza por una gran pobreza en medio de la abundancia. De un total de aproximadamente 6.000 millones  de habitantes, 2.800 (casi la mitad) viven con menos de dos dólares al día y 1.200 millones (una quinta parte) lo hace con menos de un dólar al día.

En los países ricos, los niños menores de 5 años que sufren malnutrición no alcanzan el 5%, mientras que en los países pobres la proporción llega al 50%.

Esta situación de miseria persiste a pesar de que las condiciones humanas han mejorado más en el último siglo que en todo el resto de la historia de la humanidad y, a pesar del costo de lograr y mantener acceso universal a la enseñanza básica para todos. Atención básica de salud, atención de salud reproductiva para todas las mujeres, alimentación suficiente  y agua limpia y saneamiento para todos, se estima que es aproximadamente de 44.000 millones de dólares al año. Y esto que a priori puede parecer mucho es inferior al 4% de la riqueza combinada de las 225 personas más ricas del Mundo.

Según este panorama descrito de desigualdad. ¿Cómo podríamos definir la pobreza sin que al hacerlo quedara fuera del amplio abanico de manifestación, alguna parte de ésta población pobre?

En términos generales y según las instituciones que se dedican a establecer estadísticas y resultados  según datos obtenidos desde sus propios sistemas, la pobreza es una aguda privación de bienestar; en la que ser pobre es tener hambre, no tener casa ni vestido, estar enfermo y no recibir atención, ser analfabeto y no ir a la escuela…

Inevitablemente la definición de pobreza, para los países ricos lleva asociada una referencia económica, y ésta referencia económica le imprime una condición comparativa, ya que se valora y se estima la pobreza de los países menos desarrollados en relación con la riqueza de los países más desarrollados

Del mismo modo, entendemos que la pobreza de la mujer, la inferioridad con que se sitúa lo femenino en el planeta lleva implícita, también la comparación con la superioridad del varón, y al igual que sucede con una gran parte de los países menos favorecidos que nunca podrán llegar alcanzar el nivel de desarrollo de los países ricos. Las mujeres, sometidas a la impetuosa necesidad de ser como el varón, jamás podrán llegar a ser un varón. Y, en ese intento la pobreza de la mujer se afianza y acrecienta, alejando a demás la posibilidad de que ésta, -como en esos países desfavorecidos- pueda desarrollar, con sus  recursos, sistemas de producción  propios en los que se favorezcan y potencien las cualidades propias que la identifican en su singularidad.

Ciertamente la referencia de lo femenino al hablar de pobreza es inevitable puesto que en todas las sociedades es una evidencia que la pobreza afecta con mayor contundencia, si cabe, a las mujeres.

Por ejemplo, en los países del sur, las políticas de ajuste afectan especialmente a las mujeres y así cuando los servicios sanitarios se recortan, las mujeres son las primeras en perder sus puestos de trabajo, viéndose obligadas a atender a los enfermos en casa, al disminuir el número de camas en los hospitales. Cuando se producen recortes en educación, las guarderías, los centros de mujeres y los programas de alfabetización para adultos son los primeros en sufrir las consecuencias. Cuando suben las tasas escolares, las familias prefieren enviar a la escuela a los varones, mientras que las hijas han de ayudar en la casa o son utilizadas como moneda de cambio con qué obtener unos pocos recursos. Cuando la vida se encarece, las mujeres tienen que ir cada vez más lejos a buscar alimentos baratos y, han de trabajar más horas y encontrar medios alternativos para ganarse la vida.

Desgraciadamente la realidad es que cientos de millones de mujeres tienen que sobrevivir como pueden y encargarse de la supervivencia de sus familias, asumiendo las ocupaciones más marginales o emigrando a las ciudades o a otros países.

Y mientras tanto, se mantiene esta combinación de responsabilidad familiar y subordinación social y económica fomentada y establecida por las estructuras sociales, culturales e ideológicas de la mayoría de los países con el beneplácito de sus representantes políticos, y por supuesto, a través de múltiples formas de violencia sexual, corporal, reproductiva, etc.

Evidentemente sería muy simple, por nuestra parte, decir que la mujer es pobre porque estadísticamente se ha comprobado que, a pesar de constituir, junto con los niños, más de la mitad de la población mundial, solo poseen el 1% de las riquezas del planeta. Esta definición se nos quedaría corta porque la verdadera pobreza es:

 La vulnerabilidad de este grupo de población, con respecto a acontecimientos que se escapan de su control. Ser pobre es mucho más que no tener para comer o no tener qué vestir o dónde dormir. Vivir en la pobreza es no tener capacidad para decidir y controlar los propios entornos y condiciones de vida. Ser pobre es ser dependiente, no estar organizado, estar bloqueado y dominado en las tomas de decisiones. Y en este sentido la mujer está especialmente empobrecida.

La opinión de la mujer cuenta poco o nada para sus gobiernos y sociedades; a penas tiene representación en los grupos donde se toman las decisiones. Socialmente se la mantiene en una posición predeterminada y rígida que la aboca a no poder desarrollar sus propias cualidades y cuando intenta hacerlo, el esfuerzo que supone es desalentador ante los imperceptibles cambios que se producen.

No obstante y, pese a lo desalentador, en principio de tanto esfuerzo, la vía sanadora que pueda dar otra visión de la pobreza que no sea la meramente económica, pasa inevitablemente por contemplarnos a nosotras mismas e indagar en nuestros adentros buscando dónde y cómo está en nosotras la pobreza. Sabiendo que la pobreza no es sólo  “carecer de”, sino también, sentirse incapaz de resolver situaciones difíciles o nuevas. Quedar bloqueadas o dependientes ante acontecimientos que nos hacen sufrir. Sabiendo que ser pobre es no poder decidir por una misma lo más adecuado o lo más grato. Y, desde esa visión ir haciendo consciente dónde y cómo somos pobres y dónde y cómo somos ricas, para ir, a veces con mucho esfuerzo, caminando paso a paso, hacia la búsqueda y el desarrollo de entender la vida a “nuestro” modo, sin compararnos ni competir por ello.

 

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