Revelando en Femenino. (Febrero)

“Revelar” significa etimológicamente “quitar un velo”. Descubrir o manifestar lo que estaba oculto, por ignorado o secreto.

En este sentido, cierto es que la mujer ha estado oculta bajo el velo de la ignorancia, de la minusvalía, de la pobreza,  a las que ha sido sometida durante milenios. Nos encontramos ahora ante el reto urgente de descubrir la sensibilidad, la inteligencia, el arte de lo femenino, que permanecen en el pozo de unas sociedades que sólo han visto a la mujer como un ser reproductor y como fuente de placer. Placer para otros, por supuesto.

Revelar con V, nos induce a considerar también su homónimo Rebelar, con B.

El homónimo, rebelar, con B, significa oponer total resistencia a una persona o a una cosa, especialmente a algo que se impone por la fuerza o por la costumbre, y ello nos ha llevado a una reflexión que es  la de darnos cuenta de que el germen de las revoluciones se ha apagado. La sociedad de consumo ha apagado –con mucha habilidad- el germen de la rebelión. Las democracias nos ofrecen un “bienestar material” y una “seguridad” que han hipotecado nuestra libertad. Bienestar y seguridad se han convertido, además,  en el objetivo de logro de los países que no gozan aún de ellas. Unos están satisfechos con lo que tienen y los otros están contentos con lo que aspiran a tener. La comodidad física y mental ha sido un tsunami que ha inundado las playas del rebelde, que con causa o sin ella, quería cambiar, transformar, renovar, algo que es inherente al espíritu humano.

Las rebeliones y revoluciones ya son un sueño de una humanidad romántica e idealista que parece que forman parte de los libros de historia.

Bien es cierto que la mujer ha tenido su  momento revolucionario “entre comillas”. La supuesta “liberación de la mujer” que se produjo a partir de los años 70 -y que venía con un recorrido desde comienzos del siglo XX, cuando se comenzó a reivindicar el voto femenino-, nos ha dado el poder acceder a determinadas libertades y derechos fundamentales, a expresarnos, a crecer y a comportarnos como seres individuales e independientes ante el mundo que nos rodea. Que esos logros han sido consentidos por el propio sistema social -al cual le interesaba más una mujer trabajadora y sin cortapisas sexuales (las que el propio hombre le había impuesto en otros momentos)- es algo que hemos comentado muchas veces. Consideramos que la mujer aún está por rebelarse con b, y para ello ha de revelarse con V, para reconocer la identidad que le es propia.

 

Y hemos de tener una especial alerta porque –además de no haber hecho nuestra propia revolución- empezamos a tener los mismos síntomas que la sociedad democrática: bienestar y comodidad; corremos el riesgo de quedar estancadas en una aparente logro y en una superflua igualdad de género.

Si nos sentimos satisfechas porque tenemos el peso ideal, el sueldo –o algo parecido a un sueldo- los hijitos que nos felicitan el día de la madre y el marido que nos llama “mama” , podremos decir que una vez más hemos sido domesticadas. Y que estamos absorbidas por una cultura que vive de forma automática rehuyendo instantes conscientes de reflexión que nos permitan descubrir  la insana cordura  en la que vivimos.

La vida, como expresión de la existencia es una revolución permanente, y nosotras mujeres -como expresión de vida- no podemos sentirnos cómodas.

Las mujeres –consideramos- tenemos pendiente  nuestra propia revolución, que no pasa por las armas, sino por servir a la comunidad humana en la revelación de nuevas perspectivas que muestren un futuro saludable para la especie.

* El presente artículo es parte de la ponencia presentada por el grupo de Inspiración Femenina en nuestro V Congreso Internacional a propósito de Revelando en Femenino.

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