Saber Estar (Junio-04)

Este mes nos inspiramos en el   Saber-Estar.

 

Plantearnos el “saber estar” de la mujer es adentrarnos en su propia historia, que sin duda la ha llevado a lo largo de los siglos a “estar de muchas maneras”. No porque estas surgieran espontáneamente de ella, sino por que se vio en la obligación de comportarse según modelos económicos, sociales y sobre todo sexuales, del momento que le tocaba vivir. Desde la “mater familias” romana, que casi no existía, jurídicamente hablando, hasta, la aún sacrificada ama de casa actual, pasando por la devota esposa medieval y  la lánguida y  esqualida enamorada del romanticismo.

Es difícil definir que es el “saber estar”, quizás porque no haya una definición. Definir las cosas es de alguna manera limitarlas y precisamente el “saber estar” es algo ilimitado, impreciso, voluble,  que exige una adaptación alegre a las circunstancias sin doblegar al “ser”, sin desvirtuarnos en lo que somos.

 

Pero, sí podemos aproximarnos a esta idea a través de la ciencia cuántica.

La mujer tiene ese atributo del “saber estar” quizás por su complicidad con la vida. Los sistemas vivos hasta donde los conocemos, se adaptan a todas las circunstancias, sin desdeñar ninguna. Los acontecimientos en la naturaleza no son conclusos, son procesos evolutivos, a través de los cuales las especies cambian, se diversifican, mutan… Es la vida que continua.

Las normas culturales nos impusieron modales, maneras, buenas costumbres, dentro de un espacio-tiempo y lugar.

 Sin embargo hoy día la física cuántica nos habla del comportamiento de la materia de una forma diferente.

 Primero, no existe la materia. Lo que vemos es energía, una forma de organizarse la  energía, con una determinada velocidad,  en donde el espacio y el tiempo no existen. La posición y la velocidad de las partículas no se pueden precisar, son relativas. Y esa forma de organizarse la energía ocurre en base a cumplir una función. Cuando la necesidad de dicha función desaparece, la estructura también desaparece y la energía aguarda para reorganizarse de otra manera.

Y además, el principio de incertidumbre de Heisemberg nos dice: “Es imposible determinar exactamente la velocidad y la posición de una partícula, al mismo instante”. A nivel subatómico la materia no está con seguridad en un lugar determinado, sino que más bien tiene “tendencia a existir” y los sucesos atómicos no ocurren con seguridad en determinados tiempos y en determinadas maneras, sino que tienen “tendencias a ocurrir”.

Estas tendencias se expresan como “probabilidades” y todas las leyes de la física cuántica, se expresan en estas probabilidades.

Esas cualidades propias de la mujer: Intuitiva, clarividente, están más ligadas con la probabilidad que con la certeza de lo establecido.

 

La ciencia ya no puede hablar en términos de “dogma de fe”, sino que nos habla con un lenguaje poético. La realidad trasciende el lenguaje ordinario.

 

De ahí que la mujer no deba obedecer a modelos pre-establecidos, sino que su estar lleva implícito el “saber estar”, como un reflejo de un modelo energético del universo. Y todo ello  por estar ella íntimamente  unida al misterio de la vida y de la energía.  Ella no ha tenido opciones de conocer la ciencia, pero ha presentido la vida.

Así sería el comportamiento de la mujer, es decir un “comportamiento cuántico”. Actúo ahora así en un momento, para esta circunstancia, sin prejuicio, ni juicio, y en un instante me puedo reestructurar   para otra circunstancia

A ello le colabora su forma de pensamiento: Integrativo, intuitivo, sintético, holístico y no lineal.

La energía se organiza de acuerdo a la necesidad, pero una necesidad de la vida, no por una necesidad de morales impuestas.

 

Adaptación alegre, no prejuicio y no juicio, la confieren una estética que nada tiene que ver con la educación recibida, las normas sociales ni las costumbres familiares. Es como la suave brisa que se impregna del aroma de una flor y al instante nos llega la fragancia de otra. La brisa es la misma, el aroma va cambiando.

Es importante que la mujer recupere su capacidad de contemplación que le lleva a no intervenir en los procesos, a permitir que las cosas ocurran como tengan que ocurrir. Quizás el “intervencionismo” fruto muchas veces del deseo de control –aspecto más masculino que femenino- le hace perder esa dulce presencia-ausencia del “saber estar”.

Y tal vez esta sea la clave. Como la energía, nos configuramos en un instante de una determinada manera para estar ante un acontecimiento, pero ese estar no es previsible, no es medible y desde luego es cambiante.

  En la medida en que la mujer vaya recordando su ser, su estar se verá modificado y será un estar más pasajero, menos previsible, más sutil, en general y en particular ante un acontecimiento concreto  Podemos desarrollar ante las circunstancias ese dulce estar ausente, sutil, sabiendo que estamos de paso, que estamos aquí, pero no somos de aquí.

 

Configurando una estética del vivir, en donde la referencia son los procesos creativos de la creación. De la estética de la naturaleza, de un amanecer, de un atardecer, incorporamos aspectos. Componer y recomponer los elementos de tal forma que en alguna medida repliquen o estén en sintonía con eso que yo observo en la naturaleza.

La estética busca un equilibrio y sobre todo una interacción con el medio en donde no haya estados de preponderancia, sino de significancia. En donde nada es más importante que nada.  Estás en tu lugar porque tu sabes que ocupas un papel o que tu estar significa algo en una circunstancia, pero sabes estar en armonía con el significado de todo lo que te rodea en ese instante. Saber interrelacionarte con todo, porque sabes que todo en ese momento tiene un significado y eso es lo que le da belleza, equilibrio y armonía a un sistema, a una circunstancia.

 

Ese saber estar con este criterio de estética, tiene un carácter sanador, porque busca el equilibrio y la sintonía con el entorno y sabemos que cuando el ser pierde esa sintonía enferma.

Nuestra alma tiene un ánima, un código que me permite estar en comunicación con todo lo creado, sin que haya una agresión o sin que mi actividad provoque ser agredido.

Ese código del alma es la ética, no la ética marcada por los sistemas religiosos, morales, políticos, sino una ética que está más relacionada con la actitud que yo tengo ante mi medio interno y ante el entorno.

Todo ello me hace tener una elegancia, de tal manera que tenga una armonía en mis movimientos, en mis quietudes. De tal forma que el gesto brusco, al posición violenta no tienen ninguna preponderancia. Es aquel gesto que te recuerda a la suavidad, no hay elementos violentos, no hay elementos bruscos, sino que quizás sea el arte de saberse mover y aquietar sin brusquedad.

 

Quizás el mejor patrón de belleza es aquel que resalta lo que cada uno es y evidentemente en esa medida mi organismo va a funcionar en lo que debe de ser y para lo que ha sido creado. En esa medida la enfermedad, probablemente no sea una necesidad, sino que sea un estorbo.

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