Sangre-I (Abril-04)

Este mes nos inspiramos en la sangre.....

 

.... Porque la sangre menstrual de la mujer ha sido fruto de numerosas supersticiones, tabúes y prohibiciones a lo largo de la historia de la humanidad. Y, muy por el contrario de ser un motivo de crecimiento, de evolución y renovación, la mayoría de las culturas lo han convertido en una más de las mutilaciones femeninas.

En este artículo queremos profundizar en cómo nuestra cultura ha concebido el hecho menstrual y las implicaciones que ello tiene sobre cada mujer, desde elegir una u otra marca de compresas, hasta sentirse invalidada para realizar sus haceres. Y que todo ello nos sirva de trampolín para lanzarnos a un nuevo océano donde la sangre esté libre de culpa.

 

Nuestra cultura judeocristiana es, como su propio nombre indica, heredera de la cultura hebrea, y se hace imprescindible conocer primero cómo conciben ellos la menstruación de la mujer, para poder entender el carácter que ha adquirido la etiqueta menstrual en nuestra sociedad actual.

Si nos remontamos a los tiempos de las doce tribus de Israel, las mujeres de esas tribus nómadas vivían su menstruación de una forma muy curiosa. En cada tribu había una tienda en donde entraban sólo las mujeres que estaban menstruando y allí permanecían durante los días que durase la menstruación. Por aquel entonces todas las mujeres que convivían juntas menstruaban a la vez, con lo cual había tres, cuatro o cinco días al mes que todas las mujeres de la comunidad se dedicaban a sí mismas y se alejaban del resto del mundo. Allí, en la haima, dejaban que su sangre se derramara sobre la paja, como un tributo a la tierra. Así como su primera sangre, la sangre de la menarquia, era ofrecida en ritual a los dioses que tenían cada una de esas tribus.

No sabemos con precisión si esta separación de las mujeres provenía de una necesidad de ellas, o por el contrario, ya estaba establecido en la mentalidad humana que la mujer menstruante era un elemento "contaminante" para el resto de la sociedad. Pero lo cierto es que con la aparición de la Torá las cosas comienzan a cambiar considerablemente.

En la ley judía hay todo un apartado especial que especifica la forma en que la mujer ha de vivir su menstruación. Estas leyes se denominan el "Sistema Taharat Hamishpajá", todo un compendio de complicadas y meticulosas leyes que establecen la abstinencia de contacto físico entre mujer y esposo durante el periodo de la menstruación y los siete días posteriores a ésta. Es curioso comprobar que el significado de "Taharat Hamishpajá" es "pureza familiar". O sea que estas leyes están encaminadas a la conservación de la pureza familiar, no a la pureza femenina, que sería "Taharat Haisá"

Durante los días de la menstruación y los siete siguientes, antes de que la mujer se sumerja en un baño ritual en una mikvé, la mujer es considerada en estado de Nidá. La raíz de esta palabra es "Nadad", que significa "separarse". Mientras se halla en estado de Nidá, la mujer se separa del esposo, evitando cualquier tipo de contacto físico, pues ese estado de Nidá hace a la mujer impura. La Torá no sólo prohíbe las relaciones maritales, sino todo tipo de contacto físico: "Y no llegarás a la mujer en el apartamiento de su inmundicia, para descubrir su desnudez".

La Torá establece que una mujer se vuelve "Tmeá" (ritualmente impura) en el momento en que tiene algún tipo de sangrado uterino, sea por la causa que sea. Toda mujer, incluso en época de lactancia, embarazo o menopausia, que descubre una descarga de sangre originada de su útero entra en estado de Nidá. Es decir: Impura. Por tanto, podemos entender que para el judaísmo, el útero femenino y su sangrado es una continua causa de impureza.

De ahí que en el Nuevo Testamento se describa a la hemorroísa como una mujer casi endemoniada. Probablemente fuera una mujer que sufría de metrorragias, pero en una cultura donde cualquier mínima mancha de sangre es motivo de impureza, e impide el contacto físico a cualquier nivel, una mujer sangrando a toda hora era lo más espantoso que podían concebir.

Las leyes del Taharat Hamishpajá establecen que cualquier descarga uterina que tenga un color que no sea blanco, azul o verde, puede determinar que la mujer se haya en estado de Nidá. Hasta donde podemos comprender, una descarga uterina de color azul o verde puede ser causada por algún tipo de infección. Sin embargo, a eso no lo consideran impureza.

Por supuesto, según este sistema de leyes, la mujer no tiene capacidad por sí misma para determinar cuándo una mancha puede ser motivo de entrar en estado de Nidá, con lo cual tiene la obligación de mostrar la susodicha mancha a un Rabino, y él determinará si es una mancha impura o no. Mientras todo esto se decide, la mujer debe separarse de su marido, tanto en su relación sexual, como en cualquier tipo de contacto físico: No pueden tocarse, no pueden sentarse juntos sin que haya un objeto o persona por medio, no pueden servirse comida uno al otro, el esposo no puede comer de las sobras del plato de la mujer -aunque ella sí puede comer las sobras de él..... como cualquier animal doméstico-, la mujer no puede desnudarse delante del marido, él no puede oler el perfume de ella ni oír su canto..... y muchas más detalladas normas que apuntan a pensar que la mujer en este medio se ha de sentir absolutamente culpable de su existencia como ser mujer, ya que es un continuo motivo de impureza y peligro para su marido e hijos.

El sistema Taharat Hamishpajá estipula que desde el comienzo de la menstruación se establece esa separación de la mujer. Cuando el sangrado cesa se produce el "Hefsek Tehara" que es la confirmación del fin del periodo menstrual, y exige una inspección interna de la vagina para verificar que el sangrado ha cesado totalmente. Una vez verificado, la mujer comienza a contar los "Shivá nekim", es decir, los siete días sin mancha; cada uno de los cuales debe realizar dos revisiones vaginales internas diarias, denominadas "Bdikot", que consiste en introducir un paño de algodón llamado "Ed" en la vagina. La traducción de "Ed" es "Testigo". Así pues la mujer hebrea tiene que introducir en las entrañas de su vientre un testigo dos veces al día durante siete días.

Después del séptimo, se introduce en una mikvé; literalmente traducido, "mikvé" significa "colección", y se refiere a una pileta conteniendo una colección de agua que no haya sido tocada por el ser humano, es decir, agua de lluvia o proveniente de un río, como baño ritual para pasar del estado de Nidá (impura) al estado de "Tehorá" (pureza), a partir del cual ya se pueden establecer las relaciones matrimoniales.

El mismo tratado de Nidá nos revela cuál es una de las causas profundas de estas leyes, y nos sorprende comprobar que ante la pregunta "¿Porqué la Torá requiere que la mujer sea impura durante siete días después a su menstruación?", la respuesta que da es: "Porque el esposo podría aburrirse y cansarse de ella. Por ello la Torá declara: 'Déjala impura durante siete días, de modo que sea tan apreciada por su marido como cuando entró por el palio nupcial'.

Sin embargo, también podemos darnos cuenta que finalmente estas leyes apuntan a uno de los objetivos fundamentales del judaísmo: La fertilidad y la función exclusivamente procreadora de la mujer. Porque prohíbe las relaciones sexuales durante el periodo en que la mujer es menos fértil (durante la menstruación y los siete días posteriores) y las permite a partir de esos siete días, que es justo cuando la mujer ovula. Es decir, todo parece dirigido a la procreación.

También en los libros educativos para mujeres judías, aparecen otros argumentos como que: "La descarga vaginal es ácida y, por lo tanto, antiséptica. En cambio, durante la menstruación la descarga es alcalina, y retoma su acidez natural aproximadamente después de una semana. Por tanto, durante este periodo la vagina carece de protección natural y está más proclive a infecciones. Durante la menstruación, una capa de tejido uterino es eliminado y, por tanto, el canal uterino se asemeja a una gran herida, la cual le hace susceptible de la entrada de gérmenes"

 

Ante este panorama, no es difícil darse cuenta que nuestra cultura actual arrastra una pesada herencia de asociación entre la sangre menstrual y la impureza, lo podrido, lo malo, la muerte..... De hecho, muchas leyes relativas a la "Tumá" (impureza) tienen relación con la ausencia de vida. Por ejemplo, el contacto con un cadáver o con los restos de un animal definen a la persona en estado de "Tamé" (impureza). Por tanto, el estado de Nidá en el que entra la mujer se relaciona también con un periodo de muerte. Y..... ¿quién quiere tocar a un cadáver?

Cargando ese lastre de muerte y de suciedad, en nuestra cultura judeocristiana, más específicamente en nuestros días, donde el capitalismo y el consumo se han impuesto como la nueva religión, la menstruación se ha convertido en un mercado, en un negocio en donde la industria de productos menstruales se basa en las inseguridades femeninas para lanzar sus productos, y se vale de campañas para maximizar dichos temores.

Esta industria de "higiene femenina", amparada en los conceptos heredados del judaísmo, se ha encargado de recordarle a la mujer que la menstruación es indeseable y que su llegada, duración y desaparición han de pasar lo más desapercibidas posible. Todo anuncio publicitario de protección femenina subraya la supuesta humillación que representa que los demás sepan de tu menstruación, y que incluso el hecho de adquirir productos menstruales es un motivo de vergüenza, con eslóganes como: "Sólo tú sabrás para qué sirven".

Y bajo la estela de la humillación y la vergüenza, la empresa Tampax saca en 1936 su primer anuncio de tampones bajo el eslogan de: "Damos la bienvenida al nuevo día de la feminidad". "El mundo femenino, nuevo por completo" "Después de 2000 años de sentirte sola ante tus problemas, ¡por fin llega la solución!". Más adelante, Tampax saca anuncios como: "Aunque a veces quieras llamar la atención sobre tu persona, no conviene que los demás sepan que llevas compresa. Por muy delgada y discreta que sea la compresa, lo más probable es que se note. Cosa que no sucede con el tampón Tampax, que llevas en tu interior, de forma que te protege antes, sin que nadie se de cuenta que lo llevas puesto". Era evidente, la industria se había encargado de afianzar mucho más un temor y un complejo femenino y se iba a enriquecer con ello; así, aparecieron los tampones.

Pero la industria no se conformó con eso, sino que las campañas de compresas desechables se encargaron de remarcar otro viejo temor: La posibilidad de malos olores. Un anuncio publicitario de los años 20 decía: "Muchas mujeres son culpables sin saberlo. En ocasiones pueden ser muy desagradables para quienes se acercan. Cuando se dan cuenta de ello, el temor se vuelve constante". Ya en los años 40, Playtex sigue jugando con las mismas inseguridades a través de anuncios como: "Lo mejor del tampón que usas es que elimina los olores..... ¿Los elimina de veras?". Y entonces se ve la imagen de una chica, en una fiesta, a quien nadie quiere acercarse. Y el anuncio añade: "Elimina cualquier duda sobre los posibles olores íntimos, de un modo sutil y femenino que te otorgará total seguridad". También utilizaron la insistencia en la confidencialidad: "Tu menstruación es un secreto que compartimos contigo". "Tampax es confianza; nadie sabrá que tienes el periodo".

Además, la industria de higiene femenina descubrió una nueva mina de oro: La adolescencia. En 1993, la empresa Tambrands declaraba: "Si conseguimos persuadir a las jóvenes adolescentes de que adquieran nuestro producto, conseguiremos hacernos con una clientela que nos será fiel durante 35 años". Y la ansiedad llevó a las chicas a comprar tampones, y además, la misma publicidad les sugería utilizarlos también entre periodo y periodo a fin de absorber descargas vaginales. Un estudio británico realizado en 1997 demostraba que 1 de cada 5 muchachas utilizaban protección sanitaria entre periodo y periodo con este mismo fin. ¿No les recuerda en alguna medida a el estado de Nidá de la religión judía?

Pero lo que nadie decía era que los tampones llevaban una proporción considerable de Dioxina. La dioxina es un componente potencialmente tóxico originado durante el proceso de aclarado mediante cloro, empleado en la industria papelera. La mayoría de los actuales tampones contienen rayón: Un derivado de la pasta de papel, y eso posibilita la aparición de determinados niveles de dioxina en ellos.

La dioxina es potencialmente cancerígena y resulta tóxica para el sistema inmunológico, pudiendo provocar también defectos de nacimiento. También produce disminución en el tamaño de los testículos y del esperma en los hombres. En las mujeres aumenta la posibilidad de endometriosis. Es probable que el estallido de la endometriosis en nuestros días se deba al uso indiscriminado de tampones. Porque probablemente 73 millones de mujeres estén acumulando dioxina en su organismo a causa de los tampones, teniendo en cuenta que utilicen 5 tampones al día, cinco días a la semana, durante 38 años de menstruación, da un total de 11.400 tampones a lo largo de una vida.

En 1997 diversos estudios declaran que "no existen niveles aceptables de dioxina". Pero la industria de higiene femenina establece una encarnizada lucha para ocultar los datos y negar en todo momento que los niveles de dioxina hallados en los tampones son perjudiciales para la salud. Hemos de tener en cuenta que la industria de protección sanitaria femenina factura 1700 millones de dólares al año, sólo en EEUU. ¿Quién se está enriqueciendo con la menstruación? El componente mayoritariamente masculino existente entre los consejeros, delegados de las industrias de productos menstruales, ejecutivos, publicitarios.... los hombres que han establecido el modo en que las mujeres deben verse a sí mismas, definiendo lo que éstas deben sentir en relación con sus cuerpos y su sexualidad.

La etiqueta menstrual tiene importancia porque las mujeres están siendo manipuladas. Y el pacto de silencio entorno a la higiene menstrual ha dejado a numerosas consumidoras con escasa información que valorar y todavía menos poder de decisión.

En 1980, 38 mujeres fallecieron en EEUU a causa del síndrome del "shock tóxico" relacionado con el tampón. El tampón Reley fue el primer causante. Contenía unos componentes sintéticos súper absorbentes que constituían un campo de cultivo idóneo para el estafilococo aéreo. Por tanto, el "shok tóxico” parecía vinculado a los altos niveles de absorbencia del tampón. Pero la industria no dejó de fabricarlos, sino que, por el contrario, se conformaron con aconsejar a las consumidoras el utilizar tampones que no tuvieran mucho nivel de absorbencia. En 1990, 60.000 mujeres ya habían sido afectadas por el síndrome del shock tóxico.

Ésos son los datos que nunca se conocen, que nunca salen a la luz, para permitir que en una sociedad como la norteamericana, el 70% de las mujeres utilicen tampones, y que de los 1700 millones de mujeres menstruantes del resto del planeta, 100 millones hagan lo mismo. En Asia y Latinoamérica, sólo el 3% usan tampón.

Así es como la mujer se ha utilizado como campo de consumo, pero no sólo por la industria de higiene femenina, sino por la industria farmacéutica y los laboratorios químicos, pues su menstruación, además de ser algo bochornoso y que hay que ocultar a toda costa, se ha convertido en una enfermedad. Si contemplamos con detenimiento el desarrollo de la menstruación como motivo de enfermedad, durante este último siglo, podemos descubrir cuáles son las causas ocultas y los intereses que tiene la sociedad en convertir un fenómeno natural en una patología.

"Parece como si cada vez que la mujer pidiera acceso a algún ámbito determinado, surgieran multitud de estudios determinadores de que el ciclo menstrual convierte a las mujeres en inadecuadas para acceder a esos ámbitos”.

En 1887, año en que se discutía el ingreso de las mujeres en las facultades de Medicina, el "British Medical Journal" publicó un debate sobre si las mujeres menstruadoras podían contaminar la carne al tocarla. Cuando las mujeres insistieron en sus derechos reconocidos, accedieron a la universidad y destacaron en todos los campos del saber, el debate sobre la menstruación pasó de abordar el papel de la mujer en la educación, a abarcar el papel de la mujer en la vida pública en general.

Cuando todo abogaba por la inclusión de la mujer en la política, los expertos contraatacaron con nuevos estudios demostradores de que la mujer pertenecía naturalmente al ámbito doméstico. Entre los argumentos de estos expertos, la menstruación jugaba un papel relevante, porque las hormonas eran poco de fiar.

El cambio de siglo asistió al nacimiento de una verdadera psicología del ovario, donde todos los trastornos psíquicos eran causados por los ovarios y se realizaron multitud de ovaroctomías, que en su equivalente actual son las histerectomías. Los médicos determinaron los trastornos menstruales como una epidemia, justo cuando las mujeres comenzaban a pedir una mínima participación en la política y a expresar cierta insatisfacción con el papel que les tocaba asumir. Se consideró, entonces, que la única cura de este síndrome era el reposo absoluto en una habitación a oscuras y abandonar toda actividad.

Después de que las mujeres obtuvieran el derecho a voto en 1920, la controversia se diluyó un poco.

En 1940, ante la Segunda Guerra Mundial, aparecieron pruebas de que las mujeres era capaces como los hombres, incluso durante la menstruación, y que había llegado el momento de que se unieran al esfuerzo de la guerra. Durante la Segunda Guerra Mundial, las supuestas limitaciones originadas por la menstruación fueron tachadas de tonterías. La tendencia imperante era la opuesta y se basaba en la necesidad de que las mujeres se alistaran en el ejército y ocuparan los puestos de trabajo que los hombres habían tenido que dejar para marchar a la guerra.

Terminada la guerra, momento en que convenía reducir el cuerpo femenino del ejército, y los hombres volvían a sus trabajos, las mujeres empleadas en las fábricas fueron devueltas al hogar, a la vez que de nuevo aparecieron estudios demostrando que “los niños necesitaban a sus madres en casa, que el trabajo representaba un peligro en potencia para el feto y que el ciclo menstrual convertía a las mujeres en trabajadoras menos competentes que los hombres."

Justo en ese momento, en torno a 1950, aparece la doctora Dalton, dando nombre a la masiva afección que todavía hoy sufren las mujeres: El Síndrome Premenstrual. Síndrome que, desde su bautizo hasta nuestros días ha ido incorporando un listado de unos 150 síntomas. La doctora Dalton tras dar nombre a este síndrome, aportó el tratamiento de megadosis de progesterona, a pesar de que ningún estudio ha comprobado que en el síndrome premenstrual los niveles de progesterona sean bajos. Ella basa su tratamiento en que a ella le curó unos terribles dolores de cabeza que tenía, y que le habían desaparecido durante el embarazo -momento en que la progesterona está más alta- y en base a ello comenzó a recetarlo a sus pacientes. Esta doctora Dalton no tiene dudas de que la insatisfacción femenina siempre tiene origen hormonal.

De hecho, este término "Síndrome Premenstrual" (SPM) se ha transformado en conveniente justificación de casi todas las quejas femeninas, como recurso para quitar importancia a la indignación femenina, tantas veces justificada, atribuyéndolo todo a un mero desajuste hormonal. Pero ningún experimento científico fiable ha demostrado que detrás del SPM haya una fluctuación hormonal. Aún así, todos los expertos afirman que se debe las hormonas. Por tanto, si se trata de una cuestión física, hay posibilidad de curación y de lucrarse con ello: El nuevo negocio para la industria farmacéutica: Megadosis de progesterona.

Actualmente ningún estudio ha sido capaz de demostrar la utilidad de la progesterona en este síndrome, y se han hecho ocho estudios de doble ciego -es decir, en los que ni el médico que receta, ni el paciente saben que el medicamento es un placebo- que demuestran que la progesterona tiene la misma efectividad que un placebo.

En 1995, el Doctor Steiner anunciaba haber dado con una cura para el SPM: El Prozac. Y parecía una solución conveniente para todos: Los médicos se quitaban de encima a sus pacientes, las compañías de seguros se evitaban los gastos en psicoterapias, y las empresas farmacéuticas se hacen con una nueva casta de clientes: Las mujeres menstruantes. Pero lo que nadie dijo fue que los estudios que hizo el doctor Steiner para determinar la efectividad del Prozac fueron financiados por los fabricantes del mismo producto.

También en 1995 se hizo un estudio con estudiantes de psicología, en el que tenían que hacer encuestas sobre los síntomas de dicho síndrome, sin ellos saber de que enfermedad se trataba. Al dar el listado de síntomas descritos, tanto hombres como mujeres se adjudicaban haberlos padecido. Pero cuando en la misma encuesta aparecía el nombre "Síndrome premenstrual", la mayoría de las mujeres se los adjudicaban y ningún hombre declaraba tener ninguno. El estudio concluía en que: "Emociones en principio comunes a ambos sexos, tales como la tensión, ansiedad, irritabilidad, y furia se convierten en síntomas exclusivamente femeninos tras su asociación a trastornos menstruales".

Las mujeres presas del SPM muestran menor autoestima y mayor tendencia a culparse a sí mismas, se sienten más culpables por su malhumor, tienden a quedarse de brazos cruzados ante los problemas en vez de afrontarlos desde el principio, son más reservadas y están más estresadas. En definitiva, la sintomatología se acerca mucho a la definición aceptada socialmente de lo que debe ser una mujer.

La realidad es que en una sociedad en donde la mujer está sometida a una doble tensión, en su trabajo y en su casa, donde tiene que competir mucho más que un hombre para demostrar que vale, y donde finalmente se sigue sintiendo inferior, no es de extrañar que de vez en cuando se irrite y se indigne por la condición que le toca vivir. Pero la sociedad, astutamente, le ha hecho creer que esos ataques de furia son un problema hormonal. No queremos decir con esto que no exista el SPM, pero al atribuir la irritación de las mujeres al síndrome premenstrual, la sociedad se lava las manos, porque los fármacos y los métodos curativos son más fáciles de aplicar, que la transformación de la sociedad.

Esto es lo que hay, señoras, una cultura que ha heredado el concepto de la impureza de la sangre de la mujer, y que le ha sacado provecho a través del negocio de la industria y la farmacéutica, y unas mujeres que, sin darse cuenta, siguen obsesionadas por ocultar que simplemente tienen la menstruación, que simplemente…. son mujeres. Y eso ha hecho que perdamos el conocimiento de lo que es realmente la menstruación para la mujer, en cuanto a elemento de renovación permanente de sangre. Cosa de la que el varón carece. Él no tiene la posibilidad de renovar su sangre como la tiene la mujer, de pasar cuatro ciclos bien distintos cada mes, de convertirse, después de cada menstruación, en un ser diferente….

Quizá nos hayamos extendido mucho en el análisis cultural, pero sentimos que forma parte de la sanación, el conocer cuáles son los factores que nos están condicionando a la hora de vivir nuestras menstruaciones y nuestro sentir de mujer. Y sentimos que es imprescindible que, como mujeres, nos lo transmitamos, que informemos a las nuevas generaciones, a las muchachas que empiezan o que van a empezar sus ciclos menstruales. Es imperioso que eduquemos a nuestras hijas y las enseñemos que la menstruación no es un pecado, que no es un motivo de vergüenza, que no tienen por qué ocultar sus compresas en el bolso como si fueran un artículo prohibido o humillante. Es necesario que aprendan a no dejarse manipular por la industria y a conocer mejor sus cuerpos, sus fluctuaciones emocionales, sus ciclos…. Que sientan que sus mareas son algo hermoso, que es bello ser cambiante, que es mágico ser cíclica, como cíclico es el universo en que habitamos.

 

No queremos dejar un espacio reducido a las propuestas que la Escuela e Inspiración Femenina tienen que aportar a la menstruación. Por ello, sentimos que, mejor que dejarlo como culminación de este artículo, es necesario otro artículo entero para esas propuestas. El próximo mes nos adentraremos en otra forma de vivir la sangre menstrual, sus implicaciones en la mujer, su visión según la Medicina Tradicional China y su función como vía y desarrollo de la inmortalidad.

Mientras tanto, no está demás que cada una comience a reflexionar sobre la cantidad de tabúes, comportamientos adquiridos y sentimientos manipulados que albergamos en torno a nuestra propia sangre…. Esa sangre que es un signo de vida, una esperanza de aliento que sabe ser certera y delicada…. como las olas que se acercan a la orilla de una playa…. llegan, limpian, renuevan….. y se van, dejando la arena suave y extendida, como si jamás nadie hubiera pisado por allí.

 

Ya han sido suficientemente pisadas las playas de nuestras matrices. Dejemos que cada marea vaya borrando las huellas de sus cicatrices.

ACCESO

RED INSPIRACIÓN

ESCUELA NEIJING

CONTACTO

 

 

COMUNICACIONESTIAN

 

TIANTV