Ser Mujer implica BELLEZA (Abril-11)

Ser mujer implica…. BELLEZA.

En su libro “El Profeta”, Kahlil Gibran expresa con maestría un sentido de la belleza.  Nada mejor para hablar  de belleza que la poesía. Por eso, nos hemos atrevido a comenzar este articulo con sus palabras:

Y un poeta dijo: Háblanos de la Belleza.

Y él respondió:

La Belleza ¿Dónde buscaréis la belleza y cómo haréis para encontrarla a menos que ella misma sea vuestro camino y vuestro guía? ¿Y cómo hablaréis de ella, a menos que ella misma teja vuestro hablar?

El agraviado y el injuriado dicen: "La belleza es gentil y buena. Camina entre nosotros como una madre joven, casi avergonzada de su propia gloria."

Y el apasionado dice: "No, la belleza es cosa de poder y temor. Como una tempestad sacude la tierra bajo nuestros pies y el cielo sobre nosotros."

El cansado y rendido dice: "La belleza está hecha de blandos murmullos. Habló en nuestro espíritu. Su voz se rinde a nuestros silencios como una débil luz que se estremece de miedo a las sombras."

Pero el inquieto dice: "La hemos oído dar voces entre las montañas. Y, con sus voces, se oyó rodar de cascos y batir de alas y rugir de leones."

Durante la noche, los serenos de la ciudad dicen: "La belleza vendrá del este, con el alba."

Y, al mediodía, los trabajadores y los viajeros dicen: "La hemos visto inclinarse sobre la tierra desde las ventanas del atardecer."

En el invierno, dice el que se halla entre la nieve: "Vendrá con la primavera, saltando sobre las colinas."

Y, en el calor del verano, los cosechadores dicen: "La vimos danzando con las hojas de otoño y tenía un torbellino de nieve en su pelo."

Todas estas cosas habéis dicho de la belleza. Pero, en verdad, hablasteis, no de ella, sino de vuestras necesidades insatisfechas. Y la belleza no es una necesidad, sino un éxtasis.

No es una sedienta boca, ni una vacía mano extendida. Sino, más bien, un corazón ardiente y un alma encantada.

 No es la imagen que veis ni la canción que oís. Sino, más bien, una imagen que veis cerrando los ojos y una canción que oís tapándoos los oídos.

No es la savia que corre debajo de la rugosa corteza, ni el ala prendida a una garra. Sino, más bien, un jardín eternamente en flor y una bandada de ángeles en vuelo eternamente.

Pueblo de Orfalese, la belleza es la vida, cuando la vida descubre su sagrado rostro. Pero vosotros sois la vida y vosotros sois el velo.

La belleza es la eternidad que se contempla a sí misma en un espejo.

Pero vosotros sois la eternidad y vosotros sois el espejo.

Kahlil Gibran

El poema de Gibran nos muestra cómo la humanidad hizo la belleza a su imagen y semejanza y la amoldó a la medida de sus necesidades. Todos creyeron saber qué era, y la miraron tras el cristal de sus propias lentes, hasta terminar olvidando su verdadero origen e identidad. ¿A caso no ha ocurrido lo mismo con la mujer? No por casualidad la imagen de la belleza siempre se relaciona con una entidad femenina. Pero… ¿cómo fue posible que la belleza quedara tan desvirtuada?

Quizá la Belleza estaba antes de antes… antes incluso de que nada hubiera. Según fueron llegando los seres, ninguno se apercibió de ella. Cada cual fue desarrollando su quehacer, mientras que ella adornaba cualquier acto. Así, poco a poco, la belleza se diversificó en todo lo que se llamó VIVO.

Antes, justo antes de que surgiera el tiempo, ella -en silencio- dio sentido a todo lo que existía, pues fue profundizando en todas las cosas. Y aquellos que contaban el tiempo, no pudieron evitar sentir algo especial por dentro. Fue así que poco a poco los relatos, los cuentos, los descriptores, empezaron a hablar y, en el habla, ella empezó, tímidamente,  a insinuarse.

Miles e incontables estilos y versiones  se dieron de ella.

Sí,  en aquel remoto comienzo de los tiempos, la belleza era una absoluta necesidad, y cada cual, a su manera trataba de mostrarla, de enseñarla como un trofeo. Ahí empezó –quizás- el drama de la belleza, cuando los trofeos se enmarcaron en vitrinas y empezaron a ser propiedades. Cada uno tenía su propio trofeo, su propio criterio…. Y se fue perdiendo el aroma universal de aquella que había dado sentido a Todo.

Empezaron a dictarse normas, leyes, artículos, permisividades y prohibiciones.  Ella dejó de ser libre.

Con el correr de los tiempos se la relegó a una costumbre. Luego se la degradó aún más y se la convirtió en moda. Casi seguidamente pasó a convertirse en: “Lo que se lleva”. Desde su vitrina, la belleza, convertida en “lo que se lleva”, lloraba en silencio sin comprender cómo la habían podido olvidar tan fácilmente.

Un día, los habitantes de aquel mundo, se empezaron a cuestionar su existencia y su presencia.  “¿Para qué hace falta? ¿Qué produce? ¿Qué renta da?”.  Alguien dijo también: “¡Prescindamos de ella!, lo importante es la comodidad, el rendimiento, la producción. ¿Por qué tenemos que cargar con ella? Eso era cosa de los antiguos”.

El cristal de aquella vitrina se empezó a llenar entonces de letreros de “Rebajas” y “Liquidación por fin de temporada”. En ese momento se escuchó, entre quejas de dolor, la voz de la Belleza: “Pero si soy la expresión de la madre de todas las cosas… ¿Por qué no me reconocéis?”

 

Esta historia, bien podría ser la historia de cualquier mujer… o de todas las mujeres, o quizá mejor de: La Mujer.

Ella, como representante de la belleza en la especie humana, también fue considerada un trofeo, un botín de guerra. Fue, en alguna medida, encarcelada en vitrinas, en escaparates, en jaulas doradas donde todos la podían contemplar. Fue convertida en moda, en “lo que se lleva”, y en muchas otras cosas... Y cuando todo ello empezó a ser inútil y la sociedad dejó de necesitarla tras el cristal, las mujeres se rebelaron contra la belleza, pensando que así, escaparían de las vidrieras en las que habían sido colocadas.

Contentas y satisfechas, las mujeres –desprovistas de la belleza- se lanzaron al mundo luchando por un ideal de libertad que no era suyo; abrieron zanjas en sus sentimientos y levantaron trincheras que las protegieran del entorno; cantaron y gritaron himnos que las ayudaran a convencerse de que lo que estaban haciendo era correcto. Cargaron armas de indiferencia y frialdad, para sentirse seguras ante el nuevo mundo que habitaban. En sus ansias de libertad, rompieron todos los espejos, para que nunca más las encarcelaran tras una imagen… y, sin darse cuenta, las mujeres nunca más se vieron a sí mismas.

Hasta que un día… la madre de todas las cosas –la belleza- desde su exilio, comenzó a llorar con tanta intensidad por el olvido de las mujeres, que del cielo comenzó a brotar una lluvia interminable. Llovía a todas horas, en todos los lugares… un agua que no se dejaba secar con nada. Las  mujeres, empapadas de aquella extraña lluvia, expresaban todo tipo de quejas por aquella incómoda situación.

En todas las calles, los caminos, los parques… en todos los lugares empezaron a aparecer charcos y charcos, tantos como mujeres había en el mundo. Cuando, por fin, aquella lluvia cesó –porque la belleza se había quedado sin lágrimas- aquellos charcos quedaron en calma, como espejos vivientes. Las mujeres, por primera vez desde que salieron de las vitrinas, se vieron reflejadas en ellos. Y lo que vieron en el reflejo de aquellas aguas… era tan carente de belleza, que fueron ellas las que comenzaron a llorar. Un llanto silencioso, de lágrimas ardientes.

De pronto, una de ellas exclamo desde lo más profundo de sus entrañas: “¡Es ella! Es la belleza! ¡Está aquí, en estas extrañas aguas, en estos incomprensibles charcos! ¡Ha venido a  rescatarnos de tanto olvido!”

Las mujeres, se empezaron a mirar unas a otras, y  de la misma forma que la luz tímidamente inunda el día en la mañana, entre ellas empezó a nacer un germen de esperanza.

Otra de ellas, se empezó a desnudar y se metió entera en uno de los charcos mientras gritaba: “¡Solo tenemos que ser quienes somos! ¡Auténticas! ¡Es lo que nos está pidiendo la belleza!”

Las mujeres se preguntaban unas a otras: “¿Ser quienes somos? ¿Autenticas…? Y eso, ¿cómo lo hacemos?”

Otra de ellas, la más tímida, se atrevió decir: “¡Quitémonos de momento lo que no es nuestro; todas estas caretas que nos han impuesto!” Y de la misma forma, se empezó a desnudar para meterse en uno de los charcos.

 Poco a poco, las demás la siguieron, y todas las mujeres se empezaron a quitar los harapos que las ocultaban. Sus cuerpos desnudos jugaban y retozaban con aquellas extrañas aguas… de  vida, con aquellas extrañas aguas de… belleza.

Fue así, como las mujeres descubrieron que su cárcel no se encontraba solo en las vitrinas de cristal o en los escaparates donde habían sido esclavizadas, sino en sus propias mentes, en sus cuerpos y en sus corazones. Y que la belleza, lejos de ser un elemento de esclavitud -como hasta entonces les habían mostrado- es una vía de liberación para descubrir QUIENES SOMOS. Descubrieron, que la belleza no estaba en una talla, ni en una pestaña bien parada; que tampoco estaba en un armario de moda ni en unas manos amaneradas. Estaba en la autentica expresión de cada alma.

Discúlpennos, queridos lectores, si -por descuido-, hemos dejado volar nuestra imaginación y hemos permitido a las palabras de este articulo desenvolverse en la fantasía de un cuento. Sin duda, sentíamos que era la mejor forma para hablar de la belleza.

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