Ser Mujer implica CONSUELO (Octubre-11)

¿Qué no se daría en ciertos momentos por un instante de consuelo?

Nos acompañó el consuelo desde niños, cuando llorando acudíamos a los brazos de papá o mamá, porque nos habíamos dado un tropezón y la rodilla empezaba a sangrar. Y entonces se nos decía aquello de: “cura, curita, sana, sanita, lo que no cura hoy, curará mañanita”. Tal vez lo que más nos consolaba en aquel momento era escuchar que, como mucho, el mal nos duraría sólo hasta mañana.

De adultos, los males parece que duran más tiempo, y suelen ser de largo recorrido, o al menos pensamos que estos durarán lo que tengan que durar. Ahí, el consuelo, si tenemos la suerte de recibirlo, se vuelve absoluto: sólo aspiramos a escuchar, sentir, ver, oler algo que nos sirva de consuelo; y, por supuesto, una caricia que sea un bálsamo.

No es fácil practicar el consuelo, porque nos exige una pulcritud; no podemos ser inoportunos, tampoco demasiado prolíficos en gestos o palabras. A veces sólo requiere del silencio y de una presencia certera. Bien podríamos decir que es todo un arte.

Y, a decir verdad, en esta sociedad tecnológica en la que vivimos, no somos muy dados a practicar este sutil arte. Prevalece –quizás por la competitividad en la que nos venimos desarrollando desde la era industrial- una cierta complacencia ante el dolor ajeno. Y así, se escuchan frases como:

-Pues… ¿qué se había creído?

-Eso nos ha pasado a todos y no nos hemos puesto así…

-Ni que fuera la primera vez que eso pasa en la vida…

Imbuidos en el sentido trágico de la vida –propio de nuestras raíces cristianas, que sólo contemplan el Calvario como vía para la resurrección-, no somos proclives a ser Verónicas que limpiemos el rostro del sufriente para que, al menos, sepa por dónde debe continuar su camino.

La mujer, por su sentido maternal, ha sido más tendente a practicar este arte de la vida que es el consuelo. Y de ello bien se ha aprovechado la sociedad, cuando la hizo “consuelo del guerrero” (“reposo” se suele decir, para el caso, es lo mismo).

Como otras muchas cualidades de lo femenino, se ha utilizado no en el sentido liberador, sino en el sentido esclavista. Y, finalmente, hemos quedado para poner “paños calientes” a todos los que nos rodeaban, por aquello de llevar la fiesta en paz y que la guerra se notara menos.

(“Paños calientes”: Diligencias y buenos oficios que se aplican para templar el rigor o aspereza con que se ha de proceder en una materia. Remedios paliativos e ineficaces –Real academia de la Lengua Española-)

No es ese el consuelo que, entendemos, es propio de lo femenino. Sentimos, desde lo femenino, que todos somos consoladores de almas, porque todos somos, a su vez, almas heridas. Un gesto, una mirada, un suave roce, puede curar en un instante. Cuanto menos, aliviar, ¡que ya es mucho! ¿Recuerdan las palabras que el centurión dirige a Jesús? “Una palabra tuya bastará para sanarle”.

No es propio de lo femenino concebir la vida como un valle de lágrimas y ver cómo, poco a poco, unos antes y otros después, todos se van ahogando. Sino más bien –como reflejo del Aliento Creador- ser esa suave brisa que separa las aguas del Mar Rojo de los pesares, para poder alcanzar las orillas de la Esperanza.

El arte del consuelo permite, a veces, un minuto solemne.

El arte del consuelo puede conseguir una sonrisa amable y dulce.

El arte del consuelo puede conseguir un día alegre.

Estas pequeñas circunstancias, en ese pequeñísimo corto tiempo, merecen, sin duda, toda una vida.

¿Acaso nuestra, teórica, larga o corta vida no se compone de pequeños instantes de consuelo?

Recuperemos el consuelo como un arte mayor.

Démosle la dignidad que, desde la ternura, rezuma con un placer, sin duda, de Dios.

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