Una Nueva Sensibilidad (Noviembre)

 

Los tiempos de crisis, de los que la humanidad tiene una larga experiencia, pueden llevarnos al desespero pero también nos disponen en un necesario cambio de rumbo.  Para ello es imperioso comenzar a visionar los acontecimientos desde una nueva sensibilidad, y no sólo de cara a éstos sino de cara  a nosotros mismos.   Aunque pueda sonar muy grandilocuente, esto nos lleva a un nuevo estado de consciencia

Esa sensibilidad es una sensibilidad de “matices”:

Nuestra visión de las cosas es sesgada, colapsamos una gran  parte de ese calidoscopio que es cada acontecer y esto nos ha llevado a generar verdades absolutas, las cuales han hecho correr ríos de sangre. Debemos  intentar no perder, no dejar que se escape, ningún aspecto de la realidad que pueda resultar significativo y enriquecedor.

Igualmente es una sensibilidad de diferencias:

Habitualmente la valoración que damos a las diferencias está cargada de  categorías de valor y casi siempre, lo que es diferente a nosotros es peor. El pluralismo de las diferencias es un abanico que abre nuestra sensibilidad y por tanto la opción de generar nuevos recursos.

Sensibilidad de complementariedad:

A través de ella nos percatamos de que las realidades no son antagónicas sino complementarias. Lo diferente no es contrario, algo que nos cuesta mucho asumir; sin duda esta sensibilidad minimizaría el estado de guerra permanente que vivimos.

Sensibilidad solidaria:  Nuestra raquítica visión de la realidad no nos permite concienciarnos de que nuestros actos repercuten en la totalidad, aunque no sepamos cómo. Qué duda cabe que si actuáramos solidariamente sensibles, se abriría nuestra consciencia al reconocimiento del individualismo atroz en el que vivimos.

Y todo ello nos llevaría a una Sensibilidad de Infinito:

Hoy día la ciencia, sobre todo la física cuántica y la astronomía, nos presenta un universo en expansión y nos hablan de distancias que nuestra mente no logra ni siquiera comprender. Todo vibra una creación infinita. Sin embargo nuestro estado de consciencia actual es el de una sociedad “terminal”, en la que a penas algo surge ya tiene puesta fecha de caducidad.

Estas características, entendemos que se alejan de la visión patriarcal, piramidal y hegemónica de la realidad en la que estamos inmersos.

La sensibilidad de lo femenino fue abolida hace muchos milenios pero tuvo su espaldarazo definitivo en la era moderna, cuando se exigió que el conocimiento fuera objetivo, racional. Para un mundo ansioso de exactitud y de certeza científicas, la mujer -como sinónimo de lo puramente sentimental, subjetivo y, por ende, imprevisible- tenía que ser  excluida, de los cánones culturales modernos; de este modo, los valores específicamente femeninos, principalmente el cuidado del otro y la preocupación efectiva por todo lo que es humano, desaparecían de una escala de valores que acrecentó su materialismo y que nos acompaña desde entonces.

En estos tiempos convulsos, en los que es evidente la escasez de ideas para generar nuevas alternativas, creemos que la sensibilidad de lo femenino está llamada a cumplir una gran tarea en una cultura que se ha ido configurando de acuerdo con los parámetros predominantes del objetivismo cientificista y de lo cuantitativo bajo los cuales la naturaleza, incluso la humana, ha llegado a concebirse, en algunos casos, como mero material de instrumentalización tecnocientífica.

Virtudes prácticamente olvidadas como la abnegación, la generosidad, la misericordia, la gratitud... representan,  un extraordinario recurso antropológico del que la mujer está magníficamente dotada y a través del cual ella estaría en condiciones de contrarrestar en buena medida el talante individualista y pragmático del que están actualmente penetradas las mentes e instituciones.

Y como algo práctico a realizar para comenzar a ejercitarnos en esta nueva sensibilidad, proponemos cambiar la imposiciónpor la proposición.

La imposición ha sido el “modus operandi” de la sociedad patriarcal, masculina;  las sociedades han ido “cambiando” a lo largo de los siglos a base de imposiciones. Imposición de nuevas tendencias políticas, de nuevos modelos de economía, de nuevos parámetros sociales etc. Todas han llegado a su apogeo y cuando han comenzado su ocaso, otras nuevas se han impuesto. Su herramienta: la violencia. Y tal vez,  debido a ello , es que no hemos evolucionado, desde un punto de vista humanista, hacia nuevas propuestas de convivencias que nos alejaran de los permanentes enfrentamientos y de las inacabables guerras.

Creemos que esta es una opción más femenina: en vez de imponer, proponer. Cuando ante una situación deteriorada y caduca proponemos nuevas opciones, sin imponerlas, estamos ante la posibilidad de que se desarrollen nuevas vías, sin la utilización del poder y, por tanto, realmente renovadas. Esto es válido de cara a cambios sociales, pero también de cara a cambios  individuales. La vida no nos ofrece un modelo impositivo, todo lo contrario, las parte se consensuan y el resultado siempre es algo novedoso.

La proposición implica una feminización de las actitudes que nos puede desarraigar de ese atavismo cultural que nos dice que evolucionan los más fuertes, los que se imponen. A la vista de la situación social, económica, cultural, política y religiosa que tenemos en estos comienzos del siglo XXI, no podemos pensar que esto sea así, más bien pensamos que  el sentido del matiz y del detalle, la capacidad de comprensión, el servicio personal, la facilidad para el trabajo en equipo, la habilidad para la comunicación institucional, la visión de lo irrepetible y lo único, el esmero, la percepción estética de realidades complejas, constituyen una sensibilidad femenina a través de la cual evoluciona la vida. Los sistemas vivos no se imponen unos a otros, comparten y van creando nuevos modelos y es de este modo como verdaderamente se puede dar una evolución.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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