Útero (Junio-05)

Muchas veces nos hemos formulado estos interrogantes, y no satisfechas plenamente con las respuestas, continuamos indagando:

¿Cómo ha sido posible que la mujer haya estado sometida durante tantos milenios -y aún lo esté en la mayor parte del planeta- a una organización convivencial, social, filosófica, política, económica y religiosa, no sólo que no la identifica, sino que la excluye de toda participación y realización trascendente?

¿Qué ha sucedido, en esta humanidad conformada por dos especies que se necesitan mutuamente -la masculina y la femenina-, para que una manifestación vital de su naturaleza, fuera reducida a su mínima expresión?

¿Por qué ha resultado «incómoda» la presencia de la mujer para construir este mundo en el que vivimos?

¿Por qué la mujer nunca ha tenido la fuerza suficiente para rebelarse, sino hasta hace apenas una centuria?

 La sexualidad femenina, el útero

El útero es el centro erógeno de la mujer. Está preparado, filogenéticamente, para producir placer y no dolor. Bartolomé de las Casas, cronista de la conquista de América, relata que las mujeres del Caribe de aquel entonces parían sin dolor. Y actualmente, se ha comprobado que un número apreciable de mujeres declaran haber vivido sus partos no como dolor, sino como placer; como un gran orgasmo que, aunque relativamente doloroso, ha sido profundamente placentero. Del mismo modo, está previsto que el coito sea placentero. Sin embargo, no lo es en el 70% de las mujeres (Estadísticas norteamericanas; probablemente a nivel mundial, el porcentaje sea bastante mayor) , probablemente, debido a las relaciones de Poder mediante las que el varón exige el coito: sin deseo por parte de su pareja y sin proceso de excitación sexual.

Hay diferentes testimonios de la antigüedad que hablan de úteros que se mueven. Platón decía que el útero es un animal que vaga por el cuerpo de la mujer y que se enoja cuando está insatisfecho . En el Corpus Hipocrático del siglo IV a.C. se habla del ‘vientre errante de las mujeres' . En el siglo II a. C. se decía que el vientre de la mujer ‘ es un animal dentro de un animal' , porque vaga por su cuerpo. Por eso en la Grecia clásica creían que la mujer frígida tenía el útero arrinconado hacia arriba...

Cuando la mujer se excita sexualmente, el útero empieza a latir como un corazón, pero un poco más lentamente. Impulsado por la emoción erótica, palpita como una ameba que se contrae y que se expande, como lo hace el cuerpo de una rana al respirar. Justamente, los Taironas -indígenas de Colombia- representan el útero como una rana.

Durante 5 milenios fue el útero y no el corazón el símbolo del amor y de la vida. Y sabemos por la Medicina Tradicional China, que existe una conexión directa entre el Corazón y esta entraña curiosa. El útero, además, tiene conexiones nerviosas con el neocórtex y con el sistema nervioso voluntario. Por tanto, cuando la mujer recupera la unidad psicosomática útero-consciencia (Merelo-Barberá, Parirás con placer. Kairós, Barcelona 1980) puede, consciente o semi-inconscientemente, acompañar ese movimiento ampliando la ola de placer, de tal manera que puede vivenciar su sexualidad de forma expandida, sana y continuada.

Lo que sucede habitualmente, es que cuando la niña llega a la adolescencia -debido a la represión de su naturaleza, a nivel familiar y social-, tiene el útero tan rígido y contraído, que la mínima apertura del cérvix uterino para dejar salir la menstruación, produce dolor. Pero el útero es recuperable, y sabemos de jóvenes con dismenorreas, que al adquirir conciencia de su útero, visualizándolo, sintiéndolo y relajándolo, han normalizado sus ciclos.

¿Cómo fue que ese útero sano y móvil, fue paralizado? ¿Para qué podía interesar anular la sexualidad de la especie femenina? ¿Para quién o para qué podía ser peligrosa una mujer sana, sexualmente hablando?

Muchas hipótesis nos hablan de que, antes de que existiera el patriarcado en el que vivimos actualmente, existió un «tal» matriarcado (Matriarcado, en antropología, sistema político en el que la mujer es dominante sobre el hombre) que rendía culto a « la Diosa ». Dentro de las limitadas miras que tienden a explicar todo según las formas organizativas que conocemos -las patriarcales-, podría ser... Pero según lo que creemos, la estructuración jerárquica y el desarrollo del poder no han sido ni son características de la naturaleza femenina, por tanto, es poco probable que existiera ese tal «matriarcado», y menos aún, que se desarrollara una espiritualidad sexuada y excluyente, como la patriarcal -véanse las declaraciones del flamante Papa Benedicto XVI, alias Ratzinger, con respecto a la participación de la mujer en la vida religiosa católica-, con la consiguiente generación de una diosa hembra a la que todos debían someterse y rendir culto.

 Indagando en la historia, en los estudios eto-antropológicos, y en lo que nos revela la Tradición , hemos descubierto que, el elemento básico para esclavizar y domesticar a cualquier especie -en este caso la femenina-, reside desde la alta antigüedad, en la sexualidad. Esta domesticación se comenzó a gestar mucho antes de que Yahvé expulsara a la humanidad del Paraíso maldiciendo a Eva con el famoso veredicto: «Parirás con dolor». Esa sentencia fue la máxima expresión de ese sometimiento, y sentó, sin duda, jurisprudencia sobre toda la humanidad, hasta nuestros días.

Durante varios milenios a.C. civilizaciones humanas localizables geográficamente (Sur de Polonia, Norte de África y, desde los montes Urales hasta la Península Ibérica ) , tenían una forma de organización social que no era ni jerarquizada, ni desarrollaba poder. Según el filósofo y antropólogo suizo Johann Jakob Bachofen, 1861: «La paz, la fraternidad, la armonía y el bienestar de aquellas sociedades del llamado Neolítico, procedía, justamente, de los cuerpos maternos, de lo maternal, del mundo de las madres» (El término matriarcado surge de una mala traducción de los conceptos arriba expresados. Bachofen nunca habló de matriarcado) . No de una religión de Diosas ni de una organización, política o social, matriarcal. Era la sustancia emocional que fluía de los cuerpos la que daba lugar a relaciones humanas que buscaban el bienestar y cuidaban de la vida en general. Según la antropóloga Martha Moia (Martha Moia, El no de las niñas, LaSal Ediciones, Barcelona, 1981) , « El primer vínculo social estable de la especie humana fue el conjunto de lazos que unen a la mujer con la criatura que da a luz. Este vínculo se expande al agregarse otras mujeres para ayudarse en la tarea común de dar y conservar la vida ».

Esa actitud natural de la mujer, emana de su útero -tenga o no tenga hijos- y se expresa en seis cualidades que, según la Tradición , la identifican como especie. Éstas son: Acogida, Receptáculo, Custodia, Albergue, Ternura, Disposición.

 Si recordamos a nuestras abuelas -aunque estas cualidades se remontan en el sin tiempo y se han ido perdiendo-, ellas siempre tenían un sitio en casa para acoger a quien lo necesitara. Eran receptivas a las necesidades de todo el grupo. Custodiaban, a veces con excesivo celo, el bienestar de los que compartían su techo, e incluso de amigos y vecinos. Como todas las madres, han sido un albergue para el espíritu conformado, sabiendo que éste remontaría vuelo tarde o temprano. De la mujer emana la ternura; es uno de los alimentos necesarios en el vínculo con su pequeño. Hemos visto a tantas y tantas mujeres remangándose, dispuestas a lo que hiciera falta.

 Estas cualidades no son las que generan, precisamente, vínculos basados en la individualidad, ni en la propiedad privada, ni en la competitividad, ni en la jerarquía, ni en la guerra, ni en el poder, sino que promueven formas de convivencia cimentadas en el sentir común, en la solidaridad, en el compartir, en la integración, en el cuidado mutuo, en la alegría, en el disfrute. Crean organizaciones sociales autorreguladas, de carácter horizontal. Por eso al Poder le estorba la sexualidad de la mujer.

 4000 años a.C. los pastores seminómadas indoeuropeos comenzaron a asolar este tipo de sociedades. Buscaban acumular, poseer, dominar, en suma, crear Poder. A las mujeres de las aldeas conquistadas las secuestraban y las mantenían vivas para engendrar niños que serían buenos esclavos para trabajar la tierra. Así empezó la maternidad sin deseo, y con ella, la paralización de los úteros y la represión de la sexualidad femenina.

Para conquistar, matar, dominar, se requiere un tejido social distinto de aquél que expande, naturalmente, el bienestar y la conservación de la vida, como es el tejido social maternal. Se necesita una trama hecha de guerreros, de jefes, de esclavos, de superiores e inferiores, domesticadores y domesticados. Un tejido basado en mujeres dispuestas a cambiar la maternidad por la construcción de linajes, de castas verticales. Mujeres que sean capaces de educar a futuros guerreros dispuestos a matar, y a esclavos dispuestos a dedicar sus vidas a servir a sus amos. Mujeres que sean capaces de enseñar a sus hijas a sacrificarse por el varón, a negar sus deseos, a ser discretas y delicadas, en suma, a paralizar sus úteros y a ponerlos al servicio de la sociedad. Este fue un proceso que se gestó durante milenios mediante la dupla castigo-recompensa, tan utilizada en los ámbitos sociales, escolares y familiares. Así surge una «nueva humanidad» de madres patriarcales , que no educan para el bienestar y para la integración en el tejido social, sino para la guerra y la esclavitud. Sin una madre de este tipo no podría ser posible el mundo en el que vivimos.

Una sociedad de cuerpos femeninos no bloqueados, no reprimidos, con una sexualidad sana, es incompatible con todo el proceso cotidiano de coacción, que implica la educación de niños y niñas, en este sistema.

La socialización patriarcal requiere que los «pequeños» sean educados a través del miedo, dentro del cual, el miedo al abandono, el miedo a no ser querido, el miedo a no ser aceptado, a ser raro, es producto de la ruptura de la simbiosis madre-infante, y gesta, por esa necesidad de ser admitido, una conducta de sumisión o de rebeldía frustrante. Esta ruptura, esta separación madre-criatura, ha sido creada durante milenios por la organización patriarcal en la que vivimos, y cada vez se hace más crónica, más abismal. El sistema educativo en el que vivimos a nivel familiar e institucional, genera dos tipos de productos sociales:

1.- Por un lado, aquéllos capaces de resignarse ante el propio sufrimiento. Ésta es la condición fundamental para generar seres emocionalmente sumisos, y potencialmente esclavos.

2.- Por otro lado, un grupo más reducido, que desarrolla insensibilidad ante el sufrimiento ajeno . Ésta es la condición emocional para ejercer Poder.

Para sobrevivir en este mundo hay que congelar la sensibilidad emocional, con la consiguiente pérdida de inocencia y pérdida de confianza , pues se necesita de un acorazamiento para luchar, competir e imponerse al de al lado. Es el sacrificio que exige la sociedad... Para no carecer, hay que poseer y para poseer, hay que ser capaz de ejercer la violencia contra los demás. Este tipo de educación enfocada hacia la realización del Poder, está fundada en esas madres patriarcales que engendran y paren sin el pleno desarrollo de su sexualidad.

La satanización del cuerpo femenino: La preparación para el sacrificio

 El proceso de represión de la sexualidad femenina se hizo extremo y evidente en la satanización del cuerpo femenino. Como dice la Biblia : «La maldad es, por definición, lo que emana del cuerpo de la mujer». «De los vestidos sale la polilla y del cuerpo de la mujer la maldad femenil». La mujer seductora y cortejable es incompatible con una buena madre... «Mi madre es una santa»... Sí claro, y además es virgen...

La «virginidad» que se exige para el matrimonio y para la generación de hijos legítimos, no es sino otra manifestación de esa represión de la sexualidad de la que hablamos. Esa exigencia de virginidad, además de asegurar la herencia, alude a la Virgen María , que acepta resignadamente, la tortura y la muerte de su hijo en sacrificio al Padre. Ése es el modelo de mujer que ha servido de referencia en Occidente: la idealización de la madre que acepta el sacrificio de su hijo.

La Serpiente

 Además de silenciar la sexualidad, había que hacerla inimaginable. Por ello fue imprescindible cambiar el significado de los símbolos de las culturas Neolíticas -no jerarquizadas y en consecuencia, femeninas- que durante milenios, estuvieron relacionados con nuestra sexualidad. Fue así que se escribieron historias y difundieron mitos que establecieron un nuevo orden simbólico , haciendo del ideal de mujer, la madre patriarcal, cuya única referencia de vida es la sumisión al varón. Ese nuevo orden simbólico lo vemos claramente manifestado en la transformación del emblema por excelencia de la sexualidad femenina, común a casi todas aquellas culturas antiguas: La serpiente.

 Junto a la satanización de la sexualidad de la mujer, se satanizó a la serpiente, que pasó a ser el demonio del Infierno judeo-cristiano.

Las Sirenas y las Nereidas que representaban en su animismo la asociación de lo femenino con el agua, se convirtieron en monstruos marinos que atacaban a los héroes.

Atenea, en su tiempo representada con serpientes, pasa a ser la diosa de la guerra.

Poco a poco las serpientes, que representaban esa sabiduría femenina fundada en la vivencia plena de la sexualidad, pasaron a manos de: Esculapio, Padre de la Medicina ; y Hermes, dios de la fertilidad. Así fue que la sexualidad femenina pasó de ser una emanación de la mujer para la autorregulación de la vida, a ser algo administrado por los dioses masculinos. En todas las culturas aparece el héroe que desafía y mata a la serpiente: Zeus mata a Tifón; Apolo mata a Pitón; Hércules a Hidra; Perseo a Medusa; y Jasón vence al dragón que guarda el vellocino; el dios mesopotámico Marduk mata a las serpientes de la diosa Tiamet; y Krishna a la serpiente-demonio Kaliya. En el cristianismo, después del Génesis, la serpiente aparece otra vez: «Pondré enemistad entre ti y la serpiente»... Es cuando María aplasta la cabeza de la serpiente. Luego, San Jorge mata al dragón en Inglaterra. San Patricio acaba con la serpiente en Irlanda. Y San Gabriel hace lo suyo con varios dragones... Y aunque creamos que ésta ha sido una actitud inconsciente de la especie poderosa, podemos comprobar con cierto escalofrío que «los señores de la guerra» siempre lo han tenido claro. Viendo el cuadro que se encuentra en el museo del Prado: Apolo matando a Pitón, se puede leer: «Simboliza el origen de nuestra civilización». O sea que de alguna manera, las minorías masculinas que han manejado al mundo -y aún lo manejan- lo tenían claro.

Pero, la aceptación del orden patriarcal no ha sido siempre pasiva. Cada tanto surgieron resistencias, pues, la fuerza de la vida pulsa por manifestarse. Esta rebelión se ve expresada, también, en los mitos: María tuvo que volver a aplastar a la serpiente que había sido enviada por Yahvé al Infierno, 2500 años antes. No bastando con esto, en la Edad Media tuvieron que surgir santos que acabaran con serpientes y dragones para así terminar con los feudos y crear naciones poderosas. La serpiente reaparecía una y otra vez. Así surgió la imagen de la bruja, que tenía trato directo con el demonio. La Inquisición se encargó de acabar con ella, para así terminar con la memoria de esa antigua forma de vida, y de esa otra forma de sexualidad. Matando a la serpiente, el santo salva nuestras almas. Y el caballero, salva nuestros cuerpos. Lo que está matando «nuestro» príncipe azul es: la sexualidad de su amada que, para él, representa un monstruo. En su ideal está el doblegarla para poder poseerla, domesticarla, y juntos, comer perdices.

Pero existieron algunas excepciones casi míticas: los celtas, y especialmente los druidas, en su sabiduría animista, han sido custodios de aquel tejido social, y de esa forma diferente de sexualidad. El Rey Arturo, uno de sus más afamado exponentes, a diferencia de los demás caballeros de su tiempo, no mata al dragón, sino que lo salva. Sus primeros estandartes llevaban 5 dragones. Era un caballero que defendía el antiguo modo de vida. En sus muñecas llevaba tatuadas dos serpientes .

 La milenaria represión sexual de la mujer es algo bastante conocido, lo que no es tan claramente sabido es que esa represión ha tenido como fin impedir que irrumpa nuestra sexualidad. Porque para que una mujer se preste voluntariamente a ser una madre patriarcal hay que eliminar la libido maternal, y para ello, hay que bloquear la expresión de su sexualidad, desde la infancia. Sin una madre patriarcal que eduque a su progenie desde pequeños, para que renuncien a lo que sienten ser, y pasen a ser lo que «deben»: seres competitivos, exitosos, poderosos, útiles a la sociedad, que tengan una profesión; que por supuesto tengan dinero, que sean «alguien» en la vida..., sin una madre así, no se puede sostener un mundo como el que hoy conocemos, basado en el sufrimiento de una inmensa mayoría para el beneficio de unos pocos. Ésa es la ley del Padre.

El Poder ha creado un valle de lágrimas, pero nosotras sabemos que, la vida, en verdad, es el jardín del Edén.

 Queremos culminar el artículo con un fragmento de una reciente oración de J. L. Padilla -nuestro Inspirador- cuya revelación nos impactó grandemente y que, sentimos, imprescindible para redondear esta información.

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«¿Se podría hacer el esfuerzo, el sacrificio, el dolor, de renunciar a todo aquello que consideramos que hemos conseguido merced a la fuerza, al ingenio, al valor y a la lucha?... ¿Se podría renunciar a eso? Eso supondría, sin duda, un esfuerzo, un sacrificio, un dolor, y consecuentemente, ¿se seguiría bajo la idea de desprenderse de la traición que el hombre hizo -desde quién sabe cuánto- a la Creación ?

Porque pareciera como si la Humanidad hubiera creado un modelo, de tal forma que tenga que haber Nazarenos por todas partes... Y Resucitados por ninguna parte. Pareciera como si se hubiera creado un modelo suficientemente macabro para pagar... pagarle a Dios tributos... ¿No se parecen a los sacrificios humanos que se hacían en otras culturas?

¿Se han creado, entonces, las condiciones necesarias para crear sacrificios humanos para aplacar la ira de Dios? ¡Qué ira de Dios! ¿Cuál... cuál?

¿No nos surte Dios de recursos, de elementos permanentes para que el hombre pueda elaborar otro proyecto que no sea el castigo permanente? ¿Se ha ideado todo este sistema a lo largo de 2000 años para calmar la ira de Dios?

¡No! Suena demasiado terrible... ¡Suena demasiado terrible pero, ¿puede ser?!... Puede ser, puede ser, puede ser, claro que puede ser. Claro que puede ser.

Pero lo más preocupante es que los demás modelos apoyan en cierta medida la idea. Sí. La varilla del sufrimiento, del dolor y de la muerte, es como una buena carta de presentación ante Dios. Si no la tienes, ¡estás jodido!; te mandarán al último rincón del Paraíso, allí donde no hay ni agua.

Hoy estamos en condiciones de solventar la mayoría de los problemas que producen dolor, sufrimiento, enfermedad. Pero, no hay voluntad política para solventar ni el hambre, ni vacunas, ni el agua, ni nada. No hay voluntad política.

 ¿Hay que seguir, entonces, ofreciendo sacrificios humanos -entiéndanlo o no lo entiendan, da igual- para así preservar a alguna parte de la humanidad y que ésta sea boyante, prepotente...?

 Es difícil, pero podríamos decir que NO a ese modelo.

Dios no necesita sacrificios humanos. Dios no necesita absolutamente nada de los seres humanos. Sí, a empezar por ahí. Esa idea de que Dios necesita que los hombres... No, no... «Necesita», Él no tiene.

¿Hay que inventar de nuevo a Dios?... Más que inventarlo, reconocerlo.

¡Ahora sí tendría sentido, sin duda, el sacrificio de plantarle la cara al consumo, a la avaricia, a la vanidad, al odio, al rencor, a la rabia, a la envidia, a la egolatría, al egocentrismo, a la xenofobia, al racismo, a la VIOLENCIA!

 Podría ser, además, una respuesta ¡personal!... Y que alguien se pudiera decir -cuantos más, mejor- al final de cada día: ¿Le he jodido la vida a alguien hoy? ¿He molestado a alguien hoy? ¿He hecho daño a alguien hoy? O por el contrario: Hoy he participado; he sonreído; he ayudado... ¿Podría ser ésa un posición adecuada? Una posición que sitúe a el hombre en otra dimensión: sagrada, santa, pero, indudablemente, utilizando un esfuerzo, un sacrificio; claro, sí, cierto... todavía estaría vigente, pero no como ofrenda a Dios. No, no, sino como renuncia a un modelo de ofrendas. Es distinto, ¿eh? Tal y como se habían puesto las cosas, habría que sufrir, o habrá que sufrir y cambiar tanto para no ser un colaboracionista de una Humanidad que marcha hacia su holocausto, hacia su suicidio como expresión beatífica ante Dios, como la única forma de alcanzar la Resurrección.

 Podríamos repensar, entonces, las cosas de otra manera, y plantear cada día... cada día , bajo un clima -sin duda- de esfuerzo, trabajo, dedicación, de dar un salto y renunciar a todo aquello que se ha pensado que es mejor... Y, en alguna medida, situarse en otra perspectiva para sentir al Dios del Amor, al Dios de la Vida , al Dios de la Ilusión , al Dios Solidario, al Dios Soldador que nos una con cualquier realización.

Quizás esto constituya una nueva idea, dentro de las ideas que hay... Una variación en la posición... Quizás ya... ya se llegan los momentos de asumir otras funciones, de plantear, definitivamente, otras perspectivas. Aunque siempre se piense que se ha llegado muy tarde. Aunque se haya tardado tanto en descubrir el error o el horror de darse cuenta que se ha elaborado un proceso evolutivo encaminado a producir sacrificios humanos... Y que ello permitiría salvaguardar a una comunidad pequeña de gran poder: «los nuevos enviados»...

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